BID: multilateralismo y esferas de influencia

por Tomás Múgica

La decisión del Gobierno de Trump de proponer a un estadounidense
para liderar un banco en el que siempre estuvo al frente alguien de la
región, rompe una tradición y exhibe las diferencias entre los países

La decisión de la administración Trump de nominar a un norteamericano, Mauricio Claver-Carone, a la presidencia del BID, sorprendió a muchos en América Latina. Marca un quiebre con una regla no escrita: desde su fundación en 1959, la presidencia del Banco siempre recayó en líderes de la región, mientras la vicepresidencia ejecutiva quedó para un norteamericano. Se trata de un organismo multilateral muy importante para América Latina, por su disponibilidad de fondos – aprobó préstamos con garantía soberana por US$ 11.300 millones en 2019- a tasas bajas y con condiciones laxas, su conocimiento de la región y la influencia que los países prestatarios ejercen en la institución. Más allá de la sorpresa, la apuesta de Trump –cuya reelección no está aseguradaexpresa otra novedad, de más largo alcance: América Latina en su conjunto vuelve a ser mirada como esfera de influencia de Estados Unidos por parte del establishment político norteamericano. También pone a prueba la respuesta de los países latinoamericanos.

Ligado al lobby cubano-americano de Florida, que incluye figuras como el senador Marco Rubio, Claver-Carone tiene una importante trayectoria en el gobierno, como asesor en el Departamento del Tesoro, Director Ejecutivo de Estados Unidos en el FMI y Director para Asuntos del Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional, su cargo actual. Se lo considera uno de los principales artífices de la política de la administración Trump hacia Cuba y Venezuela, focalizada en el endurecimiento de sanciones (“maximum pressure”).

Para entender la elección que se avecina –en septiembre- conviene tener claras algunas reglas del juego. El banco está formado por 48 Estados miembros: 26 prestatarios y 22 no prestatarios. El poder de voto de cada miembro es proporcional a su participación accionaria, tal como sucede en otros organismos financieros multilaterales como el FMI y el Banco Mundial. Los prestatarios, los países de América Latina y el Caribe, suman el 50.01% del poder de voto. En ese grupo se destacan Argentina (11,35%), Brasil (11,35%) y México (7,29%). Los no prestatarios se dividen en regionales, con 34% del poder de voto (Estados Unidos 30% y Canadá 4%); y no regionales, que suman el 16%: Japón (5%), Alemania (1,89%), España (1,96%), Francia (1,89%) e Italia (1,96%) son los más importantes. China, que se incorporó en 2009, posee apenas el 0,004 %.

Para ser electo presidente del BID, se necesita una mayoría absoluta del poder de voto, más el apoyo de 15 de los 28 Estados miembros de las Américas (los 26 prestatarios más Estados Unidos y Canadá). Existe además una regla de participación mínima: se requiere que una mayoría absoluta de los Gobernadores, que represente además un poder de voto de al menos las tres cuartas partes del total, tome parte en la elección. Hasta ahora, la candidatura de Claver-Carone ha conseguido adhesiones significativas: además de Brasil, puntal de la nominación, sumaron su apoyo público Bolivia, Colombia, Ecuador, El Salvador, Haití, Honduras, Panamá, Paraguay y Uruguay. Al día de hoy el candidato norteamericano cuenta con el sostén de 11 países, que representan el 49,4% del poder de voto.

TENDENCIAS DE LARGO PLAZO

La nominación de Claver-Carone pone de manifiesto tendencias más profundas de la relación de Estados Unidos con América Latina. La primera: en un sistema internacional que se encamina hacia una bipolaridad sino-norteamericana, ambas potencias reclaman para sí esferas de influencia, entendidas como áreas geográficas en las cuales cada una de ellas busca un predominio de sus intereses políticos, económicos y de seguridad, excluyendo o restringiendo la presencia de la otra. En ese contexto es muy probable que Estados Unidos revalorice su vínculo con América Latina, con mayor presencia y una agenda más positiva. Tras el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos perdió interés en la región, con la parcial excepción de México, América Central y el Caribe, un área en dónde ha mantenido una sólida presencia desde fines del Siglo XIX y en la cual sostiene una agenda negativa/defensiva, dominada por la inmigración, el crimen organizado y el comercio. América del Sur, en cambio, ha permanecido fuera de las prioridades norteamericanas.

Varias señales, a nivel discursivo, apuntan en dirección a un nuevo enfoque de parte de Estados Unidos. El secretario del Tesoro, Steve Mnuchin y el propio candidato presentan la nominación como una expresión de atención renovada de Estados Unidos por el hemisferio. Un posicionamiento diferente al mostrado por ese país en otros organismos o foros multilaterales –UNESCO, Tratado de París, OMS- que ha abandonado en los últimos años. Para Claver-Carone existe además una oportunidad de realinear cadenas de abastecimiento de norte a sur, en vez de este a oeste; según esta mirada, América Latina podría ganar segmentos en cadenas de valor transnacionales, a expensas de China. También sugiere que Estados Unidos podría inyectar capital en el BID para impulsar la inversión pública y privada, en una región postrada tras la pandemia de Covid-19. Frente a la propuesta norteamericana, mientras tanto, un grupo de ex mandatarios latinoamericanos se muestra crítico: en una carta abierta Cardoso, Lagos, Sanguinetti, Santos y Zedillo afirman que la nominación de Claver-Carone constituye una ruptura unilateral de las reglas que rigen las relaciones interamericanas.

China, el rival a detener, es el principal socio comercial de varios países de la región -como Brasil, Chile y probablemente Argentina a partir de 2020- y una poderosa fuente de financiamiento alternativo al mercado financiero privado y los organismos de Bretton Woods (desde 2005 ha prestado US$ 137.000 millones en la región, incluyendo US$ 62.000 millones a Venezuela [1] ). En el caso puntual del BID, Estados Unidos recela del avance chino en la institución, aun cuando su participación accionaria sea mínima: la asamblea anual 2019 del Banco, cuya realización estaba prevista en Chengdu, China, fue suspendida cuando ese país –en medio presiones norteamericanas- se negó a recibir a una delegación enviada por Juan Guaidó, a cuyo gobierno no reconoce –a diferencia de Estados Unidos y otros países de la región.

En segundo lugar, la nominación del candidato norteamericano desnuda la divergencia de intereses y orientaciones ideológicas entre los países de la región, y la consecuente incapacidad para articular posiciones conjuntas frente a los grandes jugadores. En este caso, los gobiernos latinoamericanos no lograron converger alrededor de una candidatura, lo que generó el espacio para la aparición de Claver-Carone. La división sigue líneas ideológicas, con gobiernos de centro-derecha apoyando al norteamericano y administraciones de centroizquierda mostrando otras preferencias. En tal sentido, la diferencia entre Brasil y Argentina, los dos mayores accionistas del Banco después de Estados Unidos, resulta decisiva para explicar la situación actual.

En el mundo que se avecina, será cada vez más difícil resistir presiones cruzadas de las dos grandes potencias del sistema si no se actúa de manera concertada. Esto es especialmente cierto para los países sudamericanos, que en la mayoría de los casos combinan un fuerte vínculo económico con China con una relación política y de seguridad más orientada hacia Estados Unidos.

El equilibrio será difícil, pero necesario si se aspira al desarrollo y la independencia. La autonomía, la gran estrategia externa más practicada por los países latinoamericanos a lo largo de la historia [2] sólo puede construirse con concertación política e integración económica-

[1] China-Latin America Finance Database, InterAmerican Dialogue

[2] Russell, Roberto y Tokatlián, Juan Gabriel. 2013, “América Latina y su gran estrategia: entre la aquiescencia y la autonomía”, Revista CIDOB d’ Afers Internacionals¸ N° 4, pp.157-180

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