Una señal imprevista

¿La Argentina se convertirá en una pieza clave de la estrategia internacional de los Estados Unidos en América Latina?

Los gestos públicos de Barack Obama hacia Cristina Kirchner tras la cumbre del G20 pueden ser tomados como parte de un contexto accidental o como algo más que eso. Lo accidental reside en que la frase que recorrió la prensa internacional (“Nicolás, los dos tenemos que aprender las lecciones”) es finalmente una autorreferencia de Obama y Sarkozy para con sus propias campañas electorales, y en que el discurso de la Presidenta y su denuncia del “anarco-capitalismo” fueron muy comentados en todo el mundo porque tuvo la virtud de expresar con claridad un debate mundial.

En cuanto a la posibilidad de que estos gestos hayan sido algo más que una cuestión del momento, vamos a revisarla a la luz de la reciente publicación de “The Next Decade”, el último libro del presidente fundador de la consultora Stratfor, George Friedman. El autor, un académico de origen húngaro devenido en asesor de políticos y consultor de empresas, en 2009 tuvo un gran éxito editorial con “The Next 100 Years”, un libro de prospectiva que auguraba la continuidad de la hegemonía  estadounidense a lo largo de todo el Siglo XXI. Pero sus conclusiones triunfalistas sobre el poderío de EE.UU. parecían desafiadas por todo lo que ocurrió desde la aparición de la obra: crac financiero, cuestionamiento del rol internacional de Washington, acercamiento –incipiente, pero acercamiento al fin– político de los BRICS, y polarización política interna, expresada esta última en las votaciones dramáticas en el Congreso en cuestiones como el sistema de salud y el presupuesto.

Esa pudo ser una de las razones que movió a Friedman a escribir esta secuela, en la que defiende su obra anterior con una hipótesisad hoc: las próximas décadas  consolidarán al hegemón, pero éstos próximos años van a ser difíciles. EE.UU., dice Friedman, va a tener que asumir su condición imperial inevitable e intentar que ello no redunde en la destrucción de su modelo republicano original. Sólo la grandeza moral de los próximos presidentes podría impedirlo. Su marco analítico, que algunos podrían considerar vetusto, es el realismo y la geopolítica, y lo que obtiene de él es un híbrido entre la predicción y la recomendación. Predice/recomienda, por ejemplo, una nueva alianza entre EE.UU. y el Gran Medio Oriente, que incluya un balance de poder entre Washington y Teherán. El balance de poder, de hecho, es el eje de casi todos los razonamientos del autor, algunos muy provocadores, y eso lo lleva a desarrollar una hipótesis sobre… la nueva importancia de la Argentina para la estrategia internacional de Washington.

El argumento es sencillo. El ascenso de Brasil representa un fenómeno inédito en la  historia latinoamericana: por primera vez, un país de este continente está en condiciones de convertirse en una potencia global. La Argentina, agregamos para prevenir la reacción de algún nacionalista nostálgico, supo ser un país rico a escala mundial, y albergó ideas de potencia durante aquellos años –como las que leemos en los libros de Alejandro Bunge– pero nunca llegó a convertir a sus recursos en fuentes de poder estratégico que transformaran equilibrios planetarios. Brasil tampoco llegó a ese nivel, y hoy es un socio pacífico de los Estados Unidos, ya que esencialmente sus intereses son complementarios. De hecho, el rol asegurador de Brasil en una región en la que EE.UU. no quiere problemas es parte indisociable de esta alianza. Pero, advierte Friedman, estos términos pueden cambiar hacia 2030 o 2040, una vez que Brasil continúe expandiéndose económicamente y desarrolle un poderío naval dominante en el Atlántico Sur, ayudado por sus relaciones preferenciales con Angola y otros países del Africa subsahariana lusoparlante.

En ese caso, Brasil ya estaría superponiéndose con los intereses del imperio, que suponen la supervisión de todos los océanos. Por eso, Friedman recomienda a los líderes políticos de Washington que fomenten un balance de poder interno en América del Sur a partir del diseño de una nueva relación estratégica de largo plazo con la Argentina, país al que atribuye la potencialidad de crecer y reducir la brecha que hoy lo separa de su principal vecino. Admite que los brasileños van a anticipar ese eventual giro político y forzarnos a comprometernos con el matrimonio en marcha, y descree, eso sí, de nuestra clase política “populista” que subestima el largo plazo, pero apuesta a dos factores: el primero, que Brasil no puede invertir demasiado en nosotros porque tiene muchos problemas internos, y el segundo, que los argentinos, ante la alternativa real de una alianza preferencial con los yanquis, van a terminar aceptándola, porque -está convencidoen el fondo desconfían más de Brasilia que de Washington. Realista clásico, Friedman sugiere prudencia. Recomienda una política de seducción económica y de seguridad para la Argentina que no genere celos y que también utilice, por caso, mecanismos multilaterales.

Esta es, probablemente, la tesis más provocadora que se ha escrito sobre la Argentina
en los últimos años. Pero nuestro primer impulso es desconfiar de ella. En primer lugar, porque la premisa de Friedman acerca de que la Argentina estaría más predispuesta a una alianza con Washington que a la asociación con Brasil no está bien fundamentada. El antinorteamericanismo criollo es un punto de partida insoslayable, y no casualmente el consenso acerca de la estrategia de integración regional es muy alto.

Los brasileños, aunque restringidos financieramente, han desplegado un conjunto de políticas comerciales, de integración física, de integración en seguridad y de amistad política hacia la Argentina que crearon vínculos profundos. Para no mencionar el aspecto más polémico de su estrategia hacia la Argentina: el estímulo de su banca estatal a las empresas brasileñas para que expandan sus operaciones y compren
nuestras empresas.

En cambio, desde la ayuda que nos dieron en el marco del FMI para sostener al Gobierno de Duhalde en el año 2002, EE.UU. no ha desplegado ninguna política significativa hacia la Argentina en toda la década. Y la tesis de la importancia de contar con una política hacia la región ya se ha planteado con anterioridad, ante oídos sordos. Ronald Scheman, en el año 2001, publicó un libro en el que sostenía que un ALCA en serio –es decir, que financie el desarrollo– era más importante para EE.UU. que sus aventuras en Medio Oriente. Nadie lo leyó. En el primer equipo de expertos latinoamericanos de Obama, cuando aún estaba en campaña, se destacaban voces
como la del profesor Riordan Roett, que criticaban la subestimación regional de la era Bush, advertían sobre el desembarco chino y proponían, con una lógica similar, una política de fomento al desarrollo para América del Sur.

Obama terminó asumiendo en plena crisis económica y todos esos proyectos fueron archivados. Haría falta una voz muy convincente para vender en Washington esta tesis que ahora retoma, y con más fuerza que sus antecesores, el presidente de Stratfor. Sin embargo, no está de más repasarla cuando aparecen señales imprevistas, como las que envió Obama en estos días.

(De la edición impresa)

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on linkedin
Share on email
0 Comentarios
Inline Feedbacks
Ver todos los comentarios

Última Edición