Una campaña inelástica

Por Santiago Alles

Donald Trump está en problemas. Muchos. La reacción a una epidemia que dejó ya 180.000 muertos ha sido deficiente. La economía, que era la principal carta para su reelección, ha registrado en los últimos meses caídas de actividad y empleo no vistas desde la Gran Depresión, casi un siglo atrás. Las masivas protestas contra la desigualdad racial expresaron demandas de cambio que Trump se ha limitado a caricaturizar. Y los escándalos políticos parecen una zaga sin fin, que (sólo en los últimos días) incluyeron el arresto de Steve Bannon, uno de sus principales estrategas de 2016, por estafa con contribuciones políticas y un informe del Senado probando las conexiones de Paul Manafort, otro de los estrategas de 2016, con la inteligencia rusa (quien ya cumple una condena de 7 años y medio de prisión por otros delitos). En ese contexto, quizás no debería sorprender que la encuestas muestren en forma consistente que Trump está detrás de Joe Biden por entre 8 y 9 puntos.

Las encuestas a esta altura del año son, sin embargo, indicaciones todavía débiles de lo que puede ocurrir en noviembre. Si miramos lo ocurrido en las últimas cuatro décadas, el candidato liderando las encuestas en este punto por lo general resultó el ganador, pero detrás de esa imagen se ocultan situaciones muy diferentes. Ronald Reagan en 1984 lideraba por 16 puntos en agosto y en noviembre refrendó esa ventaja con una victoria aplastante (+18,2). Ocho años antes, Jimmy Carter disfrutaba de un liderazgo aun mayor, 26,6 puntos y, sin embargo, ganó por un margen ajustado (+2,1), tras dilapidar casi toda esa ventaja. La victoria de George Bush en 1988 ofrece el espejo en el que intenta reflejarse la campaña republicana: Michael Dukakis (D), tras liderar por 5,6 puntos en agosto, cayó por casi 8 puntos en noviembre. La evidencia indica que la carrera tiende a apretarse entre agosto y noviembre: esa brecha se mantuvo o creció sólo en tres de las últimas once elecciones.

Las convenciones partidarias ofrecen un posible punto de inflexión en la competencia. Las convenciones permiten articular un mensaje de campaña claro; y la extensa cobertura que reciben de los medios amplifica ese mensaje en forma masiva. El triunfo de Bush en 1988 comenzó a gestarse precisamente en una convención republicana organizada alrededor de dos mensajes claros, impuestos y crimen, a los que Dukakis no supo responder. De un modo similar, cuatro años después, la convención demócrata catapultó a Bill Clinton: las encuestas sugieren que su intención de voto tuvo un rebote de alrededor de 16 puntos.

Sin embargo, un rebote posConvención comparable parece improbable este año. Primero, en elecciones recientes se han observado saltos significativamente menores: Barack Obama y John McCain lograron rebotes de alrededor de cinco puntos en 2008, mientras que en 2012 y 2016 se observaron saltos de sólo dos o tres puntos. Segundo, obligados por las circunstancias, las convenciones virtuales de este año se han reducido a una serie de mensajes grabados, que probablemente no tengan el impacto de los eventos masivos de otras elecciones. La movilización alrededor de la convención no es representativa del clima electoral, pero transmite un mensaje de energía y vitalidad que será difícil de recrear con otras formas de activismo. Y tercero, tanto Trump como Biden, uno presidente por casi cuatro años y otro vicepresidente durante ocho, son figuras con altos niveles de conocimiento, sobre los cuales una porción significativa del electorado tiene ya una opinión formada, por lo cual es difícil que la campaña pueda redefinirlos.

La comparación con la elección de 2016 es una advertencia recurrente en estas semanas: las encuestas también entonces decían que Hillary Clinton iba adelante, y perdió. Sin embargo, 2016 debería ser una advertencia de la ventaja estructural de Trump (y el Partido Republicano en general) en el colegio electoral, antes que una sobre sorpresivos giros en la opinión pública. Por un lado, una vez que Trump aseguró la nominación republicana, Hillary no gozó de márgenes de ventaja comparables a los que Biden registra desde hace meses. Y por otro, Biden no sufre el mismo rechazo que Hillary tuvo entonces; Trump fue capaz de explotar ese rechazo y se impuso entre los votantes que tenían de ambos mala imagen. En esta ocasión, Trump además está perdiendo contra Biden entre ese grupo de haters.

Ningún presidente compitiendo por la reelección llegó a la convención partidaria tan detrás de su competidor y en este contexto, el principal problema que enfrenta Trump es que su aprobación ha demostrado ser muy inelástica. A pesar de lo tumultuoso de su gobierno, la valoración publica se movió en un rango muy estrecho: su aprobación raras veces cayó debajo de 40 puntos, pero también raras veces perforó los 43. La solidez de ese apoyo le permitió atravesar escándalos que probablemente hubieran hecho mucho daño a otras administraciones, al tiempo que el alto rechazo le impidió capitalizar alguna acción. Para bien o para mal, los votantes parecen tener una opinión muy definida de él y de su gobierno; y cuanto más pequeño es el bloque de votantes indecisos, menor es el margen para que ocurran giros significativos. O puesto de otro modo, cuanto más alta es la polarización política, menor es el número de swing voters disponible.

Trump ha respondido en estos días ubicándose en el terreno donde se siente más cómodo, combinando (supuestos) logros económicos con exaltaciones etno-nacionalistas. Primero, la economía empieza a mostrar algunos signos de recuperación, y Trump intenta capitalizarlos; queda por ver si sus efectos sean perceptibles en estos meses. Segundo, Trump insiste en presentarse como el protector de los votantes evangélicos: en su favor, la designación de jueces ideológicamente conservadores, incluidos dos miembros de la Corte Suprema, es una de las pocas materias en donde ha sido capaz de cumplir con sus votantes. No obstante, los votantes evangélicos ya estaban dentro de su coalición. Tercero, en un contexto socialmente convulsionado, Trump ha insistido en un discurso de ley y orden de fuertes tonos racistas que pudo ser eficaz en los 80s, pero hoy luce fuera de tono: las posiciones más liberales sobre relaciones raciales han ganado significativo terreno en la opinión publica. Apelaciones de esta naturaleza son un mensaje potente en la primaria republicana y por eso mismo pueden revitalizar al núcleo duro de su base electoral, pero difícilmente permitan expandirla.

Los alineamientos en la política estadounidense se han vuelto muy rígidos, y Trump parece acorralado en un tablero en la que las posiciones apenas se mueven.

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