Frutos extraños

por Ernesto Calvo (*)

Esperemos que esta vez no se tarde sesenta años en dar por tierra con lo que la derecha se ha propuesto en esta década

El 3 de julio de 1999, el coach de básquetbol de Northwestern University, Ricky Byrdsong, murió asesinado frente a su hijo de diez años y su hija de ocho, a manos de un supremacista blanco. Coach de una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, Byrdsong corría por Skokie, un barrio racial y culturalmente diverso del noroeste de la ciudad, cuando un tal Smith le disparó por la espalda. El asesinato fue parte de un “shooting spree” que tuvo lugar durante dos días en Indiana e Illinois, el cual dejó doce víctimas, tres de ellas fatales. Recuerdo el crimen vívidamente ya que en aquel entonces yo estaba completando mi tesis de doctorado en la Northwestern University.

El 20 de mayo del 2017, Richard Collins III fue apuñalado por un supremacista blanco en la Universidad de Maryland (UMD). Collins esperaba un Uber con dos amigos, un estudiante blanco y una estudiante asiática, cuando un tal Ubansky lo apuñaló en el pecho casi sin mediar palabra. El fiscal litigó el caso como un crimen de odio, aun cuando Ubansky sería eventualmente condenado por asesinato en primer grado. El crimen en mi lugar de trabajo, la Universidad de Maryland, es parte de nuestras conversaciones cotidianas. Aun cuando tuvo lugar hace casi tres años, el contexto político ha energizado las demandas por cambios en la cultura política de la universidad.

El hecho de que en dos de las tres universidades en las que he trabajado en Estados Unidos existan crímenes de odio racial es una tragedia, pero no una sorpresa. Al igual que ocurre con los femicidios, los crímenes raciales en Estados Unidos son frecuentes. Nuestras vidas están cruzadas por macro y micro crímenes de odio. Así como el término femicidio hace visible y reinterpreta crímenes que fueron minimizados e invisibilizados en el pasado (“crimen pasional”, como atenuante en lugar de agravante), los crímenes raciales han convivido siempre en Estados Unidos con narrativas que los minimizaron y los invisibilizaron. Es por eso que Black Lives Matter no es simplemente un eslogan.

SI BILLY HOLIDAY VIVIERA

Dice “Frutos extraños”, la canción clásica de Billy Holiday: “Los arboles tienen frutos extraños, sangre en las hojas y sangre en las raíces, cuerpos negros colgando en las brisas del sur, frutos extraños colgando de los álamos”. La canción alude a los linchamientos de afroamericanos en el sur, los cuales aumentaron en intensidad luego del giro nativista de Estados Unidos a fines del Siglo XIX y principios del XX. Tres décadas después de la Guerra Civil, el impulso abolicionista del norte dejó espacio a la reacción segregacionista del sur y durante casi dos décadas Estados Unidos llenó a los estados sureños de monumentos pro Confederación, llenó las cortes de legislación prosegregación y los arboles de frutos extraños. La canción de Holiday visibilizó los crímenes del sur y marcó el comienzo de una reacción antisegregacionista que tardaría dos décadas en madurar.

El tema “Frutos extraños” visibiliza los crímenes del sur del mismo modo que “Jump Jim Crow” los oculta. La canción segregacionista, recientemente parodiada en una de las escenas que abren “This is America” de Childish Gambino, dio nombre y cuerpo al racismo del sur entre 1900 y 1960. Del mismo modo que Black Lives Matter visibiliza los crímenes raciales del Siglo XXI, All Lives Matter trata de ocultarlos. No es extraño que este último sea un slogan creado por la derecha en Estados Unidos como narrativa contrapuesta antes que complementaria a Black Lives Matter. Quienes enarbolan All Lives Matter no dicen Black Lives Matter y All Lives Matter. El subtexto de All Lives Matter es: “No hay nada especial en la pérdida de vidas afroamericanas”. Es por eso que el énfasis no está en el concepto de “lives matter” sino en la victima de la violencia, “Black”. Aun cuando el problema de la violencia racial, como la violencia de género, no afecta a todos en la misma medida, la “igualdad” propuesta por la derecha es una estrategia de ninguneo, minimización e invisibilización.

El crimen de George Floyd a manos de un tal Chauvin y el asesinato de Breonna Taylor a manos de un tal Walker son eventos que, como “Frutos extraños”, han activado al movimiento de derechos humanos en Estados Unidos. Al igual que ocurrió a principios de siglo, la reacción conservadora de hoy es antiderechos, tanto de los votantes afroamericanos e inmigrantes como así también antiderechos de género. A principios del Siglo XX, el ascenso de Teddy Roosevelt a la presidencia fue acompañada por movimientos nativistas antiinmigración, así como también por una reacción religiosa que reguló desde los matrimonios interraciales hasta la ingesta de alcohol. Los efectos de la reacción conservadora sobrevivieron más de sesenta años, dominando el periodo de entre guerras hasta la llegada del movimiento de Derechos Civiles (Civil Rights). Esperemos que esta vez la mayoría silenciosa no tarde sesenta años en dar por tierra con lo que la derecha se ha propuesto en esta década. Veremos en noviembre cuantos son los herederos de Jim Crow y cuantos somos los que recordamos el legado de “Frutos extraños”.

(*) Universidad de Maryland

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