El otro aislamiento

Por Federico Recagno (*)

Los británicos, y en particular los ingleses, tienen costumbres bastante extrañas para el resto de los occidentales. El volante de los autos a la derecha que los hace conducir con “mano cambiada” o los nombres de sus calles que varían aún en los mismos tramos.

Colocan alfombras por todos lados, hasta en los baños; beben la cerveza caliente y en general no hablan otro idioma pues el inglés, dicen, les basta.

Mientras pertenecían a la Unión Europea no utilizaban el euro sino la libra esterlina. Sus medidas son ajenas al sistema métrico decimal. Miden longitud, peso y líquidos en millas, yardas, pies, pulgadas, libras, onzas y galones.

Es el único país del mundo que tiene cuatro selecciones diferentes de fútbol o rugby y no participan de los Juegos Olímpicos en fútbol para no caer en la obligación de tener una selección unificada.

El día en que todos los países del mundo tengamos el mismo enchufe la humanidad alcanzará el paraíso. Mientras tanto, el enchufe más peculiar es el británico.

Suele sostenerse que varias de estas diferenciaciones tienen que ver con las tradiciones y la cultura, pero también con el hecho de ser una isla. Churchill decía: “Estamos con Europa pero no en Europa”.

Los territorios tienen, como los climas, influencias en nuestras formas de comportarnos como habitantes. Los límites en una isla están más cerca, aparecen más rápido a la vista. El mar es un amigo próximo y las islas pueden ser puntos estratégicos, y menos vulnerables, para fines políticos y comerciales.

Por ello, los ingleses, cuando son obligados a desprenderse de las colonias que usurparon, acostumbran quedarse con pequeños puntos terrestres distribuidos estratégicamente en los mapas. Lo padecemos en carne propia con nuestras Islas Malvinas.

Argentina es un país continental, territorialmente uno de los más extensos. Poseemos también nuestras rarezas y extravagancias, pero acaso lo descabellado sea la persistencia en aislarnos del mundo, y esto no está dicho por la cuarentena más prolongada de la historia humana, con un inicio sensato, pero con una continuidad confusa y resultados aún inciertos.

Sabemos abrirnos a la inmigración, somos familieros y buenos amigos, pero a la hora de pensar como país parecemos empeñarnos en ser isla.

Nos pasó con los sueños independentistas de una América unida, pero nos replegamos en nosotros, en disputas internas y nos perdimos en guerras que nos fueron dividiendo desde los orígenes.

La dictadura fue el aislamiento más cruel, soberbio, ignorante y oscuro. Llegada la democracia, tímidamente nos abrimos a un Mercosur que hoy se marchita en disputas con nuestros vecinos, en donde las ideologías diminutas y personales postergan las posibilidades de nuestros países y pueblos. Incluso naufraga el acuerdo incipiente del Mercosur-Unión Europea. Estamos en la isla.

El mundo cambia. Pretender aplicar fórmulas atractivas y efectivas del siglo pasado, con líderes paternalistas que nos reprenden, no da resultado. Las empresas tienen, para bien o para mal, cada vez menos patria de origen. Aplicar impuestos abrumadores de un día para el otro, o congelar sus expectativas autoritariamente en medio de negociaciones es como obligarlas a manejar con el volante a la derecha. Pueden ser egoístas y ambiciosas, pero se van de la isla que todos los días troca sus normas erráticas e impredecibles.

Era imprescindible una ley que regulara el teletrabajo. El trabajador, al que le siguen cobrando el impuesto al salario, se hallaba desprotegido en una modalidad laboral que se extendió cuarentena mediante. Lo que no resultaba necesario era dar pasos que impidan este modo de ejecutar las tareas a distancia, abriendo una puerta más al trabajo precario.

¿Cuánto tardará en aparecer una empresa de teletrabajadores autónomos que compita deslealmente con el trabajo registrado, convirtiendo lo que es una modalidad en una tarea específica?

Los virajes históricos y bruscos entre privatizaciones y estatizaciones nos llevan al exilio insular. Estatizaciones y privatizaciones que no responden a un proyecto de país sino a intereses electorales, sin plan.

Hablamos de las formas de medir de los ingleses fuera del sistema métrico, difícil de explicar aún para los que manejan normalmente las matemáticas o de los enchufes que desafían al sentido común. Mientras tanto aquí tenemos el dólar mayorista, el solidario, el tarjeta, el contado con liqui, el MEP y el blue.

El presupuesto de 2020 nunca existió, se prorrogó el de 2019 zarandeado por la inflación. Aparecen, ante una nueva emergencia, los superpoderes pero no aplicamos supercontroles o, aunque mas no sea, controles normales que alejen toda suspicacia.

Las instituciones se han visto avasalladas en la historia democrática pero la democracia sigue siendo el continente, la esperanza de una tierra firme. En ella la división de poderes es un pilar.

Se deben proteger las instituciones en defensa propia, el reguardo de la Justicia es nuestra propia causa porque una Justicia independiente es la mejor garantía que tienen los más vulnerables, los trabajadores, los jubilados, para hacer valer sus derechos adquiridos, para tener libertad.

En este autodestierro nos vamos quedando cada vez con menos países o empresas a las que echarles la culpa. No debe extrañarnos que, como defensa, se dé lugar a las injurias personales. Seamos prudentes, no sea que de tanto pretender ser una isla estemos dando pasos desorientados que nos lleven a la deriva.

(*) Secretario General Organización de Trabajadores Radicales (OTR CABA)

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