Alberto, en busca de su guión

Por René Palacios

 

Como marca Douglas Kellner, en la era de la espectacularización de la política, las presidencias se organizan y presentan al público en términos cinematográficos, utilizando el espectáculo de los medios para vender las políticas, la persona y la imagen del presidente a vastos y diversos públicos.

 

Desde la perspectiva de Kellner, las presidencias exitosas fueron aquellas que presentaron buenas historias que lograron ser efectivas y entretenidas, mientras que las presidencias fallidas pueden caracterizarse como malas películas que generaron una imagen pública negativa. Los medios de comunicación son cómplices en esta mirada. Reducen la política a la imagen, espectáculo y las historias personales en una época donde el entretenimiento y la información tienden inexorablemente a fusionarse.

 

La clase de historias que genere una administración presidencial determina su éxito o fracaso en materia de gestión y condicionará el valor de su legado hacia el futuro. Alberto Fernández enfrenta ese desafío. Pareciera ser que su Gobierno, y cómo lo cuente, empezará una vez que termine de renegociar, o no, el frente de la deuda externa. El discurso de apertura de sesiones del 1° de marzo entregó algunas pistas, pero más que un guión para los próximos cuatro años, fue una hoja de ruta para los nueve meses que le quedan a este 2020.

 

En Argentina, desde la recuperación democrática, las presidencias que van desde Raúl Alfonsín a Mauricio Macri han generado una serie de narrativas políticas. Algunas con más éxito que otras.

 

Alfonsín fue el restaurador. La recuperación democrática, el Juicio a las Juntas, su voz cantante recitando el preámbulo de la Constitución Nacional construyeron una narrativa única. Aunque por la crisis económica le costó años solidificarlo, su legado como padre de la democracia hoy parece indiscutible.

 

Carlos Menem, la Convertibilidad. Aunque siempre está en debate, y con los ‘90 como una etapa que muchos quieren obviar o denostar asociándola al halo de la frivolidad, la corrupción y la crisis económica, su legado tiene un enorme tinte en la estabilidad, la modernización  y la consolidación democrática.

 

Fernando de la Rúa, el presidente que no fue. Su relato, basado en mantener la convertibilidad menemista como un sueño eterno terminando con la fiesta de la corrupción pereció pronto. La crisis del modelo económico, el escándalo de la Banelco en la Cámara Alta y los traumáticos días de diciembre del 2001 dejaron al radicalismo confinado a la oposición testimonial por casi 15 años.

 

Eduardo Duhalde fue el gobierno de la crisis, por la crisis y para la crisis. En un país prendido fuego, su narrativa siempre estuvo ligada al bombero necesario que llegó para apagar las llamas. No es casualidad que el libro de su gestión se llame “Memorias Del Incendio”.

 

Néstor Kirchner, el hombre común con grandes responsabilidades. Su narrativa, estuvo ligada al paso del infierno al purgatorio. Aunque años después ese legado fue resinificado como el presidente que sacó al país de la crisis, obviando el periodo de Duahlde.

 

Cristina Fernández tuvo dos etapas. La primera, basada en un intento por generar la mentada transversalidad, el sueño de ser Alemania y el salto institucional. La Resolución 125 fue la semilla de la segunda: el proyecto nacional y popular. Una Argentina recuperada para los que menos tienen, la creación del Estado de Bienestar moderno.

 

Macri fue el cambio que llegó desde afuera de la política. Ser un país normal, integrarnos al mundo. Los exitosos en el mundo privado que venían a erradicar las mafias. La sociedad civil versus el peronismo. Cuando la economía se le cayó encima nunca puedo reinventar un guión atractivo. El déficit cero nunca tuvo épica y no hubo un intento serio por posicionarse como el primer Gobierno no peronista en surfear una crisis sin caer en el camino. No obstante, el 40% conseguido en la primera vuelta presidencial le da al espacio una base cultural y territorial para la construcción  de un relato que pueda regenerarse.

 

Es cierto que la política es más que una acción meramente narrativa.  Existen conflictos con intereses y consecuencias reales y un detrás de escena que no es parte del registro público. Como alguna vez dijo el politólogo chileno Patricio Navia, como todo buen asado precisa primero del sacrificio de un animal, la política requiere de procesos que a veces es mejor no diseminar en excesivo detalle. El desafío de un político se parece al de un buen matadero. Deben hacer su trabajo bien, lo más higiénicamente posible, con el mínimo dolor, pero aceptando que la sangre es parte del proceso.

 

¿Será esa una de las vigas del guión presidencial? Parece claro que el mandato de esta administración está ligado a la salida de la crisis económica y social. Alberto, el hombre que vino a hacer el trabajo que hay que hacer. El “reparador” de Luis Tonelli. Tal vez, ese pueda ser un camino a explorar en la narrativa de un presidente en busca de su legado.

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