El kirchnerismo, ¿fase superior del alfonsinismo?

(Artículo del politólogo Andrés Escudero)

La comparación del kirchnerismo con el alfonsinismo abre la posibilidad de discutir  sobre el futuro del progresismo en la Argentina.

En este artículo haré mía una tesis esgrimida por Leopoldo Moreau. Voy a explicarla según la entiendo y trataré de ampliar su alcance para que exceda al análisis del radicalismo. El objetivo es tomar la frase como un punto de partida para reflexionar sobre el futuro del progresismo. Luego del recambio legislativo de diciembre de 2009, producto de la derrota electoral del kirchnerismo, una cortina de hierro cayó sobre el Congreso Nacional. En una esquina, el grupo A. Opositores. Retadores al título. Con una conducción colegiada de facto que reflejaba su heterogeneidad. En la otra, el grupo B. Oficialistas. Defensores del título. Mucho más homogéneos. Cerrando filas tras la férrea conducción de Néstor Kirchner. Según Moreau, la UCR erró feo en su estrategia de enrolarse en (e intentar encabezar) el Grupo A. Conducido a nivel nacional por su núcleo más conservador, el centenario partido terminó por contradecir su programa histórico al escoger una estrategia basada en oponerse primero y preguntar después.

De esta manera, el bloque radical no acompañó la Ley de Servicios Audiovisuales; la estatización de los fondos en manos de las Afjp y el rol otorgado al Banco Nacional de Datos Genéticos, creado por Raúl Alfonsín. Esta posición implica sostener el argumento de que las principales medidas de las administraciones kirchneristas fueron una continuación de las políticas impulsadas por el gobierno alfonsinista. Así, la integración latinoamericana sería la continuidad del impulso otorgado en los años ochenta a la integración comercial con Brasil, antesala de la creación del Mercosur. La Ley de Matrimonio Igualitario hubiera sido impensable sin los avances de la patria potestad compartida, el divorcio vincular y la equiparación entre los hijos nacidos dentro o fuera del matrimonio. El rechazo a las “relaciones carnales” con EE.UU. y el establecimiento de una relación bilateral con menos sumisión y más dignidad reconocería sus antecedentes en la gestión de Alfonsín (basta recordar el reclamo a EE.UU. por el bloqueo a Cuba o la oposición a la intervención militar en Nicaragua). En el terreno de los derechos humanos sería muy difícil mantener viva la memoria histórica del terrorismo de Estado si no hubieran existido la Conadep y el Nunca Más. Tampoco hubiese habido condenas a los genocidas sin el juicio a las juntas. Alfonsín también entró en conflicto con la oligarquía agropecuaria y hasta identificó a “la derecha” como el obstáculo de las transformaciones en favor de las mayorías  populares.

Algunas observaciones: primero, no deja de ser curioso que los dos grandes partidos tradicionales de la Argentina pos ’83, hayan tenido en la Presidencia de la Nación su versión conservadora y su versión progresista. Esto da cuenta de la dispersión del progresismo argentino en sus tres vertientes: la izquierdista, la nacional/popular
(peronista) y la socialdemócrata (radical, socialista e intransigente). Cuando los frenteamplistas uruguayos explican la constitución de su fuerza remontan el primer antecedente histórico a la fallida construcción del frente popular de 1935. Su versión criolla, el Frente Amplio Progresista, corre con una ventaja: se está estructurando en
torno a una experiencia de gestión concreta (Rosario y Santa Fe). Sin embargo, la Argentina, salvo el caso del Frepaso, carece de antecedentes frentistas importantes donde el estructurador del movimiento no sea alguno de los dos partidos tradicionales. Sin un eje de gravedad en torno al cual puedan orbitar las demás fuerzas, los únicos articuladores son el consenso y la visión compartida.

El FAP tiene entonces un  formidable desafío político por delante. Lo peor que puede hacer es apurarse. El apuro desecha la coherencia, lastima la identidad y es ineficiente en términos electorales: en lugar de acercar al poder, aleja. Es el caso de la Coalición Cívica-ARI y de la alianza Alfonsín-De Narváez. Segundo, no deja de ser llamativo que las dos versiones del peronismo fueron exitosas, mientras que las dos versiones del radicalismo terminaron colapsando. El PJ, con cambios en el liderazgo, ajustó el cinturón en los noventa y repartió el ingreso en el Siglo XXI con igual eficiencia en la administración del poder. Idéntica eficiencia tuvo en la estrategia de paulatina erosión
de la legitimidad del gobierno de Alfonsín. Esta observación se explica, desde mi punto de vista, por la flexibilidad organizacional del peronismo, característica que lo ha convertido en una eficientísima máquina de administrar poder, como plantea Steven Levitsky en “Las transformaciones del justicialismo”.

En este sentido, no todo el progresismo asigna el mismo peso relativo a todos los valores que se supone forman parte de su ideario. Hay un progresismo que reivindica el federalismo, rescata la solidez de las instituciones democráticas, pondera la transparencia y reniega del autoritarismo. El otro progresismo coloca la  transformación social por encima de todo eso. La experiencia de Santa Fe demuestra que se puede construir una alternativa al justicialismo, aun allí donde el justicialismo se despliega con fuerza. También demuestra que para ello hace falta una construcción política paciente, basada en la gestión y con desarrollo territorial más que mediático. Sin embargo, la proyección nacional implica dificultades mucho mayores. La pregunta es, pues, si a nivel nacional existen posibilidades reales de construir una alternativa
frentista y progresista mientras gobierne una fuerza que también se dice frentista y se asume progresista, pero que se ancla –al menos hasta hoy– en la estructura justicialista.

Tercero y último, el sayo que zurce Moreau le cabe no sólo al centenario partido radical. En su artículo, agrega que “estos desaciertos estratégicos tienen una raíz común: la falta de debate y funcionamiento de los órganos partidarios, que en los últimos tiempos fueron un mero instrumento de una dirigencia sólo apegada al  tacticaje, que es lo que ha impedido tener una visión clara y coherente de lo que está sucediendo en el mundo, en la región y en nuestro propio país”. Idéntica situación sufrió la fuerza liderada por Elisa Carrió, en sus tres fases de desarrollo: el ARI, la Coalición Cívica, y la Coalición Cívica-ARI.

En conclusión, tenemos que el kichnerismo sería una suerte de continuación del  alfonsinismo (según el argumento de Moreau); que en la Argentina las alternativas progresistas nacionales más sólidas se construyeron sobre alguno de los dos partidos tradicionales y que la ciencia política daría argumentos para suponer que el justicialismo es el más eficiente administrador de poder para transformar la estructura social (sin importar en favor de quién). El progresismo del FpV parece navegar con viento a favor. El resto del progresismo, tendrá que remar contra la corriente. Machado decía: “En política sólo triunfa quien pone la vela donde sopla el viento, jamás quien pretende que sople el viento donde pone la vela”. Max Weber respondería: “Sólo quien esté seguro de no quebrarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado abyecto para lo que él le ofrece; sólo quien frente a todo eso es capaz de oponer un ‘sin embargo’; sólo un hombre de esta forma construido tiene vocación para la política”. Habrá que ver.

(De la edición impresa)

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