Del limbo al purgatorio

por Luis Tonelli

En el nuevo oficialismo el liderazgo no está definido y la relación entre Cristina y Alberto puede tener muchas variantes

 

Alguien dijo alguna vez que todos los conceptos políticos son conceptos teológicos secularizados. Y venimos de estar en un “limbo” producido por unas extravagantes PASO que redundaron en un Presidente virtualmente des-elegido, y un Presidente virtualmente electo, presentándose un período de alta incertidumbre económica y política que felizmente está llegando a su fin.

Y esto es importante -no solo para terminar con la mufa de décadas de ningún presidente no peronista pudiendo completar su mandato-, sino por una cuestión de mecánica del sistema político. Las crisis catastróficas, como eventos traumáticos, han formateado nuestro sistema político, produciendo todas las perturbaciones asociadas con la emergencia. Así se han admitido actitudes autoritarias, decisiones unilaterales y poco transparentes, arbitrariedades, y cercenamientos de las libertades.

Todo lo cual, cimentándose, ha generado una cultura política decisionista muy difícil de erradicar. Así que el poder darse un traspaso de un gobierno no peronista a uno peronista “normalmente” se convierte paradójicamente en un hecho extraordinario sobre el cual, ojalá, esa normalidad pueda consolidarse. Con lo cual, faltaría el principal ingrediente para que existan medidas de emergencia: la emergencia misma. Sin embargo, dejar afortunadamente ese limbo virtual atrás nos ha depositado en otra antesala bíblica: un “purgatorio” político en donde los liderazgos tanto en el nuevo oficialismo como en la nueva oposición han quedado abiertos a la disputa.

En el nuevo oficialismo, el liderazgo no está definido porque se da la atípica situación, incluso para un país tan atípico como la Argentina, en el que la personalidad más importante del espacio y “dueña” de la mayoría de los votos, la expresidenta Cristina Fernández, decidió ser la candidata a la vicepresidencia, delegando en Alberto Fernández -meses atrás, su enemigo íntimo- el rol de candidato a Presidente.

Las elecciones de primera vuelta decidieron -sin necesidad de segunda vuelta- los cargos electivos presidenciales, pero eso no ha resuelto, sino todo lo contrario, la disputa por el liderazgo en el peronismo.Y la historia dice que cuando ese liderazgo estuvo disputado, la interna peronista contagió de belicosidad al resto de la sociedad (dato importante pero que no significa que tenga que fatalmente repetirse esta vez).

Entre las alternativas posibles, puede ocurrir que los primeros años de Alberto Fernández impliquen una transición que puede (quizás, tal vez, por ahí) resultar en la consolidación de su liderazgo (como sucedió con Néstor Kirchner luego de ser encumbrado como candidato por Eduardo Duhalde, con la salvedad que el senador en ejercicio provisional de la Presidencia, volvió a la quinta de SanV icente y no ocupó el sitial del vicepresidente). Por otra parte, al santacruceño le llevó dos años autonomizarse completamente de Duhalde, cuando su esposa Cristina, venció a la esposa de su antecesor, Chiche, en elecciones por la senaduría de la provincia de Buenos Aires.

Ciertamente, aún en los casos de presidentes que no tuvieron esa tensión con su líder político fuera del poder (Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Cristina Fernández, hubo un período de transición hasta que finalmente el primer mandatario pudo inaugurar un gobierno suyo en términos puros. El gobierno de la Alianza sirve como ejemplo de los problemas de liderazgo disputado, porque entre el presidente Fernando De la Rúa y el presidente de la UCR Raúl Alfonsín se dieron tensiones muy importantes. Y la presidencia de Mauricio Macri es la única sin gabinete de transición, nombrando el líder del PRO a todos sus colaboradores salvo alguna excepción que confirma la regla.

Esto nos habla que la interacción entre Alberto y Cristina puede asumir muchas variantes y que se tratará de una situación dinámica. Algunos afirman que el Presidente gobernará sin interferencias de la vicepresidenta, y otros sostienen la inauguración de un extravagante sistema de gobierno: el vicepresidencialismo, en el que Cristina oficie de una suerte de Ayatollah guardiana de la fé K, y Alberto se limite a ejecutar las decisiones que emanan de ese liderazgo espiritual.

Para aumentar el misterio, faltando pocos días para que asume el nuevo gobierno, acertarle al futuro gabinete se ha convertido en una pasión nacional, aunque se comienza a sospechar que el secreto de su integración -que Alberto Fernández guarda celosamente y con siete llaves- es que el gabinete todavía no está cerrado, lo que multiplican los rumores, las sospechas y los vaticinios mencionados ut supra. Para finalizar, echando mano a una metáfora ya no bíblica sino verdulera, cuando el carro comience a andar se verá que melones se acomodan y cuales se caen. Aunque lo más importante para todos nosotros es que el carro del próximo gobierno nos lleve a alguna parte.

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