¿Tenemos Estado?

por Luis Tonelli 

Es riesgoso partir del supuesto de que el país tiene algo de lo que en realidad carece

S in vacuna, y sin que el virus nos de tregua, los que habitamos ese Triangulo de las Bermudas vernáculo conocido como AMBA, parece que estamos condenados a una “cuarentena eterna”. Simultáneamente, empiezan a conocerse números económicos escalofriantes -aparte de las historias cotidianas escalofriantes que nos llegan o sufrimos-. El PBI en el primer trimestre se desplomó un 5,4% con solo diez días de cuarentena, cuando ante la explosión de la convertibilidad el producto anual cayó 10% en el 2002 (con hiperdevaluación incluida).

Hoy, el PBI del mundo de muchas potencias de otrora se está reduciendo como el de nosotros en la crisis de la convertibilidad, así que da miedo imaginar cuanto podemos caer y lo que eso implicará en términos de aumento de la pobreza -o sea, más muertes a futuro, lisa y llanamente (aunque el Gobierno ponga el grito en el cielo cuando alguien siquiera se lo insinúa). La cuarentena ha servido y mucho en la Argentina. Solo los terraplanistas y los antivacunas podrían negarlo. Solo hay que mirar los números de muertes de los países vecinos. Tan cierto como que nuestra cuarentena pertenece al grupo de las que se no han sido completamente exitosas en la lucha contra el Covid-19. En Europa, los países que salen de ella, a lo sumo esperan una segunda ola, de la que nadie puede decir que no se dé.

Pero en España y en Francia andan por la calle en una nueva normalidad que se parece muchísimo a la anterior normalidad. Bares y calles atestadas, no se ven barbijos, y no se guarda el distanciamiento social ni a palos. Por ahora es un misterio el porqué se pueden dar ese lujo a la vez que se vacían las camas de terapias ocupadas por pacientes con coronavirus. Se habla de un ciclo de la pandemia, y de una mutación hacia versiones menos hostiles del virus. Se verá que pasa. Pero aquí, la cuarentena total nunca logró que los infectados disminuyeran, que las terapias se fue ran raleando de pacientes o que las muertes disminuyeran. Siempre todo fue en un lento y paulatino aumento, habiendo sido dictada con muy pocos casos. Señal evidente que no se trataba de una “cuarentena total y estricta” ni mucho menos (cosa que es de suponer que los infectólogos al menos lo sabían). Más aún, el Presidente mismo admitió que en las villas de emergencia se haría una “cuarentena comunitaria”, que era lo mismo que decir que no se la haría correctamente. Es más, siempre se habló de que el “pico” se esperaba para más adelante, lo que, con una cuarentena total y estricta simplemente era un sin sentido, porque el “pico” no es ninguna entidad, sino solamente el record de muertes y a partir de allí su descenso. Nunca se pudo alcanzarlo porque siempre fue en un leve aumento. Obviamente, el diseño de la cuarentena se debió al objetivo de “aplanar la curva” de contagios y ganar tiempo para prepararse en términos logísticos y sanitarios. Y vaya si se ganó tiempo.

Pero, los mismos responsables de la Nación dicen que si hay una avalancha de enfermos graves, ningún sistema del mundo está preparado para enfrentarlo, asi que necesitamos reforzar la cuarentena, más por que es invierno y toda clase de bichos nos asolan, y también, cuando el virus se pasea orondo por el AMBA, habiéndose instalado en los barrios más pobres, donde el contagio es mucho más probable. Para evitar las teorías conspirativas -tan útiles para exculpar a lo que simplemente es producto de ese don tan extendido denominado “estupidez humana”- estas deficiencias son muy en especial una expresión de la incapacidad manifiesta de nuestro Estado para hacer las cosas que debe hacer.

Lo que le sucede al querido Perú es, en ese sentido, muy significativo. Ahí su presidente, Martín Vizcarra, dictó la cuarentena incluso antes que la Argentina lo hiciera, pero los resultados que presenta han sido muy malos, con un importante saldo luctuoso en víctimas (aunque mucho menor que los sufridos por Estados Unidos o Brasil).

Algunas pistas: la economía peruana en negro alcanza el 70% (en la Argentina 50% pero con una protección social muchísimo más extendida que en Perú). Eso obligó a mantener los mercados populares abiertos y también la red de camionetas del transporte público -ante la necesidad de trabajar de los más humildes (hay pocos autobuses). A esos focos de contagio hay que sumarle el poco desarrollo de su sistema de salud. Lo que sufre Perú es de una incapacidad estatal muy pronunciada. Aunque el Estado quiere ayudar, no puede.

En la Argentina, no llegamos al nivel de “desestatización” que ostenta Perú pero sufrimos en menor grado de sus mismos problemas. La “cuarentena total” ha sido deficiente por la incapacidad estatal de evitar hacinamientos, de reducir las condiciones insalubres de vida, de evitar la circulación de personas en barrios populosos.

No se ha testeado lo suficiente (otro anatema para el gobierno, que inmediatamente te aplica el discurso de la “infectadura” del Cuarentena o Muerte), siguiendo el esquema de testear cuando aparecen los enfermos. Pero resulta que con eso se deja de lado a la altísima proporción de contagiados que son asintomáticos (e incluso algunos hablan qué, entre ellos, pueden estar esos ya míticos “supercontagiantes”). Sin detección, rastreo y aislamiento, siempre habrá un reservorio de contagiados para infectar a otros.

Pequeño detalle politológico, que solo habilita a una sugerencia que ni siquiera es una hipótesis. El Presidente de Perú debió asumir por la renuncia de Pedro Kuczynski, otro de los enlodados por el caso Odebrecht, y está en el medio de una crisis institucional de órdago, jaqueado por fujimoristas y apristas que lo ha llevado a disolver el Congreso (cosa que la Constitución lo avala en caso de voto de desconfianza (elemento parlamentario de su Carta Magna). Alberto Fernández, por su parte, es un fruto de la exitosa estrategia del Caballo de Troya Transparente de su videpresidenta Cristina Fernández, que, de paso, la devolvió al poder.

Ambos presidentes, cuanto menos, no consideraron el dictar la cuarentena temprana como algo que afectaría su poder personal (podemos hipotetizar su contrario, que a la Schmitt “soberano es quien dicta la cuarentena”). A la inversa de lo que sucedió con mandamases que ya tenían muchísimo poder personal, como Trump, Bolsonaro o incluso Boris Johnson, que así soslayaron la cuarentena, subestimaron al Covid y tuvieron que sufrir el peor castigo a su soberbia, traducido en miles y miles de muertos.

Reflexión final: tenemos un Estado con poca eficiencia y efectividad (y no mencionamos aquí el “Estado Inverso”, ese Estado paralelo que brinda males públicos en vez de bienes públicos, asociado a las mafias, a los narcos, etcétera). El Gobierno, especialmente su ala kirchnerista, aparece avalando entusiastamente que el Estado se haga cargo de empresas y de la inversión para el crecimiento. Pero supone algo que no tenemos.

El partir del supuesto “tenemos Estado” es tan peligroso e irreal como partir del supuesto “tenemos automáticamente Mercado sin Estado” de la “maldita ortodoxia neoliberal”.

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