La lógica del sistema

Por Enrique Zuleta Puceiro

A diez meses de la inauguración del gobierno de Fernández, la lógica interna del sistema político argentino vuelve a imponerse sobre los mejores esfuerzos de sus ocasionales protagonistas. Al igual que en el proceso vivido por el país entre octubre del 2015 y agosto de 2019, una vez más, una alianza electoral exitosa ha vuelto a fracasar como alianza de gobierno. De no mediar un profundo cambio de perspectiva, el gobierno volverá a tropezar, una vez más, con las mismas piedras y, esta vez, con la celeridad y violencia de este nuevo tiempo de celeridad vertiginosa.

Por más que la excepcionalidad formidable del ciclo de la peste sugiera la necesidad de mirar las cosas con algo más de prudencia y distancia interpretativa, las evidencias sobran y obligan a un balance de emergencia.

Al igual que en el periodo presidencial de Mauricio Macri, un gabinete inspirado y técnicamente capacitado vuelve a tropezar con obstáculos más que previsibles, aunque no por ello fáciles de superar. Cualquier ciudadano común -y por supuesto cualquier actor de la vida económica- está en condiciones de analizar y prever, desde su experiencia de años, hasta los mismos detalles de ese encadenamiento de causas y efectos que ha vuelto a situar al país al borde del abismo.

Una vez más, una coalición electoral heterogénea y forzada,  construida de modo casi milagroso a partir de la decisión del peronismo de postergar diferencias irreconciliables de generar una plataforma electoral victoriosa se revela impotente para generar, a la hora de las efectividades conducentes, una coalición efectiva de gobierno. Nada nuevo, que no hayamos vivido antes. Es algo que no debe sorprender a nadie. Una cosa es ganar la guerra electoral y otra muy diferente es ganar la paz de una gobernanza sustentable.

La realidad de estos días se impone por sobre cualquier intento de voluntarismo. Si hubo algún crédito, se debió a la niebla irreal del periodo inicial de la pandemia y ya se ha consumido. Lo forzado de la construcción electoral explica lo efímero del crédito político asociado a la formula gubernativa. Cuanta más sofisticada e ingeniosa su textura inicial, mayores las exigencias a que ha sido sometida por una sociedad curada de espanto, más dispuesta a la negación intemperante que a una paciente expectativa ante la frenética sucesión de pruebas y errores en la política sanitaria, la gestión financiera los resyult5ados iniciales de la política social. Cualquier análisis objetivo de las iniciativas y resultados de la acción de gobierno revela iguales dificultades ante idénticos obstáculos, provenientes no tanto de los avatares de la política cotidiana que de lo que a estas alturas considerar como la “lógica del sistema”.

Los protagonistas cambian, pero el resultado es básicamente muy similar. Las elecciones presidenciales del 2019 marcaron un punto culminante en la  estrategia de la polarización. Es decir, de la idea básica, cultivada en los extremos del espectro político argentino, de que el sistema electoral debe tender a organizarse en torno a dos grandes coaliciones antagónicas, capaces de expresar visiones contrapuestas y, al mismo tiempo, de sustanciar y pactar -en lo posible democráticamente- sus eventuales diferencias, tratando de proteger un “núcleo de coincidencias básicas”. Una idea que,  refugiada en la institucionalidad ambigua de la Constitución de 1994 -la del Pacto de Olivos- ha generado condiciones de polarización extrema, abrochadas por una legislación electoral extravagante, de características únicas en el mundo.

La lógica interna de este sistema de polarización forzada resulta incapaz de generar condiciones de gobernabilidad efectivamente adecuadas a la naturaleza propia de la función de gobierno en sociedades complejas. Hoy como ayer, las coaliciones triunfantes interpretaron sus ajustadas victorias electorales más que como victorias políticas, como verdaderos triunfos morales y culturales. Como cambios de época, inaugurales de un  nuevo tiempo y una nueva sociedad

De allí la incapacidad de uno y otro gobierno para el dialogo y para la concertación o, al menos para una indispensable transversalidad en la articulación de los gobiernos y en la gestión de las coincidencias y diferencias. Es la lógica de la campaña permanente, convertida en lógica esencial del sistema

De allí que, en un país social, política e institucionalmente empatado, una y otra coalición pugnen apasionadamente por la cancelación del adversario, arrastrando tras de sí a instituciones esenciales como el sistema de justicia. El error básico está en negar las ventajas indudables de la diversidad y el pluralismo. En no entender ciertas verdades obvias en cualquier democracia madura, que indica que la lógica electoral poco o nada tiene que ver con la lógica del gobierno. Las razones que llevan a dirigentes y militantes a deponer en campaña matices y diferencias, en favor de una formula ganadora nada tienen que ver con las cláusulas de un contrato de gobierno, sobre todo en paises de institucionalidad siempre provisoria como el nuestro.

En su sugestiva intervención inaugural en el reciente Coloquio de Idea 2020, el gran periodista Thomas Friedman sugirió la importancia de atender en las sociedades actuales al proceso de formación de lo que las ciencias de la vida estudian como “complex adaptative systems” (CAS). Es decir, al proceso de conformación constante de coaliciones sociales a través de las cuales las sociedades se adaptan a los perfiles cambiantes de la complejidad. De estudiar las cadenas de acciones y reacciones encadenadas que revelan la “fortaleza de las relaciones y los lazos débiles”. Redes que combinan conocimientos, afectos, sentimientos de solidaridad o de rechazo, y que regulan y definen ciertos aspectos de la vida social inaccesibles a los instrumentos de la política tradicional tales como la difusión, la innovación y la adaptación constante a las exigencias de la complejidad.

El tiempo político está casi agotado. Es hora de que las “coaliciones adaptativas ante la complejidad” primen sobre los reflejos exaltados del sectarismo dogmático. No solo en el plano político en el que la adaptación a la realidad es más que esperable. Sobre todo, en el plano de las interpretaciones de la crisis y del dogmatismo de las recetas de gobierno. Menos profesores, expertos y gestores de intereses corporativos y más política de realidad de, atenta a las exigencias de la transversalidad, indispensable a la hora de las soluciones efectivas a los problemas reales de una sociedad experimentada y ya al límite de su larga paciencia.

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