La hora del pueblo

por Julio Burdman

La breve experiencia de los ’70 nos muestra que el pacto socioeconómico es el resultante de una confianza política alcanzada previamente

 

Recordar la hora del pueblo no es nostalgia de los años recientes de auge y reivindicación del populismo. Aquellos años en los que el chavismo, petismo, masismo, kirchnerismo y otros progresismos populares dominaron las políticas nacionales y regionales de América del Sur. Por el contrario, la hora del pueblo nos remite a uno de los intentos de política concertacionista que tuvieron lugar en los años ’70, con el objetivo de sentar bases y contenidos interpartidarios a la democracia argentina. Una democracia atravesada por el cuchillo del clivaje entre peronismo y antiperonismo. El abrazo de Juan D. Perón y Ricardo Balbín fue la fotografía que puso imagen, dos años después, a esa búsqueda de una democracia de contenidos compartidos. Mediada por los partidos políticos del sistema. Recordar todo eso es imprescindible para entender lo que es posible en la coyuntura de hoy. El presidente electo, Alberto Fernández, quiere un pacto social.Y no tenemos muchos antecedentes en la materia sobre los que basarnos.

La política del pacto es lo contrario del liderazgo populista. En ella, en lugar de antagonismos, priman las negociaciones entre la dirigencia para presentar un resultado común a la sociedad. Tenía un móvil concreto: había que salir del antiperonismo y traer de vuelta al peronismo al sistema. El pacto CGE-CGT de 1973, capitaneado por José Bel Gelbard, fue posible gracias a los entendimientos políticos que se venían trabajando desde antes. Estos es importante para entender la metodología que se requiere para implementar una política del acuerdo.

América del Sur hoy se encuentra en un polvorín. La política sufre en todas partes. Los gobiernos conservadores de Perú, Chile y Ecuador enfrentan crisis sociales y políticas, los presidentes socialistas de Bolivia y Venezuela crisis institucionales, y en Argentina y Uruguay pierden los oficialismos de diferente color ideológico. El Mercosur, la iniciativa regionalista más estable de la región, enfrenta su mayor crisis potencial. No hay denominadores comunes ideológicos. Lo único en común en todas estas turbulencias simultáneas es que los países afectados se encuentran con coyunturas socioeconómicas adversas que ponen presión sobre sus gobiernos. La variable económica sigue dominando.

En Argentina, el norte de Fernández es construir un peronismo de centro. Tal como dijo en el debate del 20 de octubre, un mix de recetas heterodoxas y ortodoxas. No va a romper con el kirchnerismo ni la propia coalición, ni buscará aliados por fuera como Menem. Su Ministro de Economía será la persona más moderada que encuentre dentro del conjunto de economistas que el Frente de Todos esté dispuesto a aceptar. Se propone estabilizar la macro y complementar con medidas más heterodoxas para incentivar la actividad. El kirchnerismo no va a interferir demasiado con la gestión de Fernández, ni pedirá muchos ministerios: Cristina lo puso ahí para que asuma el timón de la crisis. Aunque ella se reserve la facultad de vetar nombres y los lugares del futuro, el presente es de Fernández.

La turbulencia política regional representa límites y oportunidades para Alberto Fernández. El límite es la alarma de la vulnerabilidad social: las violentas protestas en Chile y Ecuador como reacción a medidas de ajuste son un límite. Fernández no tiene vocación de ajustar, ya que su coalición va en sentido contrario, y además el contexto le advierte sobre ello. Cuando el FMI pida austeridad, Fernández va a utilizar a Chile y Ecuador como escudos. Hoy la política –kirchnerismo incluido– giró al centro pero las demandas sociales están ahí.

Su oportunidad es el modelo político. En una región turbulenta y extravagante, que carece de liderazgo regional y cuyos gobiernos lucen inestables, un presidente de centroizquierda moderada al frente de una coalición sustentable y con metodología de pacto puede convertirse en un faro de razonabilidad política. Eso puede convertirse en un activo para un presidente que juega con cartas malas en el frente económico.

No obstante, la breve experiencia de los ‘70 -y más allá del balance que hagamos de ese caso particular- nos muestra que el pacto socioeconómico es el resultante de una confianza política alcanzada previamente. La urgencia de la crisis financiera y social, o el espejo de los estallidos regionales, no alcanza para afianzar los compromisos de los actores. Así como en aquella oportunidad el abandono del clivaje entre peronismo y antiperonismo fue el marco que facilitó el acuerdo económico por venir, hoy la superación de la grieta es lo convocante. Reunir a Mauricio Macri y Cristina en una misma mesa y estabilizar la macroeconomía son dos objetivos emparentados. De lo contrario, el pacto será poco sustancial.

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