De adentro hacia afuera: la política exterior comienza en casa

por Tomás Múgica 

En el mundo actual, hostil para los países pequeños y medianos, es muy difícil alcanzar influencia en soledad y, por eso, Argentina necesita encontrar los socios adecuados, empezando por la región

 

El advenimiento de un nuevo gobierno provee una oportunidad para debatir acerca de nuestra política exterior. Contribuimos aquí con un breve recorrido, orientado hacia el futuro, comenzando por las características centrales del contexto externo que deberá afrontar la próxima administración para llegar a posibles líneas de acción en torno a las cuáles generar consensos.

Las tendencias centrales del sistema internacional imponen restricciones y crean oportunidades. Destacamos cuatro: la primera es la redistribución del poder desde las potencias del Occidente desarrollado hacia los países del Sur Global, entre los cuales sobresale China (que ya representa el 18,6% del PBI mundial medido por PPP e incrementa de manera acelerada sus capacidades tecnológicas y militares), país que sin embargo no busca alterar de manera radical las reglas del juego sino alcanzar una posición prominente dentro del orden establecido.

Segundo, la revuelta antiglobalista con epicentro en el Occidente desarrollado: el proceso de globalización –o mejor dicho algunas de sus consecuencias– está siendo cuestionado a nivel interno en los países industrializados. La pérdida de empleos en el sector manufacturero y la inmigración desde países más pobres y culturalmente diversos constituyen los puntos más controversiales. Ello tiene su repercusión en el plano internacional: el nacionalismo económico gana terreno y se extienden las críticas al orden liberal por parte de aquellos que fueron sus constructores y principales beneficiarios, empezando por Estados Unidos.

Tercero, la existencia de problemas de alcance global que requieren respuestas conjuntas por parte de los estados. El cambio climático es tal vez el más acuciante; la acción común en esta área se ve debilitada por el vaciamiento del multilateralismo propiciado por las nuevas corrientes nacionalistas. La retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París es un gesto claro en esa dirección.

Una última tendencia es el cambio tecnológico –la llamada cuarta revolución industrial– que modifica de manera acelerada nuestros sistemas productivos y vida cotidiana. La expansión de la Internet de las cosas y de la Inteligencia Artificial, por ejemplo, requerirá capacidad de adaptación y un esfuerzo de innovación por parte de nuestro país y del conjunto de la región.

 

CONSTRUIR LA POLITICA EXTERIOR “DE ADENTRO HACIA AFUERA”

¿Cómo operar en este contexto? Sugerimos dos premisas relacionadas con el diseño y la ejecución de la política exterior, que según una conocida fórmula del ex canciller brasileño Celso Lafer, “consiste en traducir necesidades internas en oportunidades externas” [1]. La primera es a un tiempo normativa y fáctica: la política exterior se construye “de adentro hacia afuera”. Desde una perspectiva normativa, ello significa que las prioridades en materia de relacionamiento externo deben surgir del debate político democrático a nivel doméstico, por contraposición a la imposición externa. En países como Argentina, con su enorme deuda social, la política exterior debe ser una herramienta al servicio del desarrollo.

Desde un punto de vista fáctico, resulta claro que el desarrollo de los recursos necesarios para obtener influencia externa depende en gran medida de las políticas domésticas: sin estabilidad macroeconómica, un sistema científico-tecnológico de vanguardia o Fuerzas Armadas con capacidad operativa, por nombrar sólo algunos factores de importancia, resulta difícil proyectar poder a nivel internacional.

Una segunda premisa es metodológica: es muy difícil alcanzar influencia internacional en soledad. Si la política exterior surge a partir de las necesidades internas, también es necesario comprender que el mundo que está emergiendo –dominado por estados continentales y grandes bloques político-económicos– es crecientemente hostil para los países pequeños y medianos, a menos que sepan encontrar los socios adecuados. En términos prácticos, la Argentina necesita aliados; los más importantes están en la región, empezando por Brasil –una de las diez mayores economías del mundo– pero también otros como Chile, vital para nuestro acceso al Pacífico, y los demás socios del Cono Sur. La integración es el nuevo nombre de la soberanía.

 

ENTRE LA URGENCIA Y EL LARGO PLAZO

En los próximos cuatro años, la política exterior deberá atender a la urgencia, mientras sienta las bases del largo plazo. En lo inmediato, la reestructuración de la voluminosa deuda pública contraída por la administración Macri requerirá negociaciones con el FMI y los acreedores privados. En esa tarea será de especial importancia el respaldo de Estados Unidos y de algunos países de Europa Occidental. Con una mirada de más largo alcance, señalamos cinco posibles líneas de acción –en torno a las cuales generar consensos– para nuestra inserción externa:

Acceso a mercados. Nuestro país necesita incrementar de manera significativa sus exportaciones (representan apenas al 14,4% del PBI) a fin de superar la restricción externa que constituye un obstáculo al crecimiento económico sostenido. Es por ello que la apertura de nuevos mercados y el acceso a los existentes con bienes y servicios de mayor valor agregado y complejidad tecnológica deben ser una prioridad en materia de política exterior. Países como India, Vietnam, Indonesia o Sudáfrica serán importantes, al igual que las negociaciones con bloques económicos (UE y EFTA las más avanzadas), en las que se deberá sopesar cuidadosamente las oportunidades y los costos atados a los acuerdos comerciales.

 

Diversificación de los vínculos externos. Argentina necesita construir vínculos sólidos con la mayor cantidad posible de socios, más allá de las afinidades ideológicas o la cercanía cultural. Debe aprovechar las oportunidades de cooperación que el mundo ofrece, evitando sacrificar objetivos de desarrollo de largo plazo en nombre de alineamientos políticos cuyos resultados han sido magros; en este sentido es necesario eludir el falso dilema Estados Unidos o China. Se debe en cambio focalizar esfuerzos en la atracción de inversiones para el desarrollo de nuestra infraestructura y producción (Vaca Muerta es un caso emblemático) e intensificar la cooperación en áreas de alta tecnología, como la biotecnología, la industria aeroespacial y la energía nuclear, tanto con las potencias emergentes como con los países desarrollados.

 

Integración regional. Acortar la brecha entre el discurso y la realidad. Nuestro país necesita profundizar –desde una postura pragmática, orientada a metas concretas– los esquemas de integración regional. Más allá del intercambio comercial, la concreción de proyectos de integración física (como la mejora de la hidrovía Paraná-Paraguay o la ampliación del paso Cristo Redentor) la profundización de la cooperación científico-tecnológica (iniciativas como el Centro Argentino-Brasileño de Biotecnología) y la negociación conjunta frente a terceros países o bloques, son metas que deberían guiar la agenda de integración.

 

Fortalecimiento del multilateralismo. Un mundo multipolar y estable, apoyado en reglas claras, brinda el mejor entorno para que nuestro país prospere. Argentina debe trabajar por un sistema internacional en el cual el poder esté más ampliamente distribuido –lo cual genera mayor permisibilidad internacional– y el multilateralismo recupere vigencia. Espacios como la ONU y el G-20 son de especial importancia para nuestro país.

 

Malvinas, Antártida y Mar Argentino. Soberanía y proyección estratégica: la cuestión Malvinas excede el reclamo de soberanía sobre las islas. También se juega allí la proyección argentina sobre la Antártida –continente en el cual nuestro país tiene una presencia pionera y pacífica– y el control sobre los recursos del Mar Argentino. El reclamo de soberanía –apoyado en un sólido consenso político doméstico– debe complementarse con una política más enérgica para proteger las riquezas –como pesca e hidrocarburos– de nuestra plataforma continental.

 

Viene un nuevo tiempo. Argentina necesita aliados para adquirir mayor influencia internacional y alcanzar sus metas de desarrollo. Pero no podemos perder de vista que la fijación de prioridades en materia de inserción externa y la construcción del poder nacional son producto, en gran medida, de decisiones domésticas. La política exterior comienza en casa

 

[1] Lafer Celso. 2002. “La identidad internacional de Brasil”: Fondo de Cultura Económica

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