El problema de la alternancia

(Columna de la politóloga María Matilde Ollier)

El constante crecimiento que viene registrando el peronismo en el conurbano lo ha consolidado como la fuerza política predominante en la región.

Desde la crisis de 2001 que barrió con el endeble sistema de partidos que  dificultosamente había comenzado a construirse a partir de 1983, al grito de “viva la nueva política” una y otra vez, luego de cada convocatoria electoral, aparece la preocupación sobre hasta dónde las cifras revelan una renovación de la política. La sola inquietud pone de manifiesto la inexistencia de recambios verdaderos. En la política democrática, y la Argentina no constituye una excepción, lo que está en juego no es el cambio etario, que puede ser importante además de necesario, sino la alternancia. Y alternancia es lo que crecientemente ha dejado de haber en el conurbano bonaerense.

El conurbano bonaerense, sinónimo de aquello que el INDEC denomina Partidos del Gran Buenos Aires, se encuentra compuesto por parte de dos secciones electorales, la primera y la tercera, de las ocho en que se divide la provincia de Buenos Aires. Luego de la reforma electoral de 1994, ambas secciones suman veinticuatro distritos (14 la primera –General San Martín, Hurlingham, Ituzaingó, José C. Paz, Malvinas Argentinas, Merlo, Moreno, Morón, San Fernando, San Isidro, San Miguel, Tigre, Tres de Febrero y Vicente López– y 10 la tercera –Almirante Brown, Avellaneda, Berazategui, Esteban Echeverría, Ezeiza, Florencio Varela, La Matanza, Lanús, Lomas de Zamora y Quilmes–). Su cercanía territorial al poder central, su composición de clases populares sumamente humildes, sobre todo en aquellos lugares más alejados de la Capital, su concentración poblacional y su peso electoral (alrededor del 25% del electorado argentino) lo destaca en el conjunto del territorio político del país. Sin embargo, su pertenencia institucional a la provincia lleva a que no puede comprenderse su dinámica política por fuera de ella. Descabezada Buenos Aires en 1880 al pasar a ser su Capital la de la república, y seguida por una larga etapa de subordinación, se convirtió en la amenaza que el poder central concluyó que era imprescindible someter.

Los riesgos de la imposición de Buenos Aires sobre el conjunto de la Argentina dada su fortaleza electoral, política y económica llevaron a los gobiernos nacionales a intervenir en ella, por los medios que fuesen necesarios. El resultado acabó configurando una paradoja: la provincia de mayor peso en la política y la economía nacional termina cediendo su autonomía al habitante de turno de la Casa Rosada. Es, entonces, cuando deben atenderse dos cuestiones que ayudan a analizar el conurbano y las limitaciones y los márgenes de sus jefes distritales: la histórica falta de autonomía de la provincia en relación al poder de la Casa Rosada (Hipólito Yrigoyen la intervino en 1917) que se extiende a los municipios del cordón suburbano y el avance sostenido del peronismo sobre los veinticuatro distritos a partir de 1987.

En una  palabra, falta de autonomía y creciente imposibilidad para la alternancia constituyen dos problemas del anillo urbano que los resultados electorales de 2011, lejos de modificar, continúan acentuando. Miremos la Historia. Con la reemergencia democrática, en 1983, el resultado electoral en el conurbano coloca casi en paridad a radicales y peronistas. No obstante, el triunfo de Antonio Cafiero a la gobernación cuatro años más tarde y la posterior coalición encabezada por Carlos Menem y Eduardo Duhalde, que lleva al último a la gobernación en 1991, originan un avance notable del peronismo sobre el conjunto del conurbano.

Esta situación comienza a revertirse con la llegada de la Alianza, en 1999, que modifica el mapa electoral del cordón, al conquistar varios municipios (Martín Sabatella, en Morón; Ricardo Ivoskus, en San Martín; Oscar Laborde, en Avellaneda y Edgardo Di Dío, en Lomas de Zamora) quedando 6 en sus manos frente a los 18 que retiene el peronismo y sus aliados (Ricardo Ubieto, Alberto Groppi). Sin embargo, los años del justicialismo al frente de los gobiernos nacional y provincial mostrarán un mapa casi monocolor en el conurbano con el triunfo de Cristina Kirchner en 2007, que sólo deja a Morón sin candidato a presidente aunque aliado de la Primera Mandataria.

La última contienda electoral, en 2011, encuentra un solo municipio en el cual ha habido alternancia, y es Vicente López, donde el histórico intendente radical fue derrotado por Jorge Macri, candidato del Pro. El reemplazo ocurrido en San Fernando, donde Osvaldo Amieiro debe abandonar el gobierno, es resultado de realineamientos dentro del peronismo debido a sus disputas internas. En San Martín, en cambio, el triunfo de Gabriel Katopodis sobre Daniel Ivoskus significa un avance del peronismo cristinista por sobre el cristinismo no justicialista. Dejo sin comentarios la sucesión de Juan José Mussi a manos de su hijo Patricio en Berazategui.

En síntesis, los desenlaces electorales desde 1987 hasta el presente prueban un avance casi sostenido –interrumpido acotadamente en 1999– del peronismo en el conurbano, que hoy se ha consolidado como la fuerza política predominante de la región.

(De la edición impresa)

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