¿Por qué Fernández habla siempre de Alfonsín?

por Julio Burdman

Alberto Fernández asumió citando a Alfonsín. Poco después, dijo en una entrevista que estaba más influido por la cultura hippie que por las veinte verdades peronistas, se definió como liberal-progresista y republicano, y designó a Ricardo Alfonsín, su hijo, como embajador en Madrid. Luego, en su discurso de apertura del año legislativo -el más importante que pronuncian los presidentes a lo largo del año- del 1 de marzo volvió a citar a la máxima figura del radicalismo contemporáneo. Y días atrás, en un contexto de fuertes incertidumbres económicas y sanitarias, lo recordó nuevamente a través de su cuenta de twitter, lo denominó “padre de la democracia” -una definición que gusta a los radicales y molesta a los peronistas- y dijo que acudía a él en momentos difíciles para reafirmar sus convicciones. Muchas señales en una misma dirección: es evidente que el Presidente quiere hacernos saber que es alfonsinista. Al mismo tiempo, Alberto hace poco uso de Perón y la batería simbólica del justicialismo. Varios peronistas están atentos a esto, aunque pocos se animan a admitirlo en público. Los disconformes se regocijan por adelantado, ya que el Presidente les está dando el argumento para comenzar a disentir: “este gobierno no es peronista”.

El Presidente parece estar asumiendo un riesgo. Sin embargo, desde el análisis político tenemos que partir del supuesto de que un jefe de Estado y su equipo saben perfectamente lo que hacen, y que tienen una motivación detrás de cada una de sus expresiones públicas. Por eso, vamos a plantear tres hipótesis no excluyentes sobre el neoalfonsinismo presidencial: i. búsqueda de voto opositor, ii. política exterior (hacia los vecinos), iii. liderazgo de crisis.

i. Alberto Fernández es el producto de un giro al centro del cristinismo-kirchnerismo, la corriente dominante dentro del justicialismo actual. Si Cristina Kirchner no tomaba la decisión de conformar el Frente de Todos e impulsar a un moderado como Alberto Fernández para la presidencia, tal vez Mauricio Macri hubiese sido reelecto. Por lo tanto, la lógica política dominante -y distintiva- de Alberto Fernández es la búsqueda permanente del centro. Así se fortalece, y así se legitima. Y en Argentina, buscar el centro es tender puentes hacia el electorado de enfrente. El radicalismo en Cambiemos se alejó del legado alfonsinista, y por eso tiene sentido que Fernández aproveche esa oportunidad para intentar apropiarse de ese símbolo, y mantener una puerta abierta para la seducción de otros votantes. Cuando llegó a sus picos de popularidad, coincidiendo con la gestión de la coronacrisis, el Presidente logró ser bien visto -temporalmente, al menos- por muchos votantes de Cambiemos. Por lo tanto, si Fernández ve que hablando de Alfonsín mantiene cerca a sus potenciales votantes no peronistas, va a continuar haciéndolo. El límite sería la eventual ineficacia de la estrategia: no gustar a los ajenos, y hacer enojar a los propios.

ii. Ninguno de los presidentes de la democracia tuvo un panorama regional como el actual. Es la primera vez que Argentina tiene malas relaciones con la mayoría de sus vecinos. El elemento clave de este desequilibrio es Bolsonaro, ya que durante tres las décadas anteriores Brasil funcionó como un estabilizador regional y hoy representa lo contrario. Fernández apoya abiertamente a Lula y considera que su encarcelamiento y exclusión electoral fueron una maniobra política impulsada desde los adversarios políticos del PT brasileño, incluyendo al actual oficialismo. Asimismo, el gobierno argentino sostiene que hubo un golpe de Estado contra Evo Morales en Bolivia y una conspiración contra Rafael Correa en Ecuador; las relaciones con Piñera (Chile) y Lacalle Pou (Uruguay) tampoco son las mejores. Fernández, quien participa del Grupo de Puebla junto con los referentes opositores de todos estos cinco países, tiene un diagnóstico general que inspira a su política hacia los países del exterior cercano: hubo un giro a la derecha dura en América del Sur que se valió de herramientas no democráticas para desplazar a los movimientos progresistas y populares del gobierno; ese giro podría llegar a la Argentina, y habría que contenerlo. Por eso, su política hacia los vecinos, que incluye alianzas con los opositores de centroizquierda, es defensiva: de la institucionalidad democrática en general, y de la Argentina en particular. El Grupo de Puebla nació para denunciar las amenazas a la democracia en América del Sur. Por eso, la apelación a Alfonsín, uno de los símbolos de la cultura democrática contemporánea, puede resultar significativa y funcional para Fernández. La debilidad de esta hipótesis es que el Presidente no parece estar llevándola hasta sus últimas consecuencias. Todos los elementos anteriores están sobre la mesa, pero el Presidente no es tan enfático sobre el riesgo democrático como, por caso, Alfonsín y Caputo en los ´80. Por lo menos, por ahora: es probable que se esté preparando para hacer un alegato más fuerte en el futuro.

iii. Alfonsín es uno de los símbolos de la democracia de 1983, y de toda la historia que viene asociada a ella. Por lo tanto, apelar a la figura de Alfonsín es recostarse sobre esa historia y esos valores en un momento. Otros presidentes -los Kirchner, para empezar- apelaron también a los organismos de derechos humanos y la integración regional como forma de apoyarse en esa trayectoria, que es culturalmente dominante en la política argentina del Siglo XXI. Macri, en cambio, insinuó otro conjunto de valores, más alejados de la Argentina contemporánea, algo indeterminados, pero que hacían pie en un futuro imaginado y un pasado -remotoidealizado. Por lo tanto, al presentarse como neoalfonsinista, Alberto Fernández se identifica como un hombre de la política democrática argentina; de un mundo del diálogo y entendimiento entre peronistas y radicales, del que no habría que esperar demasiadas sorpresas. Duhalde hizo un uso similar del significado Alfonsín, quien fue una figura importante de su gobierno interino. De hecho, la experiencia duhaldista fue uno de los pocos episodios de consenso que conoció la Argentina democrática.

La figura de Alfonsín tal vez no sea muy tranquilizadora para los mercados financieros, ya que nos remite a un gran fracaso económico. Pero aún tiene un significado relevante en la política argentina, con proyección regional. Que Fernández vuelva a apelar a ella nos recuerda su vigencia y nos habla de su posible ascenso a la categoría de mito. Con sus connotaciones. Todos descendemos de la república democrática de 1983, de ese origen asociado al triunfo de Alfonsín, pero las deudas sociales y económicas que nos dejan estos 37 años son enormes. Tal vez, el Presidente pueda encontrar otros mitos significativos para su liderazgo. En los debates recientes, el macrismo fue exitoso en lograr asociar al peronismo con la decadencia económica argentina, y Fernández debe demostrar lo contrario: que en su propia identidad política, que es el justicialismo, están las respuestas que la Argentina necesita para llevar adelante un modelo de desarrollo económico sostenido

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