No son tercios: son mitades

por Luis Tonelli

El electorado exhibe un comportamiento que no varió significativamente desde la irrupción del peronismo

 

De vuelta, el resultado electoral produjo sorpresas, cuando no tendría que haber sorprendido a nadie: Juntos por el Cambio exhibió una remontada muy importante que disparó toda una serie de suspicacias y acusaciones de fraude y hasta de un “arreglo de gobernabilidad” (como si fuera posible truchar a piaccere un resultado electoral con el sistema argentino). Por el otro lado, el Frente de Todos, que en sus ensoñaciones ditirámbicas pensaba igualar la elección de Perón a su vuelta de Puerta de Hierro obtuvo casi el mismo porcentaje que en las PASO.

La pregunta que se hacen los exaltados acusadores es cómo, con la economía que no mejoró, el oficialismo en retirada pudo sumar más de 2.300.000 votos cuando el rampante Frente para la Victoria solo agregó menos de 300.000 votos a los reunidos en las PASO.

Sorpresa inversa a la experimentada en las elecciones PASO, donde la paridad que anunciaban las encuestas fue fulminada por 15 puntos de diferencia entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. Cosa que motivó las consabidas explicaciones de los encuestadores: que la gente se decide a último momento, que es difícil con la Grieta que los encuestados respondan, que esto está pasando en todos lados del mundo, etc, etc.

Todo, en síntesis, da la idea de un electorado errante por el cyberspace, saturado de mensajes políticos cacofónicos e impulsos publicitarios, que mete el sobre en las urnas de modo casi contingente y azaroso, saliendo lo que salga,

En las PASO se dijo que, contra lo que el Gobierno y las encuestas predecían, se impuso finalmente el voto económico, y la crisis demolió las expectativas del oficialismo de un voto ético que castigara al kirchnerismo. Ahora, todo lo contrario, se dice que el Gobierno recuperó terreno porque después de las PASO, irrumpió la caravana peregrinante por las treinta ciudades treinta de Macri, Mauricio. Gracias a este sofisticado recurso de campaña, se pudo reinstalar el tema de la corrupción en las retinas de los votantes independiente, que como fieles perritos electorales de Pavlov, respondieron al estímulo presidencial y revirtieron parte del voto de las PASO.

Expuestas las explicaciones del fracaso de las explicaciones anteriores, voy ahora a la verdadera sorpresa electoral argentina, que en realidad, es que no hay ninguna sorpresa: el electorado argentino exhibe un patrón de votación que no cambia demasiado desde la irrupción del peronismo: los estratos sociales más populares votan al peronismo y los estratos sociales más acomodados votan a fuerzas no peronistas. Y si hacemos un mapa del voto político cruzado por el nivel socioeconómico se nos van a presentar muy bien definidos un campo azul (menos favorecidos económicamente con voto al Frente de Todos) y un campo amarillo (más favorecidos económicamente con voto a Juntos por el Cambio). Cuestión que se relaciona obviamente en Argentina con la camiseta de Boca (las provincias de azul, donde gana Frente de Todos son mayoritariamente las del norte y las del sur mientras que las provincias del centro, con la franja amarilla, gana Juntos por el Cambio).

Para decirlo en una frase, los votantes no cambian: las que cambian son las élites. La Marcha Peronista debería decir “Todos Unidos –cuando vamos a triunfar–”. Los secundones políticos que pueden abrir su propio branch cuando las cosas le van mal al oficialismo de turno, saltan del barco y se vuelven opositores (como Sergio Massa con el Frente Renovador, o ahora, Roberto Lavagna, José Luis Espert y Juan José Gómez Centurión).Y cuando los que estaban dispersos, de un modo o del otro, tienen la seguridad de ganar, se amuchan. Por qué, como decía el operador todo terreno peronista “El Chueco Mazzón: traidor es el que pierde.

Y estas elecciones confirman esta perspectiva de la sociología electoral que no es otra que la que nuestro recordado y querido Manolo Mora y Araujo enunció de forma canónica en artículos durante la década del ’60 y en su libro clásico,“El Voto Peronista”. Alberto Fernández consiguió casi los mismos votos que Daniel Scioli había logrado en el balotaje de 2015 (poco más de 12 millones de votos) pero lo hizo muy tempranamente, en las PASO. Y Mauricio Macri, no logró nunca instalar que esta primera vuelta era en realidad el balotaje, y pese a haber atraído mucho del voto que se le dispersó en las PASO, no le alcanzó para lograr números de balotaje que le permitieron ganar como en el 2015.

Juntos por el Cambio tenía como opción más inmediata y desesperada, reducir en tres puntos lo que Alberto Fernández había logrado en las PASO, para forzar una segunda vuelta, lo que hubiera implicado aumentar el nivel de participación a niveles ochentistas (sumar más de un millón de votos y que no estuvieran dirigidos a Alberto Fernández).

Pero no pudo ser, y la persistencia de las ofertas de, le restaron puntos que hubieran engrosado, sin dudas, el voto no peronista.

De haberse tratado de un balotaje como en la ciudad de Buenos Aires (que es como son los balotajes en el mundo en general, o sea, 50% de los votos más uno), con los números obtenidos, Alberto Fernández hubiera tenido que someterse a una segunda vuelta y, quizás, habríamos tenido un final abierto.

Pero, por definición, los contrafácticos no existen, y lo cierto es que habemus paese novum. Sale Macri, entra Fernández.

Esta entrada fue publicada en Edición 188. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 − cuatro =