El Presidente no tiene quien le escriba

Por Ernesto Calvo

Imaginemos por un momento que el dueño de un banco publicó la siguiente solicitada: “Se informa a los señores clientes que, dado que nuestro banco será robado en los próximos días, hemos decidido no contratar más a la empresa que transportaba los depósitos de nuestros clientes entre distintas sucursales. Asimismo, hemos descontinuado el pago de la póliza de seguro empresario y le hemos solicitado al gobierno nacional que no cubra las pérdidas de aquellos clientes que próximamente serán afectados por el robo. En vistas del robo que tendrá lugar en los próximos días, hemos comenzado un juicio contra nuestro competidor, el Banco Gauchito, a quien responsabilizamos por el dinero que en un futuro próximo faltará de nuestra caja fuerte y de nuestros transportadores de caudales». Por supuesto, al tiempo de leer esta solicitada la mayoría de los clientes posiblemente ya sospechan que el dueño del banco va camino a las Bahamas con el dinero de la caja fuerte, y el dinero de sus clientes, en las alforjas.

Una variante de esta solicitada es lo que hemos escuchado de Donald Trump en las últimas dos semanas. Según ha denunciado en sus discursos de campaña, y en su cuenta oficial de Twitter, los demócratas se preparan para hacer un gigantesco fraude electoral despachando millones de boletas electorales por correo, el fraude más grande en la historia de Estados Unidos, un fraude más escandaloso que el perpetrado contra cualquier jefe de gobierno en cualquier país del globo desde que los humanos aprendieron a caminar erguidos. Para evitar tan escandaloso crimen, Trump ha decidido cortar draconianamente el financiamiento del Correo Nacional (USPS) y darle a su amigo Louis DeJoy, billonario y postmaster general del correo, la autoridad para desmontar las maquinas computarizadas que clasifican las cartas para su distribución local, dejar de pagar horas extras y reorganizar la logística de la recolección y distribución de correspondencia.

La estrategia de denunciar un posible fraude y reorganizar al Correo a pocos meses de la elección, y en el medio de una pandemia, ha sido acompañado por juicios contra las autoridades electorales de estados clave que van a decidir la elección presidencial. Es decir, el comienzo de juicios en aquellos estados definidos como “swing” y que los republicanos anticipan perder. Para obtener un segundo mandato de gobierno, Trump necesita sumar electores en Pensilvania y Michigan, además de retener Florida.

Dado que las encuestas muestran que los republicanos tienen un déficit de 8 puntos o más en Pensilvania y Michigan, Trump ha comenzado a mover piezas para que la elección sea resuelta por jueces federales, el Departamento de Justicia, el conflicto poselectoral en las calles y las milicias afines al partido. La denuncia de fraude, el litigio contra las autoridades electorales de Pensilvania, la movilización de milicias en Michigan y el desfinanciamiento del correo, por tanto, son parte de una estrategia coordinada para que la elección termine en victoria el 3 de noviembre o en juicios en los distintos estados clave a partir del 4 de noviembre.

No está claro, sin embargo, que exista consenso entre los jueces federales afines al Partido Republicano o que, en caso de una derrota electoral, estos estén dispuestos a beneficiar a Trump. La presión del Departamento de Justicia y una cancha embarrada por la violencia poselectoral pueden ser el condimento que falta para transformar una derrota electoral en un segundo mandato.

¿Son estas las creencias apocalípticas de un puñado de progresistas en los márgenes del sistema político? Lamentablemente, no. Actualmente, este escenario es percibido como el más probable entre los académicos norteamericanos, los medios periodísticos y el mundo de la política. Existe un vasto consenso que Trump no reconocería una derrota electoral, independientemente del margen de victoria de Joe Biden en las urnas. La pregunta más importante de los próximos dos meses no es si Trump va a perder las elecciones sino, en caso de que las pierda, cuales son las consecuencias políticas. Que sucede si el Presidente que pierde el 3 de noviembre decide movilizar todos sus recursos para disputar el resultado electoral en un contexto de extrema polarización.

Es por eso que, con cada vez mayor frecuencia, se escuchan llamados a minimizar los riesgos legales y políticos de un Estados Unidos que puede amanecer el 4 de noviembre sin un “president-elect”.

Es también por eso que los demócratas apuestan a una victoria que sea lo suficientemente contundente como para cerrar puertas legales y las maniobras políticas. No importa el margen de victoria, nadie espera que Trump realice un discurso reconociendo su derrota. Pero no es trivial cuan creíble es lograr una derrota por otra vía. Claro que esta discusión deja de ser relevante si Trump gana una mayoría del Colegio Electoral. Pero el Plan B no se diseña “en caso de que ganemos”, son contingencias “en caso de que perdamos.”

El que avisa no es traidor

La clave del problema reside en la estrategia de tres bandas organizada por los republicanos. En junio 29, la campaña de Trump (la entidad legal que administra la campaña) inició un juicio legal contra el estado de Pensilvania, con el objetivo de detener la distribución de los “mail-in-ballots” que son utilizados por los electores para votar en noviembre. El voto por correo es parte de la historia electoral del país y es usado por una gran cantidad de votantes en cada elección. En el pasado, el voto por correo ha favorecido a los republicanos, quienes tienen un electorado más viejo y más propenso a votar “en ausencia”.

Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, sin embargo, el número de votantes que se registran cada año como demócratas ha casi duplicado a los que se registraron como Republicanos. Esto representa un problema serio para el partido. Si bien Trump tiene tasas de aprobación de más de 80% entre los republicanos, autodefinirse como republicano en el 2020 es mucho menos probable que hace cuatro años. La derecha es hoy más intensa y más compacta, pero también es menos numerosa. Para ganar la elección, por tanto, necesita no sólo movilizar su base sino también desmovilizar a la oposición. El martes 3 de noviembre, la elección solo puede ser ganada por los republicanos si logran reducir significativamente la participación electoral de los demócratas.

La “administración” del flujo de votantes en Estados Unidos es parte de la rutina electoral de cada elección. Dado que una Ley del Congreso hace más de 150 años definió el martes como el día de realización de las elecciones, Estados Unidos desarrolló una cantidad de estrategias para facilitar la votación de electores en días no laborables. Opciones como “early voting” (voto temprano) y “mail-in-voting” (voto por correo) son parte del menú de opciones en todas las elecciones presidenciales. El voto “en ausencia” (absentee voting) es legalmente idéntico a el “voto por correo” (mail-in-voting), y en el contexto de la actual pandemia, muchos estados han tratado de facilitar el acceso al voto en ausencia como forma de minimizar la exposición de los ciudadanos al Covid-19.

La estrategia de Trump utiliza como excusa la denuncia del “mail-in-voting” para llevar adelante una estrategia de litigio cuyos objetivos son post-electorales. Es por eso que no ha iniciado juicios en los estados controlados por los republicanos sino tan solo en aquellos que son demócratas. Es también por eso que el trumpismo denuncia el voto por correo de los demócratas mientras hace campaña para que sus votantes voten por correo.

Modificar la logística del Correo, denunciar fraude e iniciar juicios contra los administradores electorales de los estados “swing”, por tanto, es una estrategia para disputar un resultado adverso. Si  Trump gana una mayoría de votos, su discurso de victoria será: “A pesar del fraude masivo hemos ganado”. Si pierde las elecciones, en cambio, todos anticipamos tiempos turbulentos. El 4 de noviembre, muchos esperamos que Trump denuncie el “robo más grande de la historia” y les pida a los jueces un resultado que no llego a través de las urnas. Hace cuatro años que Estados Unidos entró en terrenos institucionalmente desconocidos. En tan solo dos meses, si Trump pierde la elección, veremos qué tan robustas son las instituciones de ese “experimento” que es la democracia norteamericana.

 

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on linkedin
Share on email
0 Comentarios
Inline Feedbacks
Ver todos los comentarios

Última Edición