El mal clima posacuerdo, ¿es culpa de la política?

Por Julio Burdman

El Gobierno Nacional logró renegociar la deuda con amplia aceptación de los bonistas, casi unánime, y sacó al país del default. El ministro Martín Guzmán cosechaba felicitaciones por todos lados. Parecía un nuevo comienzo para el gobierno. Sin embargo, pocas semanas después los bonos renegociados están casi al nivel previo a la reestructuración. Cuando el canje se efectivizó, el riesgo país, que estaba por encima de los 2.000 puntos básicos, cayó casi 1.000 puntos en un día. Lucía bueno, aunque seguíamos en una tasa imposible. ¿Tal vez era el primer descenso de una escalera más y más descendente? No, porque no paró de subir. ¿Qué pasó? Tal vez, el Gobierno esperaba que entrasen dólares después de la renegociación. ¿Acaso pasó algo, un eslabón perdido que ignoramos, entre el canje y la irrupción de Miguel Pesce en el panorama, que disparó las nuevas restricciones para no quebrar? Con irrefrenable optimismo, podemos imaginar que el FMI pidió las restricciones antes de la llegada de un alivio, para que no se pierda. Carecemos de información para reconstruir esas conversaciones palaciegas.

Lo cierto es que salimos del default para ya no estar «aislados del mundo», y seguimos tan aislados como antes. Como si no hubiéramos salido. Una pregunta dolorosa sobrevuela. ¿Para esto hicimos el arreglo? Desde ese momento, todos los ojos comienzan a mirar a la política: la «carencia de liderazgo presidencial», el «hipervicepresidencialismo», la «radicalización del kirchnerismo» y otras teorías similares comienzan a circular, con la pretensión de explicar por qué el arreglo con los bonistas «no alcanzó».

En ese contexto, tras la implementación del neo-cepo y de las restricciones informales al retiro de dólares, y mientras día tras día los indicadores económicos y financieros empeoran, la embajada de Estados Unidos en Argentina publicó un sugestivo tweet.

Advirtiendo a los argentinos de las calamidades que podrían sucedernos si nos sumanos a la Ruta de la Seda y profundizamos nuestra asociación económica con China. Fue oportuno, porque en esta situación en la que se encuentra el país, la ilusión china podría ser una solución. El BCRA necesita fondearse, y la propuesta de hacerlo de a poco, exportando recursos naturales manteniendo razonables cuentas fiscales, salarios bajos y costos competitivos, luce cuesta arriba.

Pero podemos reorientar la cámara y verlo desde otro ángulo. ¿Por qué un Gobierno centrista como el de Alberto Fernández, que nada tiene que ver con las fantasiosas etiquetas chavistas que le endilgaron al cristinismo, que arrancó en diciembre con una actitud fiscal austera y convocando a los empresarios, y que llevó adelante una renegociación amigable de su deuda, no despertó la confianza de los mercados?

Algunos economistas moderados intentan responder eso con la hipótesis de la asincronía entre centrismo albertista y retórica cristinista. Quienes dicen eso, aseguran que todo el centrismo macroeconómico y financiero de Fernández, Guzmán, Sergio Choddos, Gustavo Béliz y Felipe Solá resultó opacado por los murmullos de Vicentín, la reforma judicial, el denominado «impuesto a las grandes fortunas», la declaración de servicio esencial a las telecomunicaciones, las protestas policiales o las columnas periodísticas que aseguraban que «en realidad, Cristina Kirchner se prepara para tomar el poder».

Algo así como que «los políticos populistas arruinaron el buen trabajo técnico de los economistas razonables». Pero, francamente, esta hipótesis apenas se sustenta en hechos, y no resulta convincente. Lo de Vicentín nunca sucedió, la reforma judicial no tiene reales implicaciones económicas, el debate tributario tal vez fue mal planteado ($200 millones  no son una «gran fortuna») pero tampoco es exclusivo de Argentina mientras que lo de las telecomunicaciones, sin dudas molestó a los grandes operadores del sector, pero no necesariamente desveló a los empresarios en su conjunto.

Y lo de Cristina Kirchner, ¿acaso no fue ella la que eligió al presidente, respaldó todas sus decisiones, y fue la arquitecta de la alianza entre el kirchnerismo con el sector político preferido por muchos actores económicos con intereses en la Argentina, que es el justicialismo moderado integrado por Sergio Massa, la «liga de gobernadores» y el mismo Fernández? Cristina Kirchner ya dio suficientes muestras de moderación. Si lo que esperan es que salga de su bajo perfil y tome la palabra para tranquilizar a los mercados, el resultado puede ser una profecía autocumplida de relevo presidencial y grieta social doméstica.

En suma, la hipótesis del «ruido político que afectó a la economía» es débil, y suena a la vieja costumbre de sobrecargar de responsabilidades a los partidos y dirigentes políticos en medio de una grave crisis económica. La gestión Fernández puede estar cometiendo muchos errores, y por momentos pareciera desbordada por los problemas, pero todo sería muy distinto si el BCRA tuviera US$ 100.000 millones de reservas.

La crisis de 2008 en el hemisferio norte, y sus derivadas en otras latitudes, enseñó al análisis político y económico que las evaluaciones de los mercados se basan en indicadores tangibles de respaldo a la deuda soberana. Lo que importa, al final del día, es la ratio entre deuda circulante y las reservas que pueden usarse para pagar la deuda. Por eso, China y Arabia Saudita, más allá de sus autoridades políticas, sus regímenes y sus conflictos geopolíticos, son confiables para los mercados: porque están colmados de reservas. El Gobierno de Mauricio Macri fue otro ejemplo del nuevo paradigma cada vez más realista en la evaluación de riesgo: por más gestualidad promercado que desplegase, una vez que los números dejaron de cerrar, el dinero se fue.

El liderazgo del Gobierno hoy depende de su capacidad de poner sobre la mesa un plan sustentable para revertir el desequilibrio general, macroeconómico y financiero, que azota a Argentina. Necesitamos plata, y mucha. Es la hora de la creatividad.

 

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