Moderados apasionados (se necesitan)

Por Luis Tonelli

La grieta es una peculiar forma de darle el poder al Demos, o al menos a una parte de él. Debido a ella las minorías movilizadas pasan a ser las protagonistas de la política y los lideres se convierten en sus meros seguidores -al fin y al cabo, Disraeli solía decir de su electorado: “soy su líder, tengo que seguirlos”.

Que la Argentina no sea el único país agrietado, y que la principal potencia del mundo se destaque por su grieta, lejos de tranquilizarnos debería preocuparnos todavía más. Ella, por un lado, es expresión de que algo no funciona nada bien en la democracia liberal -o al menos, con los mecanismos institucionales mediante los cuales sus ideales prometían materializarse-. Por el otro lado, la misma grieta refuerza el malestar con la democracia liberal, ya que ella no funciona nada bien bajo su imperio.

Nuestras instituciones presuponen una convergencia de base para que sobre ella se genere una dinámica centrípeta que permita el consenso coyuntural sobre ciertas políticas (convergencia que hace que ciertos disensos sean incluso funcionales a no revisar el status quo sobre el cual subyace el orden político).

Trato de explicarme: estamos acostumbrados a considerar al Congreso como una máquina de producir leyes, cuando en realidad, cumple simultáneamente el rol de evitar que toda ley sea posible, y así los proyectos son filtrados ex ante por la peculiaridad de su diseño constitucional. Por ejemplo, la Argentina ostenta en el Congreso un bicameralismo simétrico e incongruente. Las dos cámaras tienen exactamente el mismo poder, y si una se opone, el proyecto de ley no es sancionado. Por el otro lado, poseen una composición diferente, y no tanto por lo que reza la constitución, que el senado representa a “las provincias” y diputados a la “nación”, sino porque cuando se combina el principio de elección que equipara a todas las provincias (Senado) y el de la demografía donde se impone el número de habitantes que reside en cada distrito (Diputados) con las realidades peculiares de cada una de ella, queda determinada la prevalencia de las provincias más pobladas (y en general más ricas) en Diputados, y de las menos pobladas (y menos ricas) en el Senado.

Con esta composición queda claro porque algunas leyes son “imposibles” y el diseño institucional juega el rol de preservar el statu quo, caso la ley de coparticipación, en la que las provincias más ricas no quieren transferir más recursos propios, mientras las menos ricas demandan más recursos. Simplemente, el necesario conjunto de intersección entre el de las preferencias de diputados y el de las de los senadores esta “vacío” y por lo tanto, no hay ley. James Buchanan dice que cuando la sociedad se da cuenta de la imposibilidad de ciertas políticas debido al marco institucional, es probable que se pase de las “preferencias sobre las políticas” a la “preferencia sobre las instituciones”

Pero la grieta, inhibe tanto el consenso sobre políticas como el consenso sobre esa discusión más esencial sobre las reglas de juego. Al desinstitucionalizar el conflicto, lo pone en duda todo, incluso el consenso sobre el status quo, y transitivamente, también genera lo opuesto: el consenso implícito sobre él también desaparece. Porque bajo el influjo de la polarización, ya no importan los temas, y ni siquiera resolverlos, Ya que todo es una excusa para expresar altisonantemente los conflictos en los cuales el Otro está en una situación de debilidad frente a la opinión pública. Incluso, sabiendo todos que no es verdad lo que se dice. Bajo ella, es el “medio” el que justifica los fines.

La democracia liberal misma funciona con la idea de consenso sobre el que se constituyen las mayorías necesarias para gobernar. Los representantes no hablan primero y votan después solo para justificar sus dietas, sino porque la idea es que primero se realiza una deliberación convergente, y luego de que ella contribuyó al cambio de las perspectivas individuales por la discusión constructiva e iluminadora, se pasa a votar.

Hoy, el problema no es solo que primero se fija la posición partidaria, y luego se la expresa en los discursos (el problema al que se refería Norberto Bobbio en “El futuro de la democracia” sino que los discursos no cumplen la función de persuasión del otro, sino que tienen como fin reforzar al Uno, mostrándose en contraposición del Otro.

Todo lo cual lleva a una parálisis del pensar, ya que el sistema asi configurado premia al que insulta mas fuerte -y a veces, más ingeniosamente- antes que el que propone lo más interesante, o lo convergente. Cuestión que se ve reforzada por las características que toma hoy la comunicación política, donde el formato Twitter -esa red, en la que uno al ingresar, deja afuera a su Super Yo, y se queda sin control consciente de las barbaridades que dice- se imponga a todo tipo de discurso. Asi, gana el que “titula” mejor, y no el que puede desarrollar una argumentación más interesante (leer al respecto el excelente “Going to Extremes” de Cass Sunstein).

La grieta genera esa zona de confort donde cada uno de los lados reposa seguro. La política pasa a ser esclava totalmente de las pasiones y los bandos se consolidan -como decía Lewis Coser, el conflicto cumple la función de la integración de cada grupo enfrentado-.  Utilizando una metáfora futbolera, nadie que sea de un club, va a pasarse a las filas de su rival, justamente porque pierde por goleada, sino todo lo contrario, la rivalidad se acentuará. Y lo que sucede es que, finalmente, ni siquiera juegan los jugadores, porque el protagonismo lo tienen los cantitos de hinchada, y el partido se juega en las tribunas y no en la cancha.

Todos los efectos, entonces, se refuerzan para peor: el consenso subyacente pasa a ser puesto en duda por la grieta; sin embargo, el consenso manifiesto, es imposible porque cualquier cooperación con el otro será visto como una traición por los extremos que se imponen. O sea, lo problematiza todo pero por el otro lado, impide toda solución. En clave de Niklas Luhmann podría decirse que la grieta genera una complejidad mayor (ya que abre la Caja de Pandora de que todo es discutible y problematizable) pero al simplificar absolutamente las posibilidades, convirtiéndolo a todo en negro y blanco, no puede general la complejidad necesaria para estar a la altura de la que crea.

Siendo fundamentalmente el Gobierno el que tiene que dar el paso para intentar “desagrietar” la política, y habiendo sido el objetivo de la Unidad central al discurso de asunción del Presidente uno tiene que buscar en la conveniencia política la causa del abandono súbito por el de la polarización  (desde el discurso de la Infectadura del Cuarentena o Muerte, en donde cualquier sugerencia, caso que se hagan más testeos, era anatematizada por Gobierno y sus infectólogos, como terraplanista, antivacuna y neo liberal, -convertido en la realidad actual de Cuarentena y Muerte, con los científicos oficialistas atajándose y diciendo “yo no tuve nada que ver”. Patético).

Lo primero y obvio, es que con la apelación grieta el problema esencial que tiene el Gobierno de Conducción, queda así disimulado. Obviamente, a cuesta de que el Presidente queda absolutamente desdibujado y sin iniciativa. Tenemos así un gobierno que trata de esconder con su prepotencia discursiva, la impotencia de gestión frente a la peor crisis de la historia. Esto, paradójicamente cuando el peronismo ganó las elecciones en primera vuelta, controla el Senado, está muy cerca de la mayoría en Diputados, y gobierna la mayor cantidad de las provincias -y en la Corte, tres de los jueces supremos son peronistas-.

Tenemos un superávit comercial como nunca, se logró pasar por delante los vencimientos de la deuda con los bonistas privados, hay una enorme capacidad ociosa instalada -que vuelve innecesaria mucho de la inversión-, existe un ejercito de desempleados que tira a la baja cualquier salario, y una demanda postergada como nunca (needless to say, la crisis que todo lo justifica. Pero la economía no arranca ante la enorme incertidumbre que cualquier cosa es posible ante un gobierno que receta masoterapia y peeling a un enfermo oncológico, ante la imposibilidad de proponer algo más sustantivo ante el veto de cada uno de los sectores en pugna en el oficialismo.

La grieta interna al Frente de Todos congela su capacidad decisional, pero la externa le permite retener -por el espanto- a sus moderados. Las encuestas consignan qué, pese a todo lo que pasa, el Gobierno -luego de perder lo ganado en los primeros meses de la cuarentena- ostenta los mismos números de apoyo que cuando asumió.

Y si bien la grieta le conviene obviamente a algunos opositores, no pareciera que le convenga a la oposición en su conjunto si quiere vencer al oficialismo. En primer lugar, porque la oposición carece de la unidad que ostenta hoy el peronismo, dispersándose parte de su electorado en partidos menores. Y en segundo lugar, porque la anti política impacta más sobre los sectores sociales que representan, y es aprovechada por los dirigentes que se ilusionan con liderar lo nuevo. Algo de eso se vio en las elecciones del 2015 en las que Mauricio Macri no pudo lograr la reelección. Y las próximas elecciones -si el gobierno elude una crisis aguda- al ser legislativas, magnificarán la dispersión.

Para terminar, la democracia liberal funciona con una política centrista, en la que los moderados de ambas partes prevalecen y permiten el consenso. Claramente, la globalización, fomentando la desigualdad (especialmente en Occidente) ha generado esa “ideología” omnímoda que es hoy la “indignación”, base del malestar que se expresa en la grieta. Sin embargo, está acompañada de una abdicación de los moderados, que según el gran Juan Linz es la causa eficiente de la crisis de la democracia.

Hoy necesitamos más que nunca que los moderados se apasionen y generen exaltados una grieta contra la grieta, y no que se guarden para un juego que así, nunca se va dar. El activismo de los moderados es el único antídoto para lo que expresaba tan bellamente como inquietantemente Yeats en “La Segunda Venida”: “Todo se desmorona. El centro colapsa … Los mejores carecen de convicción. Y los peores están llenos de una apasionada intensidad”.

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