Estados Unidos y América Latina, más allá del ruido electoral

Por Tomás Múgica

Frente a cada elección presidencial en Estados Unidos, en América Latina se tejen  especulaciones acerca de su posible impacto sobre la región. La experiencia histórica indica que los cambios de gobierno influyen sobre la orientación y el estilo de la política exterior, pero también que el rumbo de las distintas administraciones se enmarca en tendencias de mediano y largo plazo, que expresan coincidencias más profundas al tiempo que señalan los límites de lo posible.

Por supuesto existen diferencias significativas entre partidos y líderes. Frente al declive relativo del poder norteamericano, es probable que de ser reelecto Donald Trump continúe su apuesta por un bilateralismo agresivo, en el que Estados Unidos busca hacer valer su peso para obtener ventajas frente a socios más débiles, mientras socava iniciativas de cooperación global; de Joe Biden, en cambio, podemos esperar una mayor inclinación a revitalizar los foros multilaterales y la cooperación en temas de interés global, como el cambio climático o el control de enfermedades contagiosas. También -por su trayectoria personal- un considerable conocimiento de América Latina, que contrasta con un Trump que realizó una única visita a la región en cuatro años, cuando asistió a la cumbre del G-20 en Buenos Aires.

Pero en un nivel más profundo, más allá de las diferencias de estilo y de instrumentos, es probable que –cualquiera sea el próximo presidente- la agenda norteamericana hacia América Latina mantenga algunos rasgos comunes: diferencias significativas entre Norte y Sur; predominio de cuestiones negativas; y fuerte influencia de lobbies domésticos sobre determinados issues.

México, el istmo centroamericano y el Caribe conforman un área en la cual la influencia y los intereses de Estados Unidos son mayores; el Cono Sur y el área andina, en cambio, ocupan un lugar de menor relevancia en el mapa de intereses norteamericanos. Para ponerlo de otro modo, es esperable que la Casa Blanca y el Departamento de Estado dediquen más atención y recursos a los flujos de inmigrantes ilegales centroamericanos o a la presencia de personal militar ruso en Venezuela que a la inestabilidad institucional en Bolivia o la crisis macroeconómica en Argentina.

La agenda norteamericana en la región está dominada por cuestiones negativas: para Estados Unidos, América Latina es hoy más una fuente de amenazas que de oportunidades: la inmigración ilegal, el narcotráfico, la influencia de potencias extra-regionales en Venezuela pero también en Cuba y Nicaragua, y la creciente presencia de China pesan más que las oportunidades en materia de comercio e inversiones o las coincidencias en materia de democracia y derechos humanos.

Tercero, los lobbies domésticos -entre los cuales se destacan las organizaciones cubano-americanas de Florida- conservan una importante influencia sobre determinados temas, como el vínculo con Cuba y Venezuela. El protagonismo de Marco Rubio y Mauricio Claver-Carone en el diseño de la política de la administración Trump hacia esos países es un ejemplo de esa dinámica. Posiblemente cambien los protagonistas, pero las preferencias de esos grupos deberán ser tenidas en cuenta en una eventual administración de Biden.

En cuanto al contenido de la agenda norteamericana para la región, señalamos cinco temas prioritarios, sobre cuya importancia existe consenso bipartidista, aunque en algunos casos hay diferencias considerables respecto a los instrumentos para abordarlas.

En primer lugar, Estados Unidos busca reducir el flujo de migrantes, especialmente de los ilegales, hacia su territorio. La respuesta de Trump ha privilegiado la coerción: desde la promesa –irrealizada- de construir un muro en la frontera sur, pasando por la separación de familias en las frontera, al acuerdo migratorio con México (apoyado en amenazas de subas arancelarias), que incluyó la militarización de la frontera entre ese país y Guatemala para frenar el flujo de inmigrantes centroamericanos hacia el norte. Sin renunciar al objetivo, Biden promete un enfoque más cooperativo. Su propuesta más destacada al respecto es un programa de US$ 4.000 millones para apoyar el desarrollo económico de los países del Triángulo Norte (El Salvador, Guatemala y Honduras).

Segundo, desde la perspectiva norteamericana, América Latina exporta otro flujo tóxico: el del  narcotráfico, que incluye violencia y lavado de dinero. Colombia y México son en este sentido los países clave. Es probable que, triunfe Biden o Trump, la política norteamericana continúe privilegiando la represión de la oferta y un enfoque coercitivo.

Tercero, ambos candidatos entienden que en Venezuela existe una dictadura, aliada a potencias rivales de Estados Unidos –como Rusia, China e Irán- y están a favor de una salida de Maduro del poder. Las sanciones económicas, como el embargo de activos oficiales venezolanos en Estados Unidos, continuarán; el uso de la fuerza militar, más allá de la retórica agresiva de Trump, parece descartado por el momento. Como matiz, es probable que Biden favorezca una mayor coordinación multilateral para aislar a Maduro. En cuanto a Cuba, que ejerce una fuerte influencia sobre el régimen venezolano, hay diferencias considerables: Trump deshizo los avances de Obama hacia una normalización de relaciones y asegura que seguirá ese camino; Biden propone flexibilizar remesas y viajes, aunque es probable que deba endurecer su propuesta para ganar más apoyo en Florida.

Cuarto, en los últimos años se ha consolidado un consenso entre dirigentes y votantes de ambos partidos que considera a China una amenaza para intereses vitales de Estados Unidos. En América Latina la presencia china se expresa en flujos crecientes de inversiones, créditos y comercio, pero también en lazos políticos y diversas formas de cooperación, aunque sin extenderse –todavía- a temas de seguridad. Con diferentes matices, por tanto, es esperable que en la próxima administración la contención de la influencia china forme parte de la acción norteamericana en el hemisferio. El desafío será dotar esa política de mayores incentivos positivos (inversión, acceso a mercados, transferencia de tecnología) si se quiere competir eficazmente con China.

Quinto, la inversión norteamericana y el comercio con ese país –aunque importantes para el conjunto de la región- constituyen el principal vínculo económico externo para México, Centroamérica y el Caribe y son vitales para algunas cadenas de valor, como la automotriz. La relación más trascendente, por supuesto, es la que Estados Unidos mantiene con México, su primer socio comercial (US$ 614.500 millones de intercambio en 2019). Es esperable que tanto Trump como Biden sostengan en lo esencial el nuevo statu quo alcanzado tras la firma del T-MEC en 2019, si bien Biden podría ser más estricto respecto al cumplimiento de estándares ambientales y laborales. La eventual relocalización de cadenas de valor desde Asia hacia países latinoamericanos y las iniciativas de apoyo a la inversión norteamericana en la región como “Growth in the Americas”, lanzada en diciembre 2019, podrían constituir otro capítulo importante. Por el momento no hay grandes certezas.

Argentina y el próximo gobierno norteamericano

Finalmente, una nota sobre Argentina. Dos cuestiones de importancia marcarán la relación  con el próximo gobierno norteamericano: el acuerdo con el FMI y el vínculo con los mercados financieros; y la relación entre Brasil y Estados Unidos, con repercusiones para el Cono Sur.

La renegociación de las obligaciones con el FMI concluirá luego de la asunción del nuevo gobierno. Es esperable que tanto Trump –más allá de los roces producidos en torno a la presidencia del BID- como Biden respalden un acuerdo, que seguramente incluirá restricciones en el frente fiscal. En el mediano plazo, un eventual retorno a los mercados financieros privados -que hoy parece lejano- también necesitará de un vínculo cooperativo con Estados Unidos.

Otro tema de importancia para Argentina es la relación de nuestro vecino con Estados Unidos, en cuanto su rumbo va a influir sobre el conjunto de la política exterior brasileña. Un triunfo de Trump fortalecería la orientación marcadamente pro-norteamericana de Bolsonaro; una victoria de Biden probablemente implique una mayor distancia, en función de las preferencias del demócrata en temas como medio ambiente y derechos humanos. Desde nuestra perspectiva, sería importante que Brasil reoriente sus prioridades hacia la región, algo más probable si triunfa Biden.

Por el peso económico y político de Estados Unidos en la región, eludir lecturas simplistas de la política doméstica norteamericana es de gran importancia para nuestros países; se trata de evitar posicionamientos apresurados y decisiones costosas. Para ello, debemos estar atentos  a los consensos y continuidades que ocultan tras el ruido de la campaña electoral.

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