¿De qué hablamos cuando hablamos de outsiders?

Por Gabriel Levita

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Aunque en tiempos de elecciones utilicemos la expresión corrientemente, lo cierto es que no existe un consenso acerca de qué condiciones reúnen los outsiders e, incluso, es frecuente escuchar a una misma persona hablar de ellos con sentidos distintos y hasta contradictorios.

La acepción más difundida abarca a quienes se presentan a elecciones viniendo desde afuera de la política con un prestigio y un reconocimiento acumulados más allá de los partidos. Para Miguel Carreras se trata de “amateurs” si se suman a un partido existente u “outsiders completos” si crean uno nuevo. Los ejemplos más comunes provienen del mundo del deporte, el espectáculo, el periodismo y el empresariado. En Argentina, entre los casos más célebres podemos citar a Carlos Reutemann, Palito Ortega, Francisco de Narváez y Nito Artaza.

A veces, también se habla de outsiders para designar a quienes sí tienen una carrera política, pero que no forman parte de las élites partidarias. Quienes habitan en la periferia de los partidos hasta que en determinado momento cobran notoriedad y pasan al centro de la escena. Por sorprendente que suene hoy, tanto Carlos Menem como Néstor Kirchner fueron señalados en su momento como outsiders dentro del justicialismo, por no formar parte de la mesa chica nacional.

Finalmente, escuchamos el término para aludir a los llamados antisistema. Candidatos que se presentan a elecciones, pero rechazan en mayor o menor medida las instituciones de la democracia representativa y liberal. La Argentina es pobre en este tipo de casos, pero a nivel internacional abundan. Allí tenemos en primera plana a los Bolsonaro, los Trump, los Beppe Grillo y a una larga fila de políticos que, por derecha o por izquierda, han hecho de la anti-política y el anti-establishment sus principales banderas.

El problema es que estas tres definiciones no se implican necesariamente y con mucha frecuencia se confunden entre sí. Se puede venir de afuera de la política sin tener un discurso anti-político, así como se puede ser un político profesional que hace carrera a fuerza de atacar el statu quo institucional. ¿De qué hablamos entonces cuando hablamos de outsiders?

 

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Si tomamos el primer significado, vemos que, como señala Andrés Malamud, en la actualidad en Argentina son mucho más comunes en el Congreso -y a veces en las provincias- antes que en el Ejecutivo Nacional. ¿Pero qué podemos decir sobre estos perfiles más allá de lo evidente?

Para los dirigentes partidarios, a la hora de armar las listas, este tipo de candidatos puede resultar una opción más económica y efectiva. Si ya tienen algún grado de popularidad o conocimiento mediático, no hace falta “instalarlos”. La campaña será más barata y la llegada a los medios más aceitada. Los que vienen del ámbito empresarial pueden, además, traer sus propios fondos o conseguir financiamiento.

También podemos verlos como una jugada más segura, ya que su ascenso depende de la intervención personal de los jefes partidarios y es más difícil que estén dispuestos, por falta de motivación o de conocimiento de las reglas, a hacer su propio juego. En otras palabras, para los líderes pueden ser vistos como candidatos más leales.

Otro punto a favor es que le proveen a las listas un valor simbólico adicional. En un contexto de creciente deslegitimación de la política, contar con candidatos provenientes de distintos espacios por fuera de los partidos puede presentarse como un plus. Una lista que combine perfiles más tradicionales con gente del deporte, del arte, de las universidades, las ONG, etcétera, puede resultar más atractiva para los votantes.

Desde el punto de vista del candidato, entrar en política puede ser visto como una apuesta más o menos riesgosa en la que se invierte una determinada cantidad de trabajo, tiempo y esfuerzo. Si gana, deberá postergar su actividad laboral en alguna medida. Y si pierde o si después no logra hacerse reelegir, ¿puede volver a su profesión anterior? En el caso de los empresarios es fácil, porque nunca dejan de serlo. Muchos periodistas siguen trabajando como tales o pueden volver sin dificultad a los medios. Sin embargo, otros como los deportistas encuentran un límite físico en su profesión a la que luego les es difícil volver. También encontramos dirigentes sindicales, patronales o asociativos que encuentran un techo en sus carreras y ven en la política la posibilidad de reconvertirse.

Para los legisladores, no todo es color de rosas y el protagonismo ganado durante las campañas no se traduce automáticamente en posiciones de poder dentro del Congreso. Muchos terminan doblemente marginados. Por un lado, suelen quedar afuera de las discusiones en torno al reparto de puestos y la designación de autoridades. Por el otro, a causa de su falta de experiencia, se sienten ajenos al trabajo legislativo.

¿Pero cuánto dura esta condición de outsider? Al tiempo de haber sido electo y especialmente si esa entrada a la política marca el inicio de una carrera, gana experiencia, aprende las reglas del juego y construye un capital simbólico y organizacional propio o suma el del partido al que se haya integrado. Sin embargo, con frecuencia, el seguir presentándose como alguien que “viene de afuera” puede ser un recurso estratégico del candidato para volverse más atractivo en un mundo en el que la política es vista con desconfianza. En la segunda vuelta de las presidenciales de 2015 se enfrentaron un ex motonauta y un ex dirigente del fútbol –ambos además empresarios- que habían incursionado en la política partidaria hacia fines de los años noventa. ¿Cuánto les quedaba de outsiders quince años después?

Finalmente, desde una mirada más sociológica, no es lo mismo venir de afuera trayendo un capital individual que uno colectivo, retomando la distinción de Daniel Gaxie. ¿A qué le debe el candidato su reconocimiento? En algunos casos será al prestigio personal y a la presencia mediática. Lo vemos típicamente en personas provenientes del periodismo, del deporte o del espectáculo, como Miguel del Sel, Mirta Tundis o Gisela Marziotta.

En otros, ese capital es colectivo porque se trata de un reconocimiento originado en una organización o colectivo a la que se pertenece o perteneció, como una ONG, un movimiento social, un sindicato o una organización patronal, como puede ser el caso de Toty Flores,  Dora Barrancos o en su momento los agrodiputados. En qué medida continúan representando a ese sector una vez elegidos, puede ser objeto de tensiones.

Aunque en la práctica lo individual y lo colectivo suelan combinarse en algún grado, la implicancia fundamental de esta distinción es que, a diferencia de los primeros, son los segundos quienes poseen experiencia previa en actividades de representación. En otras palabras tienen un saber hacer que involucra la organización y participación en elecciones, la negociación por el reparto de recursos materiales y simbólicos o la mediación entre intereses divergentes, sólo por nombrar algunas.

 

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Así como las definiciones del concepto y sus dimensiones son múltiples, las valoraciones acerca del fenómeno divergen. Existen miradas positivas que ven en estas figuras un vector de renovación de elites políticas desprestigiadas y una inyección revitalizante para los partidos. También están quienes los ven con escepticismo ya que los toman como antisistema o porque perciben como negativo su amateurismo.

En definitiva, precisar qué es lo que entendemos por outsiders permite comprender mejor un fenómeno que no es en absoluto novedoso, pero que ha ganado relevancia en el último tiempo. También es una oportunidad de pensar cómo se relacionan las élites políticas con el medio social en el cual están insertas más allá de los límites de las instituciones.

 

 

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