Qué horror, el Gobierno quiere gobernar

El oficialismo consiguió la mayoría electoral y parlamentaria y pretende utilizarla.

Una cosa es ser republicano y otra es ser mantequita y llorón, habría dicho Alfonsín (el grande). Pero en la Argentina la diferencia es imperceptible. La catarata de buena gente que se horroriza ante un hecho trivial, como que el Gobierno tenga mayoría en el Congreso y pretenda utilizarla, alcanza ribetes festivos. Hegemonía y chavismo es lo mínimo que se teme; el fin de la república se denuncia a la vuelta de la esquina. Que la democracia funciona como un sistema variable de mayorías y minorías suena alarmante para muchos pensadores. Aunque Lilita Carrió perforó el piso del 2%, su raciocinio sigue marcando agendas.

Dar a la democracia por garantida es un error que se paga caro, como enseña la  historia europea. Pero imaginar fantasmas autoritarios en cada pliegue del maquillaje presidencial no ayuda a protegerla. Al contrario: el pastorcito mentiroso –o paranoico– termina colaborando con el lobo que le come las ovejas. Una oposición gemebunda potencia los vicios del Gobierno en lugar de sus virtudes. Y, aunque duela, el gobierno de los Kirchner tuvo virtudes. Por eso la oposición, si quiere constituirse como alternativa, tiene que ofrecer más evangelios que apocalipsis –para seguir en la línea de la profetisa caída en desgracia. Es honesto reconocer, por cierto, que el Gobierno actual tiene reminiscencias del Proceso de Reorganización Nacional. La sobrevaluación del peso y las declaraciones del neosigautista Miguel Pesce de que “el que compra dólares está haciendo un mal negocio” fueron copiadas del manual escrito, hace treinta años, por otro economista oficial que pregonaba: “El que apuesta al dólar pierde”.

Perseguir fines económicos con medios policiales, tales como arrestar “arbolitos” en la
City o cerrar casas de cambio con la Gendarmería, se basa en la idea de que el problema es moral –la corrupción– en cambio de socioeconómico. Eso es, precisamente, lo que los intelectuales más lúcidos del kirchnerismo como Sebastián Etchemendy y Edgardo Mocca se cansaron de criticar en la oposición. “Si comprar dólares es un mal negocio –clamaba un desventurado en la puerta de un banco– que el Estado abuse de mí y me venda los que necesito para visitar a mi hija que estudia afuera”. Su deseo de ayudar a financiar la Asignación Universal por Hijo y el Fútbol para Todos no encontró oídos oficiales. Pero estas similitudes con la política económica de Sigaut y Martínez de Hoz no tornan a las estrategias oficiales autoritarias sino injustas y, sobre todo, ineficientes.

El problema del segundo kirchnerismo, a diferencia del encabezado por Kirchner y
Lavagna, no es de legitimidad electoral sino de sustentabilidad económica. ¿Y enfrente? En la Argentina europea, que tiene capital en Roma, Berlusconi dominó la política durante dos décadas por mérito propio (controla los canales de televisión y posee un encanto a prueba de años) pero, sobre todo, porque la oposición daba ganas de emigrar. En la Italia latinoamericana la situación es similar: no sólo Cristina embellece con los años, sino que sus detractores hacen lo imposible para facilitarle la vida.

Entre los candidatos presidenciales con pobres credenciales y los que miraban el futuro con los omóplatos, la figura de Binner surgió como un remanso. Sumando votos socialistas en Santa Fe, peronistas de Juez en Córdoba, gorilas de Duhalde en Capital y radicales pro-Linares en Buenos Aires, consiguió legisladores en los cuatro distritos más grandes del país –y sólo en ellos. Poco tardó para que saliera a promover un congelamiento de precios y salarios por tres años. ¡Congelamiento! Con las distorsiones actuales, el statu quo es tan injusto e ineficiente como la política oficial de entregarle el manejo de la economía a la Federal. Ideas frescas se buscan…en otro lado.

El riesgo que enfrenta la Argentina no es que el Gobierno quiera gobernar sino que
no lo consiga. En ese caso, más que alertar sobre el lobo, el partido opositor que se precie de serio debe preparar alternativas y dirigentes de recambio. Los que hay, según expresaron los electores, no sirven.

(De la edición impresa)

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