La agenda del próximo gobierno, en disputa

por Sebastián Giménez

 

Alberto Fernández deberá enfrentar reclamos cruzados de distintos sectores en un contexto económico con restricciones para satisfacer a todos simultáneamente

 

La inefable revista Barcelona titula en su actual portada: “¿Hay que derrocarlo antes de que asuma?” La frase de tapa llama a la sonrisa y tiene como valor agregado que interpela por la situación actual de sistemas representativos puestos en cuestión en nuestra América Latina. El humor es un excelente recurso que emplea este medio original a la hora de abordar los temas de actualidad política.Y es un interesante modo de exorcizar la crisis argentina reflexionando sobre lo que está en juego. Que es, ni más ni menos, que la agenda y las prioridades que tendrá el próximo gobierno. El título denota esa intencionalidad de comenzar a marcar la cancha de los distintos actores. Anticiparse a lo que va a venir, agazapados. Tal vez la actitud opuesta a lo que propone en el discurso Alberto Fernández: pacto social, acuerdo, sentarse en una mesa a dialogar para un consenso económico y social.

De un lado, las entidades agropecuarias difundieron un video donde marcaron que están en alerta de movilización ante cualquier medida autoritaria que se les imponga. La vara para medir nunca es ecuánime, va de suyo. El gobierno es democrático cuando exige sacrificios a otros, y autoritario cuando te lo exige a vos o a tu grupo. Democrático cuando otros pagan la crisis, autoritario cuando se nos exige poner el hombro.

Desde otro lado, también Juan Grabois, un representante de los movimientos sociales, dijo lo suyo. Hay mecha corta, no hay margen para nuevas decepciones. Una situación social que apremia, que aparece contenida momentáneamente. Una tensa calma, el aire se corta con tijera cuando la plata en el bolsillo de la gente no alcanza y el hambre cunde en los conurbanos. Mecha corta, poco tiempo, ninguna paciencia prometida. Hasta desde afuera del país, Jair Bolsonaro se ocupó de decir que los argentinos se habían equivocado, aumentó aranceles, comenzó a resentir los vínculos comerciales entre ambos países y hace crujir el Mercosur. Todo eso en la previa, sin ni siquiera haber asumido Alberto Fernández.

Un gobierno que no tendrá parece período de luna de miel, o de gracia. Tiempo devenido reloj de arena que transcurre y se nos va, se nos va en la perpetua coyuntura que inhabilita detenerse para acomodar las políticas, la gestión, un plan de gobierno. Como un nuevo DT que asume en momentos aciagos del equipo, se le exigirán resultados desde el primer fin de semana aunque no haya tenido tiempo de planificar, hacer una pretemporada y traer refuerzos.

Hay que mostrar iniciativa política, el poder de definir agenda y mostrar resultados casi desde el comienzo. Como dice el refrán, a Dios rogando y con el mazo dando. Con las arcas de las cuentas estatales casi vacías, el desafío es ganar tiempo incentivando de alguna manera el consumo. Descongelar la economía aunque sea artificialmente permitiría ganar tiempo y crédito político. Que se empiece a mover un poco el aparato productivo, sabiendo que una golondrina no hace verano. Y que se deberá intentar volver a crecer luego de años de estancamiento.

También, será el tiempo de definir prioridades, y de exigir colaboración o compensar a los actores más comprometidos por la actual crisis económica. En el enunciado acuerdo social, se toma y se pone, como en el juego de la perinola, pero no de forma azarosa. Podemos anticiparnos a que existirán fricciones y conflictos, desde que algunos de los propios actores las expresaron desde antes de asumir el próximo gobierno. Disputa por lo que es importante y accesorio. Lo que se prioriza y lo que se relega. Lo primero, lo segundo y lo tercero. La definición de la agenda, ese lugar donde un gobierno define nada menos que el sentido de sus políticas y prioridades. El 10 de diciembre comenzará a insinuarse algo de esto. Siempre por algo se empieza.

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