Un partido doble

Por Facundo Cruz

El clima electoral se activó hace ya algunos meses, no es novedad. Oficialismo y oposición se encuentran en clave competitiva de cara a las elecciones de mitad de mandato que se celebrarán en el no tan lejano 2021 que se acerca. El esquema institucional será el mismo que hace diez años: primarias abiertas, simultáneas y obligatorias en agosto, y generales en octubre. Sí, las PASO cumplen años, y serán claves en todo el proceso.

En la entrada en calor cada uno se prepara con distintos objetivos. El oficialista Frente de Todos buscará garantizar la gobernabilidad para la segunda mitad del primer mandato de Alberto Fernández, y cimentar el camino para la reelección en 2023. La principal coalición opositora, Juntos por el Cambio, tendrá menudo desafío: repetir el excelente resultado legislativo del 2017 cuando estaba sentada en el Sillón de Rivadavia, el de la hegemonía y así mantener el balance republicano tan valorado públicamente. Un partido chivo.

¿Cuál es el botín para renovar? Uno importante. De las 116 bancas de la Cámara de Diputados que se agrupan bajo el interbloque Juntos por el Cambio, se pondrán en juego 60 (52%). De ese total, 40 corresponden al corazón, al centro metropolitano y productivo del país: la Ciudad de Buenos Aires (10), y las provincias de Buenos Aires (14), Córdoba (5), Santa Fe (5), Mendoza (3) y Entre Ríos (3). Las otras 20 se reparten entre Jujuy, Chaco y Corrientes (2 cada una) y 1 banca en cada distrito restante, menos Santiago del Estero (no renueva ninguna en este período). Para el Senado, las 8 provincias en las que se juegan bancas son Córdoba y Mendoza (2 en cada una), Catamarca, Corrientes, La Pampa y Tucumán (1 en cada una), mientras que en Chubut y en Santa Fe no pone nada en juego.

¿Qué nos dicen estos datos? Dos cosas: una sobre la relación oficialismo/oposición, otra sobre el futuro de Juntos por el Cambio. Respecto de la primera, el federalismo argentino muestra dos puntas importantes para comprender los recientes movimientos y declaraciones de los socios integrantes. Por un lado, las principales ciudades y localidades donde se desarrollaron las movilizaciones recientemente convocadas pertenecen a las provincias donde más bancas tiene que renovar Juntos por el Cambio. Se caracterizan, además, por contar con la mayor cantidad de electores del país, un nivel de desarrollo superior a los distritos más chicos y con una importante concentración de la producción agro-industrial del país. El resto del país, donde renovará las 20 restantes, se caracteriza por un electorado más chico, con menor desarrollo productivo y donde el peronismo tradicionalmente ha sido más fuerte.

Por otro lado, algunas de las provincias grandes, como la Ciudad de Buenos Aires y Santa Fe, han visto crecer en intención del voto a candidatos, partidos y coaliciones que le compiten en el mismo espacio del electorado nacional. Liberales, libertarios y nuevos conservadores quieren meterse a disputar ese voto metropolitano. A eso se suma que las elecciones de mitad de mandato, legislativas y en las que no se elige Presidente, tienden a tener una mayor dispersión del voto en una oferta electoral variada y poco concentrada. Otra merma por derecha como la del 2019 podría tener un efecto negativo para contrarrestar un potencial buen resultado del Frente de Todos. Con un partido a la vez alcanza.

La segunda se asocia al juego propio de cada socio de Juntos por el Cambio: UCR, PRO y Coalición Cívica-ARI quieren tallar el rumbo de la coalición de cara a 2023. Y ahí entran a considerarse las bancas con las que cada partido de la coalición sale a competir. Los tres están más o menos parejos en términos porcentuales en la Cámara de Diputados: 27 radicales (58% de su bloque), 26 herederos macristas (49%) y 7 lilitos (50%). En lo que respecta al Senado, se juega el peso del partido centenario: de las 8 bancas, 5 son radicales (2 por Mendoza más 1 en La Pampa, otra en Tucumán y la restante en Catamarca) y 3 PRO (2 por Córdoba junto a 1 de Corrientes).

La diferencia, tal vez, radica en los lugares donde cada uno buscará hacerse fuerte. La UCR, como consecuencia de su extensión territorial nacionalizada, tiene los porotos repartidos en distintas provincias. Apenas el 44% de sus renovaciones en Diputados se distribuyen en la Ciudad y la provincia de Buenos Aires, Mendoza y Córdoba con 3 bancas cada una. El PRO, en cambio, concentra el 50% de las suyas solamente en territorio porteño y bonaerense. Bastante, como la CC-ARI (71%).

Este partido será por el perfil ideológico de Juntos por el Cambio de cara a 2023. La zoompelea entre halcones y palomas puede canalizarse a través de las PASO. En un escenario donde el liderazgo nacional está en discusión, donde los herederos del no peronismo no están consolidados y donde las nuevas caras están asomando, podríamos esperar que el uso de las primarias sea un recurso útil para disputar o consolidar el poder provincial para el salto nacional. Si juegan todos adentro, los resultados de agosto darán información, los de octubre consolidarán los nuevos liderazgos. No es un escenario descabellado que aumente la cantidad de distritos donde haya competencia en lugar de listas de unidad. El 2017 del peronismo es un antecedente para mirar.

En qué medida la coalición pueda mantenerse sin quebrarse dependerá de las reglas del juego fijadas para el reparto de las candidaturas, del espacio que se brinde a listas desafiantes a los líderes provinciales y de cuánto se abra a nuevos actores para ampliar el espacio opositor. La tentación para romper e ir por afuera puede ser grande, pero el incentivo para quedarse también. El partido no es un solo e interno sino que es doble para Juntos por el Cambio: un ojo puesto en el balance republicano, otro en la sucesión.

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