La máquina de generar tormentas

por Luis Tonelli 

El Gobierno generó distintos conflictos que pudieron haberse
evitados porque fueron consecuencia de errores de cálculo político
que no midieron las consecuencias que podían generar

Eran otros tiempos (o siguen siendo los mismos) en donde la fe ingenua en una ciencia todo poderosa se combinaba con esperanzas milagreras irracionales. Por casi tres décadas (desde los ’30 hasta los ’50) Juan Baigorri convenció a muchos de que había inventado la máquina para hacer llover.

Munido de un misterioso gabinete lleno de perillas no más grande que un televisor de la época, dotado de una batería y dos antenas -y quien sabe qué en su interior, si algo había-, este ingeniero con palmas reconocidas, en algunas de las ocasiones que anunció que iba hacer llover, finalmente llovió. Obviamente, dada la imposibilidad de que con la energía que acumulaba en esa caja pudiera siquiera llegar conmover al vapor de la pava de su cocina, se presume que lo que tenía Baigorri era una capacidad inaudita para presagiar tormentas para después fingir que las generaba.

No fue entonces poco su mérito oculto: dada las veces que se equivoca el servicio meteorológico, parecería que en Argentina no es nada fácil pegarle con la prospectiva del clima. Todo lo contrario con lo que ocurre con las tormentas políticas y económicas. Tenemos el triste record mundial de recesiones y de crisis desde la década del ’60 (22 contabilizadas), lo cual está en la base de la multiplicación por 16 de la pobreza que teníamos, y que solo puede aumentar dramáticamente con la situación actual.

Apostar por la crisis en Argentina es una fija ganadora en los pronósticos, pero también es una profecía de autocumplimiento, especialmente si los actores claves apuestan al desastre. Como reza el teorema de Thomas: “Si las personas definen las situaciones como reales, éstas serán reales en sus consecuencias”.

El problema es que más allá de las expectativas, también tenemos realidades. Como decía Woody Allen: “Podré ser paranoico, pero eso no quita que haya dos tipos ahí abajo esperándome”. O sea, tenemos condiciones objetivas que producen nuestras crisis y nuestra decadencia. Y nada más objetivo que esta crisis que nos cayó del cielo, o al menos del aire expirado por los viajeros infectados que es la presente pandemia.

Ahora bien, una cosa es la crisis y la otra son los adicionales conflictivos generados por el mismo Gobierno, ya sea por oportunismo, error o simple ignorancia chambona. Ya no es llovido sobre mojado. El Gobierno no tiene la máquina de hacer llover de Baigorri. El Gobierno pareciera que tiene la máquina de generar tormentas, y vaya que le está dando dele que dele a esa otra maquinita desde que llegó a la Casa Rosada.

Simple repaso imperfecto: la pandemia nos llegó, pero la “cuarenterna” fue una decisión del Gobierno. En abril, escribimos que la cuarentena no podía ser completamente exitosa, que quizás el pico se iba a dar justo durante el duro invierno, cuando ya la gente estuviera cansada de cumplirla y con la economía exhausta. ¿Qué había de sofisticado en este análisis? ¿Había que tener un doctorado de epidemiología? No, simplemente no caer presos del wishfull thinking, ese creer que las cosas por que se las piensan de una manera van a salir de esa manera. Y, por el otro lado, no caer en el problema típico de todo Gobierno argentino que siempre es, como reza el lema irónico, “soberbio en la victoria, humilde en la derrota”. Pero no, los infectólogos oficialistas pronosticaban que quince días de cuarentena eran suficientes y que no eran necesarios ni tests masivos, ni detección ni aislamiento.

Afortunadamente, hemos podido hasta el momento evitar un aluvión de muertos, pero como se decía, se ha agotado el recurso de la cuarentena, y la única forma de implementarla de nuevo va a ser por que tenemos las peores noticias. Así que, ojalá, la cuestión se vaya manejando. Sino, tendremos todos los costos económicos y todos los costos humanitarios. Una pesadilla.

El otro producto de la máquina de generar tormentas del Gobierno es la negociación de la deuda. La verdad es que, como están las cosas, de cualquier manera no van a afluir al país ingentes flujos de capitales. Pero resolver la cuestión de la deuda es una señal importante para tratar de compensar, de algún modo, todas las señales y realidades negativas que estamos acumulando. O sea, el default puede resultar en la señal de coordinación para que se salga de este limbo de la cuarentena económica.

Por alguna razón, el Gobierno cree que una negociación que se dilata en el tiempo, al estilo de la “cuarenterna”, termina redituándole políticamente. Quizás nos estamos equivocando, y la verdadera pulseada se da entre el Presidente y la vicepresidenta, para demostrarse quien es más duro y temerario, y de esto se han dado cuenta los acreedores que van, así, corriendo el arco. Pero, como diría mi Tía Nacha, “¿chi lo sa?”. Digamos solamente lo siguiente, dado que la diferencia entre el Gobierno y bonistas es de US$ 3 (US$ 3.000 millones en diez años, si se va al default será una decisión política). Y esto es lo grave. Que se piense que conviene el default. La máquina que crea tormentas a full.

Como también la última noticia que hoy canta el diario (que no hablaba ni de tí ni de mí) es la de una Reforma Judicial de la cual no se sabe nada, lo cual es toda una señal política de prepotencia, especialmente frente a la oposición. A la cual se le suma otra señal prepotente: es innecesario que esté el abogado defensor de Cristina Kirchner sentado en el Consejo Asesor para la reforma, dado que al control remoto de la vicepresidenta le sobran pilas. Consejo del cual ha sido invitada a formar parte, también más como provocación que como amplitud pluralista, quien a su turno no pudo ser impuesta por Mauricio Macri como Procuradora: la benemérita Inés Weinberg de Roca -cosas de la inefable lealtad política en el PRO-.

Prepotencias que parecen querer demostrar lo inevitable de la impunidad y, por lo tanto, la pérdida de tiempo de luchar contra ella. Aunque, como siempre aquí, la prepotencia no ha sido más que la otra cara de la impotencia. Presagio de nuevas tormentas. Hasta la tormenta perfecta, siempre.

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