Una historia circular: Kirchner, Macri y al final, Fernández

Por Sebastián Giménez

 

¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra

al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?

-León Felipe

 

La idea de León Felipe es una tentación. La historia circular, los ciclos políticos, económicos, sociales parecen repetirse en una sucesión que varía en el tamaño temporal de sus transiciones, pero casi que conservan la esencia en la historia argentina. Populismo, república, peronismo, antiperonismo. Nacional, popular y neoliberalismo. O, visto con otros ojos, lo populista/autoritario y lo republicano/democrático. Una república, una democracia divorciada un poco de los derechos sociales, esos que en el país instauró el peronismo.

El peronismo quiso ser republicano, y hasta constitucional en la reforma del ’49. Metió a los derechos sociales en el articulado, derechos del trabajador, de la ancianidad, el capital en función social. La reacción borró esos capítulos de un plumazo, pero como compensación dejó el artículo 14 bis. Como un agregado para no alterar siquiera la numeración del texto inmaculado de 1853, el de Las Bases de Juan Baustista Alberdi. Gobernar es poblar. Superar el desierto. Que el capitalismo se extienda en las llanuras yermas que tienen como único límite el horizonte.

Pero vino Perón casi un siglo después a decir que gobernar es crear trabajo, con los derechos sociales bajo el brazo. Y desde ahí, el problema eterno y recurrente de cómo conjugar libertad y justicia social. A mayor justicia social, mayores ansias de predominio, que no quede ningún ladrillo que no sea peronista. A mayor declamado republicanismo, mayor libertad de morirse de hambre. Ciclos de las masas argentinas. Que se repliegan hacia lo conocido, como diría Rodolfo Walsh. Lo conocido es esa sustancia viscosa llamada peronismo. De derecha, de izquierda, neoliberal, progresista. Un gigante que muta dispuesto siempre a tomar la forma adecuada a los tiempos. Menem, Kirchner, Fernández. Frente para la Victoria, Frente de Todos.

Y ahora explorando una tercera vía, que no será ni Menem ni Kirchner. Algo nuevo. Con la pesada herencia de grandes niveles de endeudamiento y mayor pobreza que deja el Gobierno. Ni peronismo de Perón ni de Firmenich será. Una especie de peronismo de Domingo Mercante, ese gobernador de Buenos Aires al que no dejaron ser, por ser tal vez demasiado democrático, republicano, moderado. Mercante fue demasiado escrupuloso cuando el peronismo se llevaba todo por delante. Quiso ser precavido cuando el peronismo no conocía la derrota.

Hoy, Alberto Fernández muestra escrúpulos, y suma a otros, en un diálogo que quiere ser amplio, incluyendo a Sergio Massa y a otros descontentos en horas pasadas. Se fue del kirchnerismo raudamente en el 2009, con el conflicto con el campo. Nadie se preocupó en traerlo de nuevo al redil en 2011 con el 54% de los votos. Pero el peronismo pierde, y aprende. Hoy es la cara de la unión posible. Perón se tuvo que doblegar, y ser vicepresidente de Mercante. Cristina  Kirchner sola no llegaba, parece. Bajar un poco la cabeza para ganar.

Porque Argentina se mira en el propio pasado casi siempre. Que da la sensación de que esto que nos pasa, ya lo vivieron otros. Algunos ven un paralelo entre Mauricio Macri y Raúl Alfonsín. Los hermanan las crisis: 1989, 2019. Treinta años pasaron, el dólar a las nubes. Cuando era chico, en esa década del ’80, se cargaba entre los pibes a los rivales diciéndoles que su equipo iba a salir campeón “el día en que la vaca vuele, y que en la Argentina baje la inflación”. La inflación hermana al almacenero de ramos generales de Chascomús y el tano que se hizo rico en sus empresas con ayuda de dictadores y demócratas. Pero son distintos, tal vez porque a Alfonsín se lo recuerda como padre de la democracia y con Macri la democracia ya era una realidad asentada, y que pedía a gritos avanzar en la estabilidad, en el bienestar, romper la inercia del estancamiento. Parate de la economía que se hiciera evidente cuando se diluyó el precio exorbitante de los comodities y empezaron a molestar las cadenas nacionales de Cristina Kirchner a la clase media herida en su orgullo por el cepo cambiario.

La libertad era una conquista naturalizada y la prosperidad el objetivo a alcanzar ahí en el 2015. Y el desafío de gobernar sin el peronismo, sin ataduras ni cepos. Pobreza cero, créditos hipotecarios a la clase media, todo lo que no sucedió. Parece ser que, en Argentina, los gobiernos no peronistas están condenados a la crisis económica y el colapso social. La filosofía de la autoayuda y la autoexigencia dejaron a muchos argentinos desamparados, abandonados a sus propias fuerzas.

Tan circular parece Argentina, que probablemente una de las mejores descripciones del actual Gobierno la escribió Rodolfo Puigróss, el intelectual que militara en la Tendencia Revolucionaria del peronismo, en su obra Historia crítica de los partidos políticos argentinos, un libro publicado por primera vez en 1956. El intelectual de la izquierda peronista no conoció a Macri y los CEO’s que lo acompañaron, de los que contó, sin embargo, en una introducción al libro (en la reedición de 1965), que “exhiben como títulos habilitantes para gobernar a sus conciudadanos sus trayectorias de financistas, comisionistas, especuladores, agentes de consorcios, abogados de empresas; pero al proyectar sus exitosas experiencias personales a las funciones del Estado actúan al servicio de los poderes económico-financieros a los que deben sus fortunas o sus carreras”. Quedó claro que las credenciales naufragaron, está en debate si dolosamente o por incapacidad política y de gestión económica.

La derrota electoral vino a reventar la burbuja de la realidad paralela. Hace poco, Rogelio Frigerio, el más político del Gabinete tal vez, daba cuenta de esto diciendo que, previo a las PASO, ellos notaban el malestar de la gente, pero veían las encuestas y sonreían. El voto tal vez exteriorizó la decepción por la coyuntura irrespirable e invivible, quedando muy lejos del sentir de la gente los declamados anhelos republicanos. El Gobierno se debatió en esta falta de realismo, y un slogan de que los argentinos somos imparables, rumbo a chocar contra la pared de la frustración. Una casta de funcionarios que se embarró poco en los problemas de la gente, como describiera curiosamente también Puigróss, “carentes de realismo social y de sentido práctico en el enfoque de los problemas populares (la vida para ellos es un negocio), cubren con el desprecio de la teoría su total ignorancia de la ciencia política”. Falta de realismo social. Los mandamos a subir el Aconcagua, reconocimiento tardío. Y medidas compensatorias hechas a los apurones en los días posteriores: Ganancias, IVA, $2.000 por acá, $5.000 por allá. Falta de sentido práctico. El menos común de los sentidos.

Campaña polarizada. Cristina y Macri para terminar (de no mediar un imponderable batacazo) en Fernández. Y el intento de unir los extremos para diluir la grieta dibujando un nuevo círculo que intente incluir a todos. Tamaño desafío, que no será sencillo. Tiempos de diálogo, de negociación, de conflicto y puja distributiva o más bien de reparto de los costos de la crisis. De inclusión, esa palabra que vuelve a aparecer. De idas y vueltas, en un país que sigue girando en busca de encontrar un mejor destino.

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