Grietas de fondo

por Enrique Zuleta Puceiro

Mas allá de visiones encontradas, pocos dudan ya del impacto de la crisis sobre el funcionamiento de la política y las instituciones democráticas. Hasta no hace mucho, en un extremo se situaban quienes, a la luz de la experiencia de crisis anteriores, sostenían que, con algunas correcciones, todo volvería a la normalidad. “Business as usual”. En el extremo contrario, se situaban a su vez quienes enfatizaban la importancia de posibles reacciones en cadena, que bien podrían alumbrar cambios catastróficos en el orden establecido. Comparaban la salida de esta pandemia con la que siguió a la de 1918 y alumbró la Europa de las revoluciones y una nueva guerra mundial.

La profundización de la crisis parece haber minimizado los términos de un debate en el que se enzarzaron algunos de los principales filósofos y ensayistas actuales. No basta en efecto, con evaluar la importancia de la crisis sanitaria y sus implicancias económicas. Es obvio que algo mucho más profundo está aconteciendo al interior de las sociedades contemporáneas y que, en la medida en que afecta y compromete conflictos entre valores, concepciones del mundo y expectativas de fondo, tiende a repercutir sobre la política y las instituciones.

A tres meses largos de confinamiento social, nadie parecería sostener sin más el escenario conformista del “business as usual”, tan común sobre todo en los mercados financieros especulativos o en las grandes corporaciones globales.

Es que la política democrática parece haber sufrido una prueba extrema en la resistencia de los materiales de que está construida. Sobran las señales acerca de posibles cambios de fondo. Algunas evidencias son notables y vale la pena apuntarlas con vistas a un balance prospectivo de la incidencia de la crisis en sistemas políticos de alta vulnerabilidad como los de América Latina.

Un primer dato a considerar es el relativo a la calidad de los liderazgos. Cuesta recordar una etapa parecida en la historia reciente de las democracias. En general, el desempeño de los principales líderes internacionales ha defraudado a propios y extraños. Baste observar los Estados Unidos de Trump o la Gran Bretaña de Johnson, el Brasil de Bolsonaro , el México de López Obrador y sumar las imágenes del desempeño de los presidentes españoles, italianos o de casi toda la Europa oriental y occidental para percibir la pérdida de calidad y ejemplaridad social de los liderazgos. Excepciones aisladas como las de Macron o Merkel deben verse como excepciones a una regla que abarca a casi toda la geografía democrática mundial. Líderes extravagantes y disruptivos, egoístas y oportunistas, empeñados en agrietar y enfrentar a sociedades suspicaces e indignadas, en un marco de política adversarial orientada a sembrar antinomias y enfrentamientos absolutos.

Un segundo dato es el de las instituciones políticas. Bajo estas condiciones, no puede extrañar este retorno de la política del “todo o nada”, orientada a la construcción de escenarios de empate social y político. Los nuevos liderazgos necesitan nuevas estructuras de movilización, edificadas a partir de las cenizas de lo que fueron los partidos políticos. No solo los partidos tradicionales, “catch-all”, que signaron la larga pax social-democrática de los ´70 y los ´ 80 del Siglo XX, sino también los más recientes modernos “flash parties”, reducidos ya a maquinas mínimas de acción electoral que sirvieron de trampolín a muchos de los nuevos líderes. Las nuevas estructuras están basadas en la manipulación de los nuevos ,movimientos sociales a través de las políticas universales de protección social o de las promesas de una nueva política hibrida, sin compromisos ni contenidos permanentes. Capaz de albergar todos los sueños individuales y colectivos de mera supervivencia social.

Las coaliciones electorales resultantes de este tipo de procesos son esencialmente incapaces de construir coaliciones de gobierno capaces de afrontar problemas de la complejidad que plantean las nuevas coaliciones de Estado. La crisis de la salud es abismal, pero no muy diferente serían los resultados si la crisis fuera de orden climático, educativo, financiero o de seguridad. Lo único que ha podido disimular la profundidad de la crisis ha sido tal vez el efecto anestésico de las cuarentenas y confinamientos al que parecen haberse abrazado, como clavos ardientes, los nuevos líderes políticos.

Se trata de una crisis largamente anunciada y que no puede sorprender a nadie medianamente informado. A lo largo de los dos años anteriores a la Pandemia, los sistemas políticos dieron en casi todo el mundo muestras acabadas de un agotamiento profundo en sus bases de representación y contención social. Pruebas evidentes fueron los estallidos que se sucedieron en las grandes ciudades de casi todo el mundo. Particularmente en las ciudades más exitosas en el desarrollo y la inclusión. No ardieron remotos suburbios. Ardieron Paris, Santiago de Chile, Bogotá o Hong Kong. En el caso de América Latina , la deflagración alcanzo a sistemas políticos democráticos hasta entonces relativamente exitosos -como el de Chile o Colombia- hasta democracias autoritarias como las de Bolivia o Ecuador o sistemas de partidos consolidados como los de México o Brasil. Todos se precipitaron en un ciclo de inestabilidad profunda que la Pandemia ha venido a profundizar.

Argentina y Uruguay, por razones diversas, aunque en el fondo comunes, lograron capear en su momento una tormenta que aún no ha terminado y que afectara sin duda a todos los países una vez que la política vuelva a imperar sobre el temor y la incertidumbre generada por las cuarentenas. En ambos países, funcionaron las instituciones, mimetizadas en el nuevo paisaje social, se consumaron recambios generacionales y contaron con espacio y tiempo para la emergencia de nuevos líderes, capaces de recoger nuevas agendas y prioridades de los sectores urbanos, protagonistas indiscutidos de las nuevas turbulencias democráticas.

La Pandemia desafía hoy todos estos equilibrios inestables y transitorios. Casi todos los gobiernos han revelado dificultades profundas de adaptación. No solo han quedado expuestas las debilidades de los materiales de que están construidas las coaliciones políticas. Impresiona tambien la precariedad de su Ingeniería de detalle, la pobreza de sus elencos y recursos técnicos y sobre todo sus dificultades para contener las expectativas y demandas sociales más elementales. En casi todos los países de la región, las dirigencias tanto gubernativas como opositoras han quedado paralizadas, a una distancia inmensa de los reclamos sociales. Reaccionan con reflejos adversariales cuando las sociedades les exigen dialogo y consensos superadores.

En el escenario que se avecina, más que de retorno del Estado – o de lo poco que queda ya del Estado- deberemos prever la tentación hegemónica del Gran Gobierno. Sera el resultado inevitable de los inmensos desequilibrios fiscales desatados por las políticas activas de protección económica y social. Mal que pese a los nostálgicos de procesos similares en los años ´90 o en la crisis del 2008, los nuevos salvatajes ya no serán gratis. Implicaran condicionamientos exigencias e imposiciones hasta ahora no vistas de la política sobre la economía y la sociedad.

Las democracias afrontan así un nuevo momento de opciones radicales. O se acepta la lógica disruptiva del conflicto político y se asiste a la profundización de una grieta de profundidad desconocida o se apunta a una política decidida y responsable de construcción de nuevos consensos colectivos.

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