Incógnitas políticas y cálculos electorales

La imagen de la Presidenta bajó algunos puntos, pero a la oposición le cuesta mejorar
En una encuesta nacional realizada por Poliarquía tres meses antes de la muerte de Néstor Kirchner, éste alcanzaba una intención de voto hipotética cercana al 40% en primera vuelta, con una diferencia mayor de 10% respecto al segundo. Es decir: no era descabellado pensar que él, a pesar del desgaste y de tener una imagen inferior a la de su mujer, podía alzarse con la Presidencia en el primer turno electoral, cumpliendo con la estrategia que se había fijado.
Este antecedente no parece tener ahora demasiado sentido, pero puede servir de referencia para trazar un nuevo escenario a nueve meses de las elecciones presidenciales. Las cosas han cambiado, pero no tanto. Como es sabido, la muerte de Kirchner incrementó en forma significativa e inmediata la imagen y la intención de voto de su mujer. Hacía fin de año, sin embargo, la Presidenta tuvo que pagar costos por los conflictos sociales desatados en torno a la toma de tierras en Villa Soldati. Su imagen disminuyó respecto al primer mes de su viudez, pero de ningún modo se desplomó, como afirmaron algunos medios.

El período pos-Kirchner no trajo mayores novedades para las fuerzas que conforman la oposición. La imagen de ésta no varió sustancialmente. Apenas uno de cada cinco argentinos que responden encuestas aprueba a los opositores, mientras que aproximadamente uno de cada tres los reprueba. La mitad restante tiene una posición ambivalente, pero es claro que no está convencida de que algún opositor pueda por ahora constituirse en alternativa al actual Gobierno. En rigor, al amplio espectro opositor que se ubica en el centroizquierda –peronismo disidente, radicalismo, Carrió y Solanas– se le está haciendo muy difícil diferenciarse del Gobierno. De hecho comparte con él cuestiones sustantivas como la política impositiva, la gestión estatal de los fondos de pensión y de Aerolíneas Argentinas, el dólar competitivo, el rol del Banco Central y la asignación universal por hijo, entre otras. Y está de acuerdo también en temas no sustantivos, pero vitales para el humor público, como el llamado “Fútbol para todos”.

En ese contexto desfavorable, Mauricio Macri parece haber sacado alguna ventaja, aunque ésta se expresó antes en la Ciudad de Buenos Aires que en el resto del país. Acaso la preeminencia del jefe de Gobierno se deba a que adoptó un discurso alternativo al oficialismo durante la crisis de fin de año. La consigna “hay que cumplir la ley” –una amalgama de sentido común y republicanismo abstracto– cayó bien entre el electorado independiente y apolítico de Buenos Aires. No por Eduardo Fidanza mucho más, al menos por ahora.

En síntesis: el Gobierno tiene ventaja pero su imagen ha descendido y sufre por la ausencia de su líder; la oposición sigue vacilando, sin convertirse en alternativa. El final conflictivo de 2010 augura otros conflictos, no necesariamente tan agudos como los que ocurrieron, pero que provocarán desgaste al Gobierno. Por empezar: la carrera entre los ingresos de las familias y la inflación tendrá un episodio álgido cuando los sindicatos quieran renegociar los salarios por encima del 30%. Será un test clave para Cristina Kirchner.

Otra cuestión a considerar es la reforma de la Policía Federal, que emprendió la Presidenta de súbito bajo el efecto de los asesinatos de fin de año.

¿Acatará sin más esa fuerza la purga a la que está siendo sometida? ¿Se subordinará sin trampas a las nuevas directivas? Son terrenos resbaladizos para cualquier gobierno. Es sugestiva la opinión de Eugenio Zaffaroni, ministro de la Corte Suprema, quien sostuvo que en América Latina, bajo ciertas condiciones, los golpes de Estado podrían darlos las policías antes que los ejércitos.

¿Qué cálculo electoral se puede hacer en estas circunstancias? Las estimaciones, siempre preliminares, indican que Cristina Kirchner ganaría en la primera vuelta si las elecciones se realizaran hoy. Una proyección conservadora muestra que podría alcanzar con relativa facilidad el 40% de los votos; mientras que el radicalismo y Macri se llevarían el 20% cada uno. El peronismo federal, con Duhalde, no pasaría del 10%, mientras el resto se repartiría el remanente. Claro que aquí faltan despejar varias incógnitas. En primer lugar qué hará Macri. El podría ser el candidato del Pro y/o del peronismo federal –como tanto se ha especulado- o esperar otro turno. Suponiendo que fuera con el peronismo disidente, quedará por ver cuál es su techo y si sus votos se sumarán algebraicamente a los de Duhalde. Y aún más: si fuera muy exitoso y llegara a un balotaje no se sabe si los electores del radicalismo, del socialismo y de Carrió y Solanas, le darán su voto. Macri tiene una ventaja: capacidad para diferenciarse. Y un estigma: ser de centroderecha en un país virado al progresismo.

El radicalismo también es una incógnita y debe esperarse hasta la resolución de su difícil interna. Tampoco se sabe qué ocurrirá finalmente con las primarias abiertas, obligatorias y simultáneas. Demasiadas incógnitas, acaso con una sola certeza, más de la matemática que de la política: con tantos candidatos el voto opositor se desperdigará y eso puede ser decisivo para la primera vuelta de octubre, aunque el gobierno llegue desgastado y maltrecho.

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