Los demócratas frente al espejo

Por Tomás Múgica

Con la celebración de las convenciones de los dos grandes partidos, las elecciones norteamericanas ingresan en su etapa definitoria. Espectáculos cuidadosamente ensayados, suelen incluir la participación de un público entusiasta, que viva a los candidatos y despliega  letreros y globos. Por la pandemia, en esta ocasión se desarrollan de manera virtual. Así sucedió con la reunión de los demócratas, entre el 17 y el 20 de agosto, que nominó a Joe Biden como candidato a presidente.

Aún sin escenas de calor popular, los discursos de los candidatos y de las principales figuras de cada partido –que marcan la agenda de estos encuentros partidarios- siguen siendo buenos indicadores del rumbo del debate político norteamericano. Las intervenciones de Biden, de la candidata a vicepresidente Kamala Harris y del expresidente Barack Obama se detuvieron en la dura coyuntura sanitaria y económica, cuya gravedad adjudican en gran medida a la pobre respuesta de la administración Trump; más aún, el actual presidente fue señalado repetidamente como una amenaza para la democracia norteamericana. Pero por sobre todo sus discursos dieron cuenta de los dos grandes temas que dominan la vida pública en ese país, con diferentes respuestas a ambos lados de la fractura partidaria: la desigualdad, socioeconómica y racial, y el declive relativo de Estados Unidos en la escena internacional.

En su discurso -con tintes dramáticos- Biden describió una “era oscura”, en la cual se libra una “batalla por el alma de la Nación”. Se trata de un momento excepcional, marcado por la peor pandemia en un siglo, la peor crisis económica desde la Gran Depresión, la tensión racial y la amenaza representada por el cambio climático; también por la gestión de un presidente ególatra e inepto, incapaz de articular una respuesta efectiva a esos males. Estados Unidos atraviesa un momento histórico, dice Biden, que demanda unidad nacional: se necesita “an american moment”.

En este diagnóstico, Trump es parte del problema. Biden muestra cifras: 5 millones de contagiados, 176.000 muertos (Estados Unidos es el país con mayor número de muertes en términos absolutos), 50 millones de personas que solicitan seguro de desempleo, 6 millones de pequeñas empresas cerradas.

Para los líderes demócratas, Trump no sólo ha gestionado la respuesta al coronavirus de manera desastrosa, sino que constituye una amenaza para la democracia norteamericana. Biden y Obama señalan su tendencia sistemática a la polarización (“alimenta las llamas del odio y la división”, según el candidato presidencial), su negativa a rendir cuentas por sus decisiones, los ataques a la prensa, la cercanía con líderes autoritarios.

Pero no todo es Trump. Se trata también de responder a las demandas insatisfechas de la sociedad norteamericana que -en buena medida- explican el ascenso del republicano. La creciente desigualdad socioeconómica, una tendencia que encuentra sus raíces en la década del ’70 -y que no fue revertida por la administración Obama-Biden- es una de ellas: Estados Unidos es el país más desigual del G-7 (Gini de 0.434), una tendencia que probablemente se agrave por la pandemia. Ello se refleja en la opinión pública: el 61% cree que hay demasiada desigualdad económica en el país (Pew Research).

Para Biden, las desigualdades crecientes cuestionan una promesa fundacional, contenida en la declaración de la independencia, aquella que afirma que “all men are created equal”. Frente a esa realidad, resulta impostergable crear oportunidades y distribuir mejor la riqueza: promete mejores salarios, más impuestos para los ricos y las grandes corporaciones, menores costos de salud, a través de la revitalización del Obamacare que Trump puso bajo ataque. Pero el mayor indicio del cambio de época aparece cuando menciona la necesidad de sindicatos más poderosos: un reconocimiento de que, al menos en el largo plazo y en los grandes temas, el capital sólo cede cuando lo obligan.

La desigualdad en Estados Unidos tiene otras caras. La más notoria es el racismo: Harris afirma que negros, latinos e indígenas, los más desfavorecidos, están sufriendo la pandemia de Covid-19 de manera desproporcionada; Obama recuerda que la Constitución de Filadelfia permitía la esclavitud; Biden levanta la memoria de George Floyd, reivindica al movimiento Black Lives Matter y concluye que Estados Unidos se encuentra frente a la mayor demanda de igualdad racial desde los ’60. En este punto, expresa un sentido de injusticia coincidente con el de la mayoría de la sociedad americana: apenas el 35% de los norteamericanos está satisfecha con el trato que recibe la población negra, según Gallup.

Frente al legado racista -y a otras formas de discriminación- los tres oradores enfatizan sin embargo la capacidad de la democracia norteamericana de reformarse a sí misma, de avanzar hacia una igualdad creciente. Harris presenta su visión de Estados Unidos como una comunidad en la que todos son bienvenidos, “sin importar cómo nos vemos, de dónde venimos y a quien amamos”. Obama reivindica las luchas por los derechos civiles y aquellas sostenidas por diversas minorías étnicas y religiosas. Biden, en fin, está convencido de que él y sus conciudadanos están listos para “arrancar nuestro racismo sistémico”.

Si la desigualdad domina la discusión doméstica, el declive relativo del país marca la agenda externa. Sin el estilo virulento de Trump, la rivalidad con China –indicador del ascenso de ese país en detrimento de Estados Unidos- ocupa un lugar central. Nuestro país no puede, dice Biden, “estar a merced de China” para la provisión de suministros médicos críticos. El creciente consenso anti-chino en la dirigencia norteamericana encuentra una sólida base en la opinión pública: el 73% de los norteamericanos adultos tiene una opinión desfavorable sobre China, según Pew Research Center (en 2018 esa cifra era 47%); el 57% ve al país asiático como un competidor y el 26% como un enemigo. En relación a la pandemia, un 78% cree que China tiene gran parte de la responsabilidad por la expansión del coronavirus, por su mal manejo de la crisis desatada en Wuhan. Estas opiniones tienen más fuerza entre los republicanos, pero también son mayoritarias entre los demócratas. La desconfianza hacia China trasciende las fronteras partidarias, algo que Biden recoge y que tendrá implicancias en la política exterior del próximo presidente, cualquiera sea su signo político.

Una segunda señal de declive es la pérdida del liderazgo moral –un componente central del liderazgo político desde la perspectiva de gran parte de la dirigencia americana- al que las políticas de Trump han contribuido decisivamente. Para Obama, Estados Unidos debe volver a ser una nación “que el mundo quiera seguir”; según Biden, el país debe transformarse en “una luz para el mundo”. Ambos expresan la idea –propia del excepcionalismo norteamericano, común a ambos partidos- de que Estados Unidos debe ser “a city upon a hill”, una ciudad sobre una colina, un faro que señala un camino de libertad y dignidad humanas. Ello implica, en términos prácticos, estar del lado de las democracias y evitar la cercanía con regímenes autoritarios que violan los derechos humanos. Se entiende que China, Rusia y Corea del Norte ocupan los primeros lugares de esta lista.

Más allá de cual sea el resultado electoral, el debate público en Estados Unidos es el reflejo de una sociedad que atraviesa su crisis más grave desde fines de los 60;  una sociedad que se mira al espejo y ya no se percibe como tierra de oportunidades, potencia hegemónica y faro moral. Vienen años decisivos, en los cuales se pondrá a prueba la capacidad de la democracia norteamericana para brindar respuestas a esa incertidumbre.

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