Los nuevos superconocidos

Por Julio Burdman

Una de las características constantes de la democracia argentina es su escasez de figuras políticas de alcance nacional. Si lo medimos por su nivel de conocimiento, podemos decir que son muy pocos aquellos políticos que logran ser conocidos por la totalidad de los argentinos, y que podrían ser eventualmente votados por una porción sustancial de esa totalidad. En general, el stock de políticos de esa categoría (los superconocidos) no supera la cantidad de dedos de una mano. A veces, tal vez dos manos.

Esta escasez tiene una explicación de tipo institucional. En Argentina tenemos un sistema político federal, lo que implica una política subdividida en varias jurisdicciones. Y solo un cargo electivo es votado simultáneamente por todos los electores: el Presidente. Todos los demás -legisladores nacionales, gobernadores, intendentes- solo son votados por los habitantes de su distrito y, por lo tanto, la única campaña electoral que nos convoca a todos es la presidencial. A su vez, en general solo dos o tres fórmulas presidenciales -las más votadas- llegan a ser conocidas por todo el padrón. La campaña presidencial es una de las muy pocas fábricas de políticos nacionales que tenemos.

Puede haber otras fábricas secundarias, «vidrieras» poderosas que pueden dar a los políticos mucha visibilidad, como el ejercicio de un alto cargo no electivo en el Gobierno Nacional -ministro, por ejemplo-, la titularidad del Ejecutivo en una provincia grande, o mucha presencia en los medios de comunicación. Pero no alcanzan por sí solas.

Contra lo que muchos participantes de la comunidad politizada suponen, las personas en las situaciones anteriores no logran ser verdaderamente conocidas por todos. Córdoba es una de las provincias más grandes del país y, a pesar de ello, sus gobernadores no suelen ser muy conocidos fuera de ella. Los ministros de Economía son centrales en la consideración del círculo rojo, sobre todo aquellos que ocupan el cargo en momentos de crisis o  acumulando funciones de excepción, pero ello no necesariamente se traduce en popularidad. E 2005, y aún después de haber protagonizado una trascendental renegociación de la deuda defaulteada, una encuesta mostró que más de un tercio de los mendocinos mayores de 18 años no sabía quién era Roberto Lavagna. Y, finalmente, los medios de comunicación audiovisual tampoco tienen la penetración de fines del Siglo XX, cuando había solo 4 o 5 canales de televisión con llegada a todo el país y un solo programa podía concentrar 40 puntos de rating, o más. El periodismo político nacional del año 2020 pelea por una franja marginal de la atención pública, y no tiene tanta influencia social. Son muy pocos los casos de dirigentes que logran aprovechar al máximo esas oportunidades, e ingresar a la élite de los dirigentes auténticamente nacionales.

Así las cosas, la fábrica produce poco. En el período 2015-2019 estaban en ese podio Cristina Kirchner, Mauricio Macri, Daniel Scioli, Sergio Massa, Elisa Carrió. Dos de ellos habían sido presidentes, y el resto tenía campañas presidenciales en su haber. Recién llegada, asomaba a la reunión María Eugenia Vidal, gracias a su elección como gobernadora bonaerense y una fuerte campaña de difusión en los medios. También integraban la lista de los superconocidos aquellos que ya habían estado allí antes, pero ahora se encontraban en situación de retiro: Carlos Menem, Eduardo Duhalde, Domingo Cavallo, Fernando De la Rúa. No había muchos más.

En 2020, un dato interesante es que se han sumado nuevos nombres a la mesa más selecta, sin que los anteriores se hayan ido. El resultado es que ahora tenemos una de las mesas más concurridas en mucho tiempo. Por un lado están los ganadores de las elecciones de 2019, que tras la campaña hicieron un salto de escala: Alberto Fernández, Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta. Ninguno de los tres era nuevo, pero ahora están realmente bajo el escrutinio populares. Y la pandemia y la escenografía comunicacional de la gestión de crisis los potenció.

Al listado podemos sumar a Patricia Bullrich, y de a poco se acerca al fogón Sergio Berni. También Máximo Kirchner, cuyo apellido se vende solo. Bullrich tiene una carrera política larga, con varias funciones y campañas, y Berni también logró cierto protagonismo durante las presidencias de CFK, ayudado por la difusión mediática de sus acciones. Pero ambos lograron consolidar sus niveles de conocimiento público a partir de sus gestiones en el área de seguridad, un tema prioritario para la sociedad y que evidentemente brinda una gran exposición a sus responsables políticos. Macri reconoció el salto de escala de Bullrich, y por eso la promovió a la presidencia del PRO, desde donde hoy es una referente de la oposición. Que Alberto Fernández haya elegido para sucederla a una académica de bajo perfil tal vez no sea casual.

En el actual contexto de crisis multidimensional, la ampliación de la mesa de los superconocidos tiene efectos y significados varios. Por un lado, pareciera que el sistema genera su propia renovación, que puede verse «apurada» por la crisis económica y social. Lo vemos en Juntos por el Cambio, donde hoy Rodríguez Larreta y Bullrich tienen mejores números en las encuestas que Macri. Aunque el expresidente, pese a su popularidad hoy menguada, sigue liderando a la minoría intensa cambiemita.

En el oficialismo, en cambio, la vicepresidenta no pierde popularidad, pero si los nuevos superconocidos mantienen su posición, es probable que con el paso del tiempo ella se vea en situación de compartir con ellos su liderazgo.

En rigor, pueden suceder varias cosas, tanto en el oficialismo como en la oposición: que los que estaban y los recién llegados trabajen juntos, o que compitan, o que los anteriores le pasen la posta a los nuevos, o que el electorado vuelva a preferir a los anteriores. No podemos saber cómo será la dinámica. En todo caso, suponemos que la crisis económica y social inevitable marcará los tiempos a la política.

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