Todos los caminos conducen a Tulsa

por Isabella Alcañiz (*)

En el libreto republicano, la fuerza destructiva de huracanes, incendios o pandemias se mide por el valor social, racial y político de quienes fueron sus víctimas 

Es el racismo, estúpido”, debería ser el nuevo lema de la política estadounidense, ya que no hay sector socioeconómico que escape de los efectos nefastos de la discriminación racial. En Estados Unidos, las tensiones raciales y el supremacismo blanco tienen consecuencias incluso para la salud pública en tiempos de pandemia. La polarización racial y política del país ha envalentonado a la derecha, dispuesta a cuestionar cuales víctimas de desastres naturales merecen o no asistencia del gobierno cuando sucede una catástrofe. Hoy es el Covid, pero el libreto es el mismo para huracanes, terremotos e incendios. Una crisis sólo es tal si afecta al “buen” americano. El mismo huracán que destruye Texas es un ventarrón cuando pasa por Puerto Rico.

El primer acto de campaña del presidente Donald Trump bajo el Covid-19 reveló, una vez más, como la política pública y el racismo van de la mano en Estados Unidos. El sábado 20 de junio, el presidente volvió a su primer amor: el encuentro directo con sus partidarios más fanáticos en el primer acto de campaña presidencial poscuarentena. El acto tuvo lugar en un estadio deportivo cubierto en Tulsa, ciudad del estado de Oklahoma, donde se agolparon miles de votantes republicanos para celebrar al Presidente Trump. A pesar de que en este momento Oklahoma tiene una tasa de crecimiento de infecciones del coronavirus importante, con Tulsa a la cabeza, una mayoría del público no usó mascarilla ni respetó el distanciamiento social.

Esto era de esperar. Trump consistentemente se pronuncia en contra del uso de mascarillas, el distanciamiento social y la mayoría de las medidas que minimizan los riesgos sanitarios. Luego de negar durante meses que el coronavirus fuese peligroso, Trump primero acusó a los demócratas de exagerar los efectos de esta “gripe” para justificar su falta de política sanitaria. Luego, al igual que en otras emergencias recientes, Trump y los republicanos racializaron la respuesta sanitaria, reservando la categoría de víctima a aquellos a quienes consideran merecedores de ayuda: ciudadanos anglo-americanos y votantes conservadores que viven en distritos electorales con mayorías blancas.

Los seguidores del Presidente siguen su ejemplo y también reniegan de las más mínimas recomendaciones para hacerle frente al Covid-19. El concepto de salud pública –me cuido yo para cuidar a los demás- es mofado por los votantes republicanos más virulentos. Dado el riesgo de un brote de coronavirus, la campaña de reelección de Trump obligó a los que se registraban al acto a firmar una declaración deslindándola de toda responsabilidad. “Al asistir al mitin, usted y cualquier invitado asumen voluntariamente todos los riesgos relacionados con la exposición a Covid-19 y acuerdan no mantener a Donald J. Trump para President, Inc. responsable de cualquier enfermedad o lesión”, decía.

El estadio de Tulsa, con capacidad para 19.000 personas, se llenó en un tercio debido, en parte, al esfuerzo coordinado de cientos de jóvenes anti-Trump que reservaron entradas para no usarlas.

Los cerca de 7.000 incondicionales que sí aparecieron decidieron desoír la amenaza latente en el descargo de responsabilidad que firmaron. Pero eso no fue lo único que ignoraron. También hicieron oídos sordos a la simbología racista de la elección de Tulsa como sitio de campaña electoral al mismo tiempo que el país vive protestas diarias en contra de la violencia policial y discriminación racial. La ciudad de Tulsa es el sitio donde en 1921 cerca de 300 vecinos fueron brutalmente asesinados por una multitud de blancos por el solo crimen de ser afrodescendientes pertenecientes a una comunidad económicamente próspera. Agregando insulto a la injuria, originalmente Trump había programado su acto para el viernes 19 de junio, que es el Día de la Emancipación (Juneteenth), fecha que celebra la abolición definitiva de la esclavitud en Estados Unidos. La elección de esa fecha generó tanto rechazo que, a último momento, el Presidente reprogramó el mitin para el día siguiente. Pese a ello, Trump igual repartió insultos racistas y fake news sobre la pandemia en Tulsa, como de costumbre.

LA VICTIMOLOGÍA TRUMPIANA

La decisión de quien es caracterizada como víctima legítima determina a su vez quien merece protección del Estado. En Estados Unidos, ser una víctima legítima es cada vez más determinado por la identidad racial y partidaria de los sujetos. Las encuestas muestran que la vasta mayoría de los demócratas utilizan una mascarilla cuando salen a la calle, pero solo un porcentaje pequeño de republicanos reporta cubrirse la boca en público para evitar contagiar a otros. Los estudios sobre la mortalidad de la pandemia también revelan en forma contundente que las minorías afroamericanas y latinas tienen un riesgo de infección y muerte mucho mayor que los americanos blancos. En parte, esto se debe a que los dos grupos tienden a vivir en ciudades con mayor densidad de población y en hogares multigeneracionales. Pero, más importante, es también el resultado de las diferencias de clase. Las minorías representan una proporción considerablemente más alta del “personal esencial” –empacadores de comida, cajeros, choferes de camiones y trasporte público– quienes siguieron trabajando durante la cuarentena. Esto llevó a la percepción equivocada de que el Covid-19 es una enfermedad que asola a las ciudades, más diversas y demócratas, en las dos costas del país. Es por ello que la administración federal explícitamente decidió no dar ayuda a los estados de Nueva York, Nueva Jersey y Washington cuando sus ciudades se transformaron en epicentros de la pandemia.

Para entender cómo los individuos deciden quién merece asistencia del gobierno (en Estados Unidos, específicamente, quien debe ser asistido por la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias o FEMA), diseñamos un experimento de encuesta junto a tres colegas. En él, le pedimos a los encuestados que determinen el tipo de asistencia que FEMA debería ofrecer a una víctima de uno de dos huracanes –Harvey o María– que en 2017 devastaron respectivamente la ciudad de Houston y la Isla de Puerto Rico. A cada encuestado se le asignaba de forma aleatoria un huracán y una víctima con un nombre que la hacía aparecer afroamericana, latina, o blanca. La encuesta ofrecía un menú de opciones de asistencia de FEMA a la víctima que había perdido su casa en la tormenta. La asistencia federal iba desde la muy generosa (ayudar a comprar una nueva casa) a la inacción (no realizar ninguna intervención). Los resultados de la encuesta que se realizó en todo el territorio del país mostraron como las identidades y los prejuicios sociales ayudan a determinar las responsabilidades del estado. Los encuestados blancos fueron más generosos con las victimas percibidas como blancas del huracán Harvey en Texas, y menos dispuestos a ofrecer cualquier tipo de asistencia a las victimas percibidas como minorías del huracán María.

Estados Unidos tiene hoy dos millones y medio de infectados de Covid-19 y en menos de 3 meses, el país acumuló más de 122.000 muertos. En los estados del sur y del medio oeste, sin embargo, la reacción conservadora anticuarentena continúa ignorando las medidas de salud pública. La indiferencia de estos votantes no puede ser separada de los prejuicios raciales que crean dos clases de víctimas, legítimas y no legítimas. Es decir, que distinguen a las víctimas blancas que “han hecho todo bien, pero sufrieron por crisis no anticipadas” de aquellas víctimas que “no son verdaderos americanos” y quieren sacar ventaja de “tragedias inventadas.” En el libreto republicano, la fuerza destructiva de huracanes, incendios o pandemias se mide por el valor social, racial y político de sus víctimas.

(*) Profesora Asociada y Subjefa del Departamento de Gobierno y Política, Universidad de Maryland. Integrante de la Red de Politólogas – #NoSinMujeres

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