Volver al futuro: el “nuevo” sistema de partidos argentino

Por Gerardo Scherlis y Danilo Degiustti

El sistema de partidos argentino supone un desafío para quienes intentan analizarlo. Hasta el propio Philippe Schmitter, como suele recordarse, ha confesado su frustración por no poder comprenderlo. Más recientemente, prestigiosos colegas con distintas perspectivas han coincidido sobre la creciente complejidad del caso. Andrés Malamud y Miguel de Luca afirman que éste “desafía la capacidad analítica de observadores y especialistas”, mientras para Carlos Gervasoni “el sistema partidario actual es más difícil [que el de los primeros años de la democracia] para que los académicos lo describan y para que los votantes puedan encontrarle sentido”.

Luego de un bipartidismo estable en la década del ’80, el análisis comenzó a complejizarse a mediados de los ’90 y se volvió un desafío arduo a partir de la crisis de 2001. El sistema de partidos mostró una estructura de competencia más abierta, con actores nuevos y alianzas cambiantes y novedosas. Los partidos también se personalizaron, perdieron consistencia y capital simbólico, de modo que el electorado dejó de valorar positivamente sus tradicionales etiquetas. Desde la segunda mitad de la década del 2000 el peronismo adquirió la caracterización de partido predominante en la competencia presidencial. Pero el ciclo reciente de 2015-2019 parece mostrar una reversión de estas tendencias.

La gran novedad de este corto período es el reequilibrio del sistema partidario nacional en términos de dos coaliciones nacionalizadas que concentran los apoyos electorales: la del no peronismo unificado en Cambiemos y la del peronismo unificada finalmente en el Frente de Todos. Estas coaliciones de partidos muestran fluidez en los nombres de algunos de sus protagonistas, e incluso de sus etiquetas, pero suponen un grado de estabilidad en la competencia mayor al de cualquier otro par de elecciones presidenciales desde 1989. Ambas concentraron el voto presidencial ya en 2015, y aún más en 2019, cuando el apoyo hacia las dos primeras fuerzas alcanzó el mayor porcentaje desde 1983. La elección presidencial de 2019 mostró el mayor grado de nacionalización desde 1983, aun cuando cada coalición es especialmente fuerte en distintas regiones del país.

Los sistemas de partidos no son meros reflejos de preferencias pre-establecidas; la acción de los propios partidos contribuye a encauzar dichas preferencias. En 2015 los principales actores del polo no peronista reconfiguraron la estructura de la competencia construyendo una alternativa competitiva frente al largo predominio del peronismo. A su vez, el triunfo de Cambiemos y la posibilidad de la reelección de Macri obró en espejo llevando a los liderazgos peronistas a producir una alternativa unificada. De este modo se fortaleció la competencia bipolar, en la que dos coaliciones compiten con expectativas de ganar. La reducida volatilidad entre las elecciones presidenciales de 2015 y 2019 es un indicador de estabilidad del sistema en este período.

La novedad es sin embargo relativa, en tanto la competencia se estructura sobre la base de la dimensión clásica de la política electoral argentina, que tiene lugar entre el peronismo y el no peronismo, y en los términos más habituales y extendidos en las democracias contemporáneas, de gobierno versus oposición. La mayoría de los argentinos no se reconoce en una identidad partidaria específica, pero el eje peronismo-no peronismo articula las opciones efectivas de gobierno y continúa funcionando como campo de significación para el electorado, tanto en términos de identidad positiva como negativa. La cercanía con cada una de esas opciones mantiene una fuerte correlación con indicadores socio-económicos. Por otra parte, en el ciclo analizado esta distinción coincide —más que en otros anteriores— con el eje izquierda-derecha: los apoyos a la coalición peronista se ubican algo más cerca de la primera de esas categorías y viceversa.

La polarización producida en la arena presidencial ha generado una reacción en las arenas provinciales, en las que destaca la propensión de algunos gobernadores a eludir alineamientos permanentes profundizando su autonomía política (típicamente desdoblando elecciones). Esto ha producido mayor incongruencia en las dinámicas sub-nacionales respecto a la nacional. Aunque subsiste el histórico predominio del peronismo en la mayoría de las gobernaciones, se observa también un marcado crecimiento de fuerzas gobernantes que pretenden aparecer como entidades provinciales.

Finalmente, la arena legislativa se encuentra atravesada por ambas dinámicas. Los legisladores nacionales son elegidos en las provincias, lo cual tiende a su fragmentación. Pero esa tendencia se ve balanceada por los esfuerzos de los liderazgos nacionales, en especial del presidente, para forjar coaliciones legislativas. La tendencia a la integración es más fuerte en el caso de la coalición que controla el gobierno nacional; lo contrario ocurre con quien está en la oposición. La formación de interbloques es, en el ciclo estudiado, la forma común de lidiar con ambas dinámicas, permitiendo al mismo tiempo la pluralidad de bloques y la reunión alrededor de los dos polos principales.

En definitiva, nuestro sistema de partidos parece recuperar rasgos “ochentosos”, si observamos el formato y dinámica de la competencia presidencial; sin embargo, el tiempo no pasa en vano: las grandes escuderías nacionales son coaliciones partidarias, el Congreso está polarizado en interbloques pero a su vez fragmentado en bloques, y a nivel subnacional, son cada vez más las provincias que se desenganchan de la competencia nacional. De todos modos, bajo cualquier definición el avance en términos de institucionalización con respecto al período inmediatamente anterior es evidente. Dirá el futuro si es un ciclo corto o perdurable.

 

Esta nota sintetiza las conclusiones del artículo “Desandando caminos. Reequilibrio de fuerzas y alternancia en el sistema partidario argentino, 2015-2019”, Colombia Internacional, N. 103 (2020), pp. 139-169

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