Entre cenizas y raíces

por Gonzalo Sarasqueta

Alberto es una administrador de tensiones y considera que la grieta huele a óxido, razón por la cual prefiere levantar un adversario genérico como es la crisis

Alberto Fernández destapó los cimientos de su relato político: diálogo, sensibilidad y emergencia. Los investigadores Orlando D’Adamo y Virginia Beaudoux denominan a esta instancia semántica de la administración como “fase embrionaria”. En ella se presentan el contexto en el que se encuadrará la narrativa, la trama que articulará los acontecimientos, el repertorio simbólico (figuras históricas, estética y gramática) que escenificará al poder y el adversario que le brindará suspenso a la gestión.

Para empezar, Alberto dejó en claro desde su discurso de investidura que carece de una zona cero. Su relato nace entre las cenizas del macrismo. Más que fundacional, estamos ante un plot restaurativo. Este gobierno viene a devolver los derechos que, supuestamente, fueron quitados en los últimos cuatro calendarios. Hay un conducto negativo entre las dos etapas. Un recurso típico en las sucesiones entre distintas escuderías políticas. Inflación, desempleo, pobreza y hambre son los escombros que, con el tiempo, se transformarán en las raíces de la épica. Mientras tanto, operan como los bordes de un posibilismo económico que les exige realidad a los ganadores y sensibilidad a los perdedores de octubre.

A diferencia de Cristina Fernández, Alberto establece –por ahora– una dicotomía temporaria, de baja intensidad y funcional con el Gobierno anterior. Solo quiere estirar la paciencia social, por eso la insistencia en describir minuciosamente el inventariado. No le interesa una mecánica agonal con su predecesor. Interpreta que la grieta ya huele a óxido. En su lugar prefiere levantar un adversario genérico como la crisis. Contra ella vamos a observar su verbo más pretencioso. Aunque siempre dentro del registro de un negociador, porque, al fin y al cabo, Alberto no es un líder carismático, hiperbólico y disruptivo. Para eso está Cristina. El, en cambio, es un administrador de tensiones. Alguien que entiende al poder en términos parciales, no totales.

Para encontrar la salida de emergencia, Alberto necesitará agudizar al máximo su principal activo político: el diálogo. Tanto adentro como afuera del campamento del Frente de Todos, el Presidente deberá intercambiar recursos, espacios y, sobre todo, expectativas con actores clave para la gobernabilidad. En el primer anillo, el reto estará en satisfacer las demandas del ala federal sin perder la confianza de las filas cristinistas. Un liderazgo demasiado centrífugo le puede costar la centralidad en la toma de decisiones. Por el contrario, un estilo centrípeto puede llevarlo al aislamiento ideológico. Pocos peronistas encontraron ese fino equilibrio entre el dispositivo y la sustancia. Néstor Kirchner fue uno de ellos. Habrá que ver si Alberto guardó el know-how y puede aplicarlo en un entorno recesivo como el actual. Más allá del portón, la relación con empresarios, sector agropecuario, movimientos sociales y sindicatos exigirá claridad, proporcionalidad y, en especial, comprensión.V a a haber más de un gruñido, pero ninguno de estos sujetos discursivos puede convertirse, en esta delicada situación, en un contradestinatario. Alberto lo entiende mejor que nadie, de ahí los algodones que le pone a cada medida que comunica.

Otro enigma a resolver será el monopolio enunciativo. En regímenes hiperpresidencialistas como el argentino, por lo general, se produce una concentración discursiva. El presidente es la voz autorizada para inyectarle forma, sustancia y tono al relato político. La cuestión es si Cristina aceptará el papel secundario o, como dice Luis Tonelli, ingresamos en un régimen inédito: el hipervicepresidencialismo. En este último caso, estaríamos frente a una narrativa estéreo, que, en sintonía, puede generar un discurso polifónico que amplifique la marca del gobierno; pero, en competencia, puede producir una contradicción que desagregue la identidad del Frente de Todos en dos corrientes de significado. Para saber la respuesta, probablemente, haya que esperar. Las crisis son escenarios con escasos incentivos para participar en la agenda pública. Los momentos de expansión (política o económica) son más tentativos para la producción de mensajes.

Por último, el desafío mayúsculo de Alberto será distinguir el ocaso de esta retórica de la emergencia. No engolosinarse con el periodo excepcional porque los límites entre un estadista como Raúl Alfonsín y un presidente de transición como Eduardo Duhalde son confusos y delgados, sobre todo para los oportunistas. Son tiempos gaseosos y como sostiene el escritor venezolano Moisés Naím: “Hoy, el poder es más fácil de obtener, más difícil de usar y más fácil de perder”. El jefe del Ejecutivo deberá ofrecer rápidamente certezas en el corto plazo y, en simultáneo, empezar a moldear su propio legado para defender en el 2023. La coyuntura es ansiosa; la historia, ambiciosa. Y el presidente sabe que, si quiere postularse como un apellido de longue durée, tendrá que satisfacer a ambas.

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