La cuestión migratoria en la UE: ¿Cambiar todo para que nada cambie?

por Ludmila Quirós (*)

Las autoridades de la UE que asumirán en noviembre tendrán que encarar un agenda desafiante que exigirá cooperación entre los países en un momento complejos por el auge de los movimientos populistas

 

Una nueva Unión Europea (UE) esta en marcha. Con la asunción de las nuevas autoridades del bloque supranacional que tendrá lugar en noviembre próximo –cuando acabe el extenso periodo de renovación política iniciado con las elecciones al Parlamento Europeo en mayo de 2019–, la futura UE deberá tomar las riendas y afrontar una serie de retos y desafíos que la Europa actual no ha podido o no ha querido resolver, entre ellos, la cuestión migratoria. ¿Podrá la futura Unión Europea alcanzar un nuevo pacto sobre migración y asilo y trascender el enfoque securitista por uno de Derechos Humanos en la agenda 2019-2024?.V eamos.

Desde 2015, la gestión europea de la migración se enfocó en al menos tres elementos: a) la aplicación de medidas restrictivas para controlar sus fronteras exteriores y la afluencia de flujos migratorios, b) la Regulación de Dublín y c) los acuerdos de cooperación (monetaria) con terceros países para evitar más arribos. En términos generales, las medidas dieron un resultado “positivo” para Europa. Según el Consejo Europeo, las llegadas de inmigrantes irregulares a las costas mediterráneas se redujeron en algo más de un 90%, al tiempo que se ayudó a países como Libia –principal ruta de salida desde Africa hacia Europa– a atacar las causas que promueven la migración y las redes de traficantes de personas que ven en la necesidad una fuente de ingreso. Hasta acá, la narrativa europea. Pero ¿qué hay detrás de estos resultados?.

En primer lugar, un paquete de nuevas medidas de securitización migratoria que han echado por tierra los valores europeos de solidaridad. Un ejemplo de ello fue la aprobación en abril último por parte del Parlamento Europeo de una nueva infraestructura de almacenamiento de información biométrica –el Repositorio Común de Identidad– con el objetivo de reforzar el control fronterizo y la aplicación de la ley sobre ciudadanos UE y no UE, que vino a complementar las políticas ya existentes como el Sistema de Intercambio de Schengen, el Eurodac y el Sistema de Información de Visa. Sumado a esto, la UE puso en marcha un Sistema Europeo para Antecedentes Penales de Nacionales de Terceros Países y Apátridas, un Sistema de Entrada y Salida y un Sistema Europeo de Información y Autorización deV iaje (Etias).

El blindaje a sus fronteras externas comunes se combinó, a su vez, con una estrategia de externalización fronteriza. Por medio del envío de cuantiosas sumas de dinero a terceros países como Turquía, Libia, y mas recientemente Rwanda, la UE consolidó geografías remotas de acogida y/o interceptación de inmigrantes y solicitantes de asilo a los efectos de mantener el bloque a salvo de nuevos arribos. En este escenario, Níger se convirtió en la frontera sur europea.

 

UN INMIGRANTE MENOS, UN VOTO MAS

A nivel nacional, la emergencia de populismos de derecha en varios países de la UE agudizó la falta de cooperación interna y fortaleció la potestad soberana de los Estados Miembro sobre la cuestión migratoria. Al calor de las urnas, el endurecimiento de las narrativas xenófobas y anti-inmigratorias agitadas por políticos como Orban, Le Pen y Salvini, rindieron sus frutos en países donde la individualidad volvió a ser un elemento superador de lo colectivo. La preservación de las identidades nacionales fue el común denominador de buena parte de las campañas electorales y el inmigrante volvió a ser considerado una amenaza tanto a la seguridad nacional al vincularlo con las tasas de criminalidad urbana y el terrorismo, como una amenaza al trabajo de los europeos.

En este escenario, ejemplos como la llamada a una “fuerza anti-inmigratoria” de Orban en Hungría junto con la criminalización del rescate de las ONG y el cierre de los puertos italianos promovidos por la política migratoria de Matteo Salvini, no hicieron más que ampliar la brecha entre la UE y sus Estados Miembro, dificultando así el establecimiento de un mecanismo estable de repartición de cuotas.

La crisis migratoria que no fue, dejó en evidencia la crisis de una integración supranacional poderosa pero paradójicamente, incapaz de cooperar por su renuencia a ceder soberanía en el ámbito de la migración. En este contexto, al fracaso del Sistema de Dublín y la escasez de pactos bilaterales de repatriación, la Unión Europea sumó el entierro de la Europa de los valores mediante la multiplicación de centros de internamiento de extranjeros a la espera de la expulsión. La Europa de las puertas abiertas, comenzó a transformarse en una fortaleza de vallas y muros.

 

SIN GRANDES CAMBIOS EN EL HORIZONTE

De acuerdo con la presidente electa para la Comisión Europea, la alemana Úrsula von der Leyen, la agenda europea 2019-2024 debe contemplar el establecimiento de un nuevo pacto migratorio y de asilo que comprenda la revisión de las fronteras externas, los acuerdos de repatriación y una reforma del Sistema de Dublín. En este contexto y luego de rectificarse por su primer error político al crear la agencia para la Protección de la Forma de Vida Europea que fortalecía aún más el vinculo entre la migración y la seguridad,V on der Leyen declaró que el objetivo de su gestión será devolverle a Europa los valores que perdió.

¿Podrá, entonces, la Unión Europea cambiar su enfoque hacia el fenómeno migratorio? Por el momento es poco probable. Esto es así porque a pesar de ser la manifestación más obvia de la globalización, la migración es una cuestión de soberanía de los estados. Una cláusula que a mediano y largo plazo parece intocable.

En este sentido, el estado actual de las cosas obliga a pensar que la posibilidad de alcanzar una política migratoria común al bloque seguirá bastante lejos en el horizonte, y que seguramente se mantendrán tipos de acuerdo ad hoc entre distintos Estados Miembros –como el establecido entre Italia, Francia, Alemania, Portugal y Luxemburgo– como forma de gestionar los flujos migratorios.

En términos generales no se pueden esperar cambios sustantivos en el corto plazo.
De por sí, resulta difícil imaginar que un enfoque de Derechos Humanos pueda coexistir con otro securitizador que tiende a incrementar los controles sobre la migración y a vincular el fenómeno migratorio con la agenda de la seguridad y el terrorismo internacional. Desde esta perspectiva, resulta también difícil pensar que la futura Unión Europea pueda cambiar su estructura comunitaria de gobernanza migratoria, toda vez que la migración afecta los que se consideran flancos sensibles de la soberanía estatal. De ahí que no podamos esperar una flexibilización de su enfoque securitista hacia la migración. En su lugar, y teniendo en cuenta los cambios a nivel global, regional y local –influenciados por movimientos populistas de derecha, el nativismo y el nacionalismo–, se espera que el mismo tienda a mantenerse.

 

(*) Miembro del Comité de Investigación sobre Migración y Ciudadanía de la International Political Science Association y del Strategic Hub on Organised Crime (SHOC-RUSI) e investigadora en formación del Centro de Estudios sobre Crimen Organizado Transnacional de la Universidad Nacional de La Plata (CECOT-UNLP)

Esta entrada fue publicada en Edición 187. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

14 + 18 =