Poderes que desestabilizan

por Julio Burdman

El gobierno de Fernández se tendrá que mover en un escenario regional complejo y con presidentes con los que carece de afinidad

 

L os tres gobiernos peronistas -Perón en los ’40, Menem en los ’90, Néstor y Cristina Kirchner en los 2000- realizaron una lectura anticipatoria de sus coyunturas internacionales respectivas y optaron por un camino definido. Alberto Fernández, en cambio, encontrará obstáculos inmediatos en su camino hacia construir su propia visión geopolítica. Apenas asuma el afuera se le presentará como un frente de problemas, dilemas y restricciones.

José Natanson compara su posición con la de Alfonsín. Como aquél, Alberto estará rodeado de imágenes en las que no querrá verse reflejado. Un gobierno de facto (Bolivia), un gobierno de ultraderecha flojo de papeles (Brasil) y un gobierno conservador jaqueado por protestas anarquistas (Chile). Se verá un poco solo. Pero se sentirá moralmente reivindicado. Con ese panorama, es probable que una parte no menor de su política exterior sea elevar una voz crítica en defensa de valores ausentes.

A su vez, esta inestabilidad del exterior cercano -nuestros países limítrofes- se inscribe en un entorno regional y aún global de inquietantes similitudes. En 2019 hubo masivas protestas antigobierno en Ecuador, Chile, Venezuela, Bolivia, Colombia y -en menor medida- Brasil. En las bases de datos mundiales hubo fenómenos similares en al menos 35 estados nacionales.

Sin ser reduccionista, porque cada caso merece una explicación particular, no podemos descartar la existencia de un denominador común en estos estallidos. Los progresistas rápidamente hablaron de la desigualdad y los institucionalistas de la necesidad de abrir los regímenes políticos. Pierre Rosanvallon, de visita en Argentina, fue algo más lejos en el intento de leer las demandas insatisfechas (finalmente, lo que todas las protestas tienen en común es la presencia de gente en las calles) y habló del malestar de los individuos con sus vidas cotidianas. La gente quiere ser escuchada.

Argumentos similares, un par de años atrás, se esgrimían a la hora de intentar dar cuenta del surgimiento de opciones nacionalistas en Estados Unidos (Trump), Gran Bretaña (Brexit) y Europa continental (Salvini en Italia, Le Pen en Francia, Kurz en Austria y un largo etcétera). Los votantes, se decía, estaban expresando diferentes razones de insatisfacción económica y cultural. Sin embargo, es realmente difícil intentar entender las razones de millones de insatisfechos que se expresan en las calles, las urnas o las llamadas redes sociales. Mejor dicho: es imposible. Por más que sofistiquemos nuestras herramientas analíticas, nunca vamos a llegar a abarcar todos esos millones de motivos.

Entonces, una estrategia de análisis es invertir el orden de la prueba, y preguntarse qué pudo haber pasado para que ese malestar misterioso pero observable desborde en todos lados. Y una de las cosas que sucedieron fue, precisamente, que el triunfo de los nacionalistas en los países que ostentan los roles centrales en la globalización tuvo consecuencias. Miremos por un minuto las consecuencias del malestar o presunto malestar de los votantes, en lugar de seguir escarbando en sus causas.

Tal como explican los principales autores de las relaciones internacionales y la teoría geopolítica, tanto las prácticas rutinarias del régimen global como las principales organizaciones internacionales que regulan el llamado orden mundial han sido creadas por los países grandes. Por los que tienen con qué hacer política más allá de sus fronteras.

Y fueron precisamente los votantes de esos grandes países los que produjeron (por las razones que fueren) gobiernos que están desmontando sus propias creaciones. Trump quiere dinamitar los organismos internacionales y la arquitectura de tratados comerciales que sus predecesores en el cargo impulsaron. Los nacionalistas europeos quieren poner fin a la UE, uno de los grandes legados del siglo XX. Y en América del Sur, tanto la derecha democrática como la nueva ultraderecha floja de papeles democráticos -que hoy gobierna en Brasil y Colombia, y avanza en Bolivia- quiere destruir el regionalismo y la integración. ¿Acaso creíamos que eso iba a salirnos gratis?

En América del Sur, la novedad de los últimos años fue que en los dos países más influyentes, Estados Unidos y Brasil, gobiernan presidentes que echan nafta al fuego de los conflictos. En lugar de preservar la legalidad de los estados, la estabilidad y la gobernabilidad como valores supremos del regionalismo, la prioridad de los poderes desestabilizadores es que sus aliados lleguen al poder. La OEA, el Prosur y el Grupo de Lima, iniciativas colectivas hoy dominadas por la derecha regional, actúan ofensivamente en los graves conflictos internos de Venezuela y Bolivia. En otra época, una función central de la acción regional era mediar y estabilizar. En suma: no solo perdimos la acción colectiva estabilizadora, sino que los grandes poderes se están convirtiendo en fuentes de desestabilización. En este marco, los separatistas, los etnonacionalistas, los belicistas y otros enemigos del estado que siempre existieron han encontrado un clima perfecto para desplegarse.

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