Chile como modelo: experiencias regionales y debate político interno

por Tomás Múgica

Las masivas protestas sociales tomaron por sorpresa al Gobierno de Sebastián Piñera y mostraron la otra cara del modelo chileno que tiene muchos admiradores en la región

 

En una frase que los sucesos posteriores harían célebre, el 8 de octubre Sebastián Piñera afirmó que Chile representaba un “oasis de estabilidad” en una América Latina convulsionada. Apenas unos días después la realidad lo desmintió de manera ostentosa: las protestas populares desatadas a partir del aumento del pasaje en el metro de Santiago, su decisión de declarar el estado de emergencia y de militarizar las principales ciudades del país y un saldo de al menos 19 muertos configuran una situación de tensión social inesperada para el gobierno. El 25 de octubre “la marcha más grande de Chile” –la manifestación más numerosa desde el regreso de la democracia– reunió a 1.200.000 personas en la capital, demandando cambios en el modelo económico y una respuesta más contundente frente a la desigualdad; esa es tal vez la imagen más elocuente de un país que no es el que Piñera y gran parte de la elite chilena tiene en su cabeza.

El presidente y gran parte de la dirigencia trasandina no son los únicos sorprendidos; muchos admiradores de la experiencia chilena en toda la región también lo están.Y es que durante las últimas décadas Chile y su proceso de desarrollo han sido objeto de discusión en el resto de América Latina. Aunque suelen ocupar un segundo plano, una de las referencias más comunes a los asuntos internacionales en el debate político doméstico consiste en presentar a determinados países como modelos, ya sea positivos o negativos: algunos como metáforas de la sociedad deseada, otros como símbolo de males colectivos a evitar.

En el debate político latinoamericano de los últimos años, si Venezuela ha sido el ícono que encarna los males del populismo, Chile ha sido su contracara. Sinónimo de éxito económico, de reglas del juego estables y de canalización institucional de los conflictos (al menos hasta ahora). Su presencia en la escena pública es desigual: el desencanto con Venezuela es masivo, el atractivo del modelo chileno es sobre todo un asunto de minorías interesadas. Por ejemplo, un estudio sobre preferencias de opinión pública en materia de política exterior señala que el 83% del electorado argentino tiene una imagen negativa de Venezuela; en cuanto a Chile, aunque ciertamente está presente, no es un país que tenga un peso importante en el imaginario público sobre el relacionamiento externo: sólo el 9% lo menciona espontáneamente como un socio al que Argentina debe priorizar en su política internacional [1].

Chile es popular en el mundo de las élites dirigentes, especialmente entre las fuerzas políticas que ocupan el espacio que va del centro a la derecha del espectro político-ideológico, aunque su atractivo ha trascendido ese espacio. Es considerado un ejemplo de progreso económico y social en un contexto político estable y, en el caso de los observadores más ideologizados, de las bondades del mercado cuando no se interfiere en su funcionamiento. La admiración de parte de la dirigencia latinoamericana por Chile no es nueva: durante el Siglo XIX, el Chile de Diego Portales fue considerado por políticos e intelectuales – Juan Buatista Alberdi entre ellos– como un modelo de orden y estabilidad, un ejemplo de rápida y exitosa creación de un Estado centralizado en un paisaje regional marcado por interminables guerras civiles; durante gran parte del Siglo XX –hasta el golpe de Estado de 1973– Chile fue destacado como un ejemplo de democracia y subordinación de las fuerzas armadas a las autoridades civiles, en una América Latina en la cual los golpes militares constituían un mecanismo habitual para reemplazar gobiernos.

Entre los mandatarios latinoamericanos, Jair Bolsonaro y Mauricio Macri son hoy los principales valedores del modelo chileno. Al asumir, el presidente brasileño decidió que su primer viaje fuera a Chile –país al que señaló como un ejemplo– como expresión de su orientación en materia económica. Chile posee un nivel de apertura externa que Bolsonaro y su ministro Paulo Guedes consideran indispensables para remediar los males que, en su opinión, el estatismo ha causado a Brasil. También para Mauricio Macri Chile es“ una referencia”, como ha señalado repetidamente. Macri suele destacar que ese país tiene tratados de libre comercio con socios que representan más del 90% del PIB mundial, cifra que en el caso de Argentina es de apenas el 10%. El equilibrio fiscal y las leyes laborales son otros logros que suele subrayar.

Para los críticos, Chile aparece como la encarnación del daño que el neoliberalismo llevado hasta sus últimas consecuencias puede generar en una sociedad. La persistente desigualdad, la privatización y el alto costo de servicios como la educación y salud, el endeudamiento de las familias, la mercantilización de la vida cotidiana, el imperio casi irrestricto del mercado. Una sociedad construida por los Chicago Boys a su imagen y semejanza, que exalta el individualismo extremo y denosta la solidaridad. Expresando esta mirada, en el cierre de la campaña electoral –al pronunciarse sobre las protestas en Chile– CFK llamó a democratizar la economía y señaló la inequidad de la sociedad chilena.

A otro nivel, Chile también es percibido como un fracaso de la democracia, como un ejemplo de la insuficiencia de la participación popular –cuando no encuentra eco en la dirigencia- para realizar transformaciones profundas; de la impotencia de la política, en suma, para imponerse al poder económico. La débil participación electoral –apenas 49% del padrón en las últimas elecciones presidenciales- es un signo, tal vez el más evidente, de ese fragilidad de la representación. Habla de partidos políticos que no han sido capaces de canalizar adecuadamente las demandas de la ciudadanía o que, en el mejor de los casos, no han podido construir poder para responder a esas demandas.

Al tiempo que afirma los indudables avances en cuanto a la reducción de la pobreza y la desigualdad, parte de la propia dirigencia política chilena reconoce esas insuficiencias. Michelle Bachelet lo hizo en sus dos presidencias (2006-2010 y 2014-2018), cuando llevó adelante, en medio de una importante oposición política y empresaria, reformas modestas pero significativas en el régimen previsional, la educación universitaria y el sistema tributario. Mirando al futuro, el expresidente Ricardo Lagos (20002006), señala que un Estado con mayor capacidad para brindar bienes públicos a los ciudadanos es necesariamente más caro. Traducido: hay que pagar más impuestos, pasando del actual 20% del PIB al 30% como mínimo y la carga debe recaer mayormente sobre los más privilegiados, reduciendo la participación del IVA (que explica la mitad de la recaudación impositiva), un tributo regresivo .

Alcanzar y sostener el crecimiento económico; reducir las inequidades; lograr un balance entre la responsabilidad personal y la solidaridad colectiva. Chile es objeto de debate en nuestros países, porque sus dificultades también son las nuestras. Esta vez, la crisis chilena llama la atención sobre otro problema: un buen funcionamiento de la democracia requiere que –más temprano que tarde– las demandas de los ciudadanos sean atendidas. Esta es una expectativa no sólo justa y razonable sino también, en última instancia, vital para su supervivencia

 

[1] ARGENTINA PULSE #1 y #3. Poliarquía-Wilson Center Survey. Agosto 2018 y abril 2019. “La percepción de los argentinos en relación al orden mundial, la política internacional y los problemas globales”

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