Parque Jurásico: un gran show

Por Nicolás Solari Director de RTD

 

En Estados Unidos todo se comercializa como un gran espectáculo. Ir a la cancha a ver al Miami Heat es participar de un cuidado show de luces y sonidos, efectos especiales, bailarinas y arengas permanentes de un bullicioso DJ. De todos modos, si de deportes se trata, el Super Bowl es el súmmum del evento espectacularizado. El show del entretiempo es un atractivo tan visto y codiciado como el partido de futbol americano en sí, y artistas de la talla de Madonna, Prince, U2, Michael Jackson o Shakira se desviven por participar de él.

 

También la publicidad abreva en el show y el espectáculo. El concepto de advertainment tiene origen en Estados Unidos y hace referencia a la amalgama entre publicidad y entretenimiento. La voracidad de los norteamericanos por el entertainment, en cualquier forma y lugar, los ha hecho pioneros de otras creaciones como el infotainment, que actualmente domina el prime time de todo el globo combinando información y entretenimiento; el edutainment, que tiene su génesis en ideas de Walt Disney para facilitar el aprendizaje; o el retailtainment, que promueve el uso de la ambientación, los sonidos y los olores para que los clientes de los supermercados compren más productos.

 

En este contexto, no es extraño que el proceso electoral norteamericano tenga también ribetes propios de un gran show. Es el electiontainment o la elección como espectáculo. En él, la larga temporada de primarias funge como el warming up del plato fuerte: la elección presidencial propiamente dicha.

 

Durante cuatro meses los precandidatos compiten en caucuses y elecciones internas a lo largo y ancho de la geografía norteamericana. Enfrentándose en debates televisados, encabezando actos públicos y recaudando dinero, los candidatos se desafían en un multiplicidad de planos para, finalmente, llegar a la convención partidaria, una suerte de avant premier, donde los delegados y superdelegados nominan al campeón que enfrentará al partido contrario. Durante todo el proceso los partidos, los candidatos y los medios generan eventos y noticias para animar la contienda y aumentar el consumo electoral. En un país donde el voto es opcional, activar algunos electores y desactivar otros es una estrategia dominante, como sagazmente advirtiera hace ya medio siglo el politólogo norteamericano Elmer Schattschneider.

 

Con la nominación republicana reservada para Donald Trump, son los demócratas los que han cargado con el peso del show y, hay que admitirlo, hasta ahora no lo han hecho mal. Hubo un precandidato abiertamente gay como Pete Buttigieg ganando inesperadamente el icónico caucus de Iowa; un magnate como Michael Bloomberg dilapidando US$ 700 millones de su fortuna personal para ser arrasado en el Super Tuesday; una gran decepción como Elizabeth Warren, incapaz de imponerse en ningún Estado y, sobre todo, un enfrentamiento de fondo entre el establishment centrista del partido y el movimiento político que pretende llevarlo a empujones hacia la izquierda.

 

El primer grupo no tenía un único candidato hasta que las deserciones posteriores al Super Tuesday terminaron beneficiando a Joe Biden, el antiguo VP de Barack Obama que ahora va por la Presidencia. Enfrente está Bernie Sanders, el carismático senador que hace cuatro años le plantó cara a Hillary Clinton y que en 2020 arrancó con mejores expectativas frente a la fragmentación de la oferta moderada.

 

El Super Tuesday lo cambió todo. Biden ganó 9 de los 14 Estados en juego y protagonizó un comeback más impresionante que el de los Chiefs de Kansas en el Super Bowl. Ahora el favorito a ganar la nominación demócrata es Biden, quien, más que adversario político, es un enemigo personal de Trump. Show must go on.

 

Un aspecto característico de la dinámica política norteamericana actual es la edad de sus protagonistas. La elección de 2016, por caso, tuvo dos contendientes principales: Donald Trump, en ese entonces de 70 años y Hillary Clinton de 68. Durante la gestión de Trump su principal opositora fue la presidenta de la Cámara de Diputados, Nancy Pelosi, quien en pocos días cumplirá 80 años. Entre los animadores de la primaria presidencial demócrata tampoco abunda lozanía: Biden tiene 77 años (y ya equivocó a su mujer con su hermana, al Super Tuesday con Super Thursday y el cargo de Presidente con el de senador), Sanders y Mike Bloomberg corren con 78 y Elizabeth Warren, la jovencita, cumplió 70.

 

La falta de recambio etario habla pobremente de la política estadounidense, pero particularmente del Partido Demócrata, que está en crisis desde el triunfo de Trump. Muchos especialistas, incluido el politólogo Steven Levitsky, advierten en la política de Trump una amenaza para el bipartidismo norteamericano en general y para el Partido Demócrata en particular. La regeneración que uno esperaría como mecanismo defensivo de los partidos, por ahora, se hace esperar.

 

Durante las próximas semanas se definirá el nombre del opositor que intentará desalojar al brabucón Trump de la Casa Blanca. La oferta electoral de la primaria demócrata, ahora reducida a Biden o Sanders, pone al último al borde del knockout, aunque la política es pródiga en sorpresas y cisnes de todos los colores, como evidencian el mismo Trump en Estados Unidos y, por qué no, Alberto Fernández en Argentina.

 

Con la candidatura de Biden fortalecida la pregunta obvia flota en el aire. ¿Puede el ex VP de Obama derrotar a Trump? El flagelo del coronavirus y el consecuente parate económico llegan en un mal momento para el presidente republicano, y algunos apuestan a que Biden tendrá su chance, aunque solo si revoluciona su fórmula presidencial con sangre joven. En este sentido, la alternativa “Joebama” seduce a muchos. Se trata de reeditar la exitosa fórmula de 2008 y 2012, aunque invirtiendo los términos y suplantando a Barack por Michelle Obama. La incorporación de la exprimera dama al ticket presidencial de Biden puede significar una necesaria inyección de energía para el alicaído electorado demócrata. Una mujer joven, afroamericana, carismática y con altos niveles de popularidad puede contribuir decisivamente a la renovación de la gerontocracia que domina Estados Unidos. Al fin y al cabo, ya lo anunció Charly García: los dinosaurios van a desaparecer.

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