La disidencia interna dentro del oficialismo

La falta de un ala crítica dentro del peronismo tiene que ver más con la carencia de un espacio partidario para el debate que por el supuesto autoritarismo K.

Se ha acusado al kirchnerismo de querer imponer una visión uniforme e intolerante a la crítica al interior del peronismo. Y ciertamente es difícil de identificar, en estos ocho años, una corriente oficialista dentro de las márgenes del peronismo que fuera crítica de las medidas del Gobierno, y del liderazgo de Néstor y Cristina Kirchner en general. Hubo, sí, diferentes expresiones  heterogéneas dentro de un panoficialismo, desde el kirchnerismo progresista transversal que en el último tiempo encarnó Martín Sabbatella y su partido Nuevo Encuentro, hasta el radicalismo K encabezado por Julio Cobos, y los peronistas federales que oscilaron entre el alineamiento y la ruptura, que expresaron divergencias. Los transversales rechazaron el “pejotismo” y lo  enfrentaron a nivel local (algunos, como Libres del Sur, terminaron rompiendo en este contexto), los cobistas entraron a la Concertación advirtiendo que coincidían con los Kirchner “en el 70%” y ya sabemos cómo salieron, y los federales como Carlos Reutemann o José Manuel de la Sota se distanciaron en la coyuntura crítica del campo, para luego converger cuando el kirchnerismo se recuperaba.

Pero todos ellos no fueron, estrictamente hablando, una disidencia interna: más bien, fueron o son aliados del oficialismo, que siempre mantuvieron su independencia funcional, aunque el caso de los federales es más ambiguo, por compartir el origen peronista. Si algo tuvieron en común los tres sectores autónomos es que mantuvieron sus estructuras electorales separadas del oficialismo durante la mayor parte de sus momentos políticos. Trasversales y cobistas tenían sus propios partidos nacionales, y los peronistas federales contaban con alianzas electorales provinciales que
no compartían la misma denominación del oficialismo a nivel nacional: Frente para la Victoria–Partido Justicialista.

La fuerte tensión retórica de días atrás entre Cristina Kirchner y Hugo Moyano plantea la hipótesis de una disidencia interna dentro de los márgenes oficialistas. En el impactante discurso pronunciado por Moyano en el acto del Día del Camionero hubo cuestionamientos, comparaciones insidiosas, denuncias, deslegitimaciones, recriminaciones. Pero los portavoces de Moyano aclararon que esto no se trataba de una ruptura. Por el momento, es una advertencia creíble: es que más allá de la retórica, hay una alianza estructural entre el gobierno kirchnerista y el sindicalismo peronista que es difícil de romper. La CGT forma parte de la coalición oficial basada en el peronismo, y no tiene destino fuera de ella.

Podríamos agregar que es habitual que los gobiernos laboristas o socialdemócratas atraviesen períodos de tensión con las centrales sindicales oficialistas. Podemos recordar, en nuestra coyuntura regional reciente, las tensiones entre los gobiernos de Tabaré Vázquez en Uruguay y Lula en Brasil con sus respectivas alas izquierdas sindicales. Cuesta encontrar casos en los que no se hayan registrado conflictos y diferencias, por lo que recordaba Artemio López en un reciente artículo: partidos y sindicatos son dos esferas diferentes, por momentos contradictorias.

Y de la misma forma, cuesta encontrar casos de gobiernos de base sindical consolidada en los que estos conflictos hayan derivado en rupturas (totales y de largo plazo) entre sindicatos y partidos políticos.

Las tensiones actuales, por otro lado, estaban previstas, porque se dan en un contexto de negociación de intereses, que incluyen la política salarial. Nada menos. Los casos de las corrientes críticas del Frente Amplio y el PT, cabe aclarar, tenían más densidad política: se trataba de las alas radicales de los partidos unidas a dirigencias sindicales planteando diferencias ideológicas. La protesta de Moyano, en cambio, es puramente sindical y sin anclaje partidario. De hecho, Moyano es resistido por los políticos justicialistas, como se puso de manifiesto en las negociaciones por las listas de la provincia de Buenos Aires, y esa es una de las razones que explican sus chicanas a la “cáscara vacía” .

En la falta de anclaje partidario para las críticas de Moyano reside uno de los núcleos del problema de hoy. El debate intraoficialista luce como algo desgastante, aunque si se diera en un marco de convivencia, puede ser más beneficioso que perjudicial para el Gobierno. Proporciona oxígeno, autocrítica y ayuda a contener dentro de la coalición electoral oficial a los votantes parcialmente disconformes. Contrariamente, si un oficialismo se vuelve monocolor, la oposición pasa a monopolizar el descontento y a la primera de cambio puede captar rápidamente un gran caudal de votos antes oficialistas, como ocurrió en 2009. Pero la realidad es que hasta ahora, el oficialismo peronista no pudo debatir con un ala crítica. Y esto, en nuestra opinión, tuvo más que
ver con la falta de un espacio partidario para albergar el debate, que con el autoritarismo o supuesto autoritarismo de Néstor y Cristina Kirchner.

Más aún, podríamos decir que tuvo más que ver con la actuación del duhaldismo, como corriente más representativa del llamado “peronismo disidente”, que con el kirchnerismo. Eduardo Duhalde, a pesar de haber respaldado decisivamente la candidatura de Kirchner en 2003, de haberse retirado de la política en ese entonces y de tener pocos argumentos programáticos para romper –siempre reconoció que tenía más coincidencias que diferencias con las políticas públicas kirchneristas–, optó por irse con sus propias listas electorales. Perpetuándose así el modelo de los “neolemas” , las colectoras, las múltiples listas del peronismo.

Lo que debió ser un espacio de crítica intraoficialista se transformó demasiado fácilmente en un partido político aparte, el “peronismo disidente”. Escisión que se explica por un mix de incentivos perversos y costumbre electoral socialmente aceptada. En lugar de un espacio para deliberar y discutir políticas públicas, el “instrumento electoral del movimiento” produce cismas oportunistas y lealtades ultraalcahuetas como respuesta a esos cismas.

El espíritu de la última reforma política quiso contener este problema derivado de la  fragmentación partidaria, que empobrece nuestra democracia, pero aún no sabemos qué grado de éxito tendrá. Por eso, lo de Moyano es un interrogante abierto. Todo debería indicar que no romperá con el oficialismo, pero la historia reciente no es muy alentadora: electoralmente, paga más la ruptura que la pelea desde adentro. Por suerte para Cristina Kirchner, falta un tiempo para las próximas elecciones.

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