El mundo cabe en una elección

por Néstor Leone

Con qué panorama global se encontrará el próximo gobierno. Qué cambios y qué continuidades se pueden esperar en política exterior

1 MARCOS DE REFERENCIA

Alberto Fernández se siente presidente. Presidente electo más que candidato. Aunque tenga que administrar los gestos, en uno y otro sentido, hasta el acto decisorio de las elecciones generales.Y lo hacen sentir presidente. No sólo el clima social favorable hacia su figura, impensado hace seis meses. También los empresarios que buscan imprevistamente cómo llegar a él, los acreedores que lo semblantean y pretenden conocer de primera mano sus próximos pasos o el sistema de medios que explora a tientas cómo realinearse. Y como candidato y virtual presidente electo, Fernández busca hacer pie en un mundo complejo que no parece traerle buenas noticias y que le recuerda el carácter marginal y periférico del país y, a su vez, reactualiza la ola de asombro por un supuesto potencial desaprovechado, por un mandato de potencia siempre incumplido. Sus viajes iniciáticos a España y Portugal, luego del contundente triunfo en las PASO, mostraron algunas puntas sobre los trazos posibles de su política exterior. Esos países son puertas de ingreso cultural y económico del país a Europa, pero también sus gobiernos (reformistas, socialdemócratas de nuevo tipo) aparecen como marcos de referencia posibles para anclar discursos disonantes o, por lo menos, distintos de los que acostumbró Mauricio Macri y el gobierno de Cambiemos en estos casi cuatro años. Las fugaces visitas a Bolivia y Perú, con improntas políticas distintas entre sí, muestran también otra mirada posible sobre la región, diferente de la del actual gobierno. Como apuesta a la captura de esa diversidad en la cual moverse. Lo mismo su visita a Lula da Silva, detenido en el penal de Curitiba. Aunque sean el México de Andrés Manuel López Obrador y el Uruguay del Frente Grande (y sus miradas geopolíticas en este nuevo contexto) las experiencias a las que Fernández parece prestarle mayor atención.

 

2 GIROS

Macri asumió la presidencia prometiendo un cambio en el rumbo de la política exterior respecto del kirchnerismo y, en lo que tienen de variables estos asuntos, cumplió su promesa. En los discursos y las sobreactuaciones pueden encontrarse las muestras más acabadas de estos cambios. Asumió en un contexto de retroceso en la región de las experiencias populares, progresistas o populistas (según la mirada del observador, pero también según sus propias diversidades) y pretendió erigirse en voz predominante de una derecha emergente en su reemplazo. Como cierre aparente de un ciclo político y como apertura posible de otro. Como si esos cambios se diesen más por razones cíclicas taxativas e irreductibles que por el desgaste (transitorio o no) de aquellas experiencias. La apuesta inicial de Cambiemos por Hillary Clinton en las elecciones presidenciales de 2016 que la demócrata perdiera frente a Donald Trump (tan outsider como republicano), aunque razonable o entendible desde varios puntos de vista, fue un indicador temprano de esa dificultad para tomarle el pulso a los tiempos históricos. Casi como una fatalidad. La política proteccionista de Trump, de reterritorialización productiva, de aumento de tasas de interés por parte de la Reserva Federal para captar flujos desde la periferia, de renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y de guerra comercial con China, como respuesta tardía frente a las secuelas de la crisis financiera de 2008, tenía su consonancia temporal con las decisiones de Gran Bretaña de abandonar la Unión Europea, por caso, sin que la mirada (o las anteojeras ideológicas) de ese elenco gobernante le permitiera advertirlo en su real dimensión. En ese sentido, con su prédica aperturista, de “reinserción en el mundo”, de alineamiento automático, Macri pretendió ir en consonancia con una marea global indulgente con esa mirada, cuando las aguas se mostraron en los hechos más a contramano. O, por lo menos, más contradictorias, movedizas y sin rumbos concluyentes.

 

3 VOLVER

En sus muchas intervenciones públicas de campaña, Fernández delineó pautas posibles sobre su gobierno. En términos propositivos, pero también ante las preguntas insidiosas que pretendían incomodarlo frente a sus críticas pasadas a los gobiernos de Cristina Kirchner, con quien comparte fórmula, o como explicación de su distanciamiento político de casi una década. Allí la reivindicación del“ primer kirchnerismo” fue su piedra de toque, el común denominador que decidió invocar como reconstrucción posible y como autocrítica, incluso. Fernández fue jefe de Gabinete entre 2003 y 2008, atravesado por la transición poscrisis, la transversalidad como manera de sumar en la diferencia y ciertos rasgos de economía con superávits gemelos, apelación a la idea de burguesía nacional como concepto a desempolvar y grados mayores de autonomía relativa. El precio en baja de las commodities que el país exporta, la guerra comercial mencionada entre Estados Unidos y China, la dureza mayor de la gestión Trump con las experiencias que no se condicen con su mirada geopolítica, la larga crisis política y económica de Brasil, principal socio comercial, o el incierto panorama regional, no obstante, parecen alejarnos de las condiciones de aquel escenario de kirchnerismo primigenio. Lula permanece preso en Curitiba, Brasil no pudo recuperar el largo proceso de crecimiento que se interrumpió en 2013 para volver a traccionar a la región, el Planalto ya no mira el mundo a través del BRICS y Jair Bolsonaro nunca termina de mostrar cuán ramplón y arcaico puede llegar a ser. Es cierto, el Consenso de Washington no tiene versión reactualizada para ofrecer y la disputa de sentidos y de rumbos sigue abierta, pero con márgenes más acotados.

 

4 SEÑALES

El gobierno de Cambiemos propuso“ reinsertar” a la Argentina en el mundo, como eufemismo para diferenciar su política exterior de la del kirchnerismo y actuar en consecuencia. Las varias giras de Macri y sus encuentros con los líderes de ese mundo al que se pretendía reingresar, la recategorización del país de mercado de frontera a mercado emergente, la organización de la cumbre del G-20 o la petición para incorporar el país al OCDE le permitieron ofrecer mayor visibilidad y lo proveyeron de algunos argumentos para mostrar lo bien que recibía el mundo su política exterior, pero no fueron reaseguro para compensar las muchas vulnerabilidades que la misma política de Cambiemos dejaba tras sus pasos. Cuando, en junio de 2018, la MSCI señaló que Argentina había completado todos los requisitos para volver a ser país emergente, la crisis cambiaria tomaba cuerpo; y cuando, en mayo de este año, fue confirmada la recategorización, la crisis en el país (ya mucho más que cambiaria) pegaba otro respingo. Sin posibilidades de convertir ese supuesto respaldo en suelo fértil para la promovida “lluvia de inversiones” o en chances más concretas para convertir al país en “supermercado del mundo”. Y con los acuerdos incumplidos con el FMI y una deuda que cuesta casi un PIB como herencia.

 

5 SENTIDOS

Fue en su visita a España donde Fernández ofreció hasta aquí mayores definiciones sobre política exterior. “Para que Latinoamérica florezca como continente tiene que actuar como tal. Estar separados nos debilita. Nuestra tarea es reconstruir la unidad latinoamericana en términos de nuestros intereses económicos. Lo mejor para enfrentar la globalización es estar unidos. El Mercosur no está funcionando bien”, sostuvo en el Congreso de los Diputados, antes de reunirse con el presidente Pedro Sánchez. En esa ocasión se le preguntó sobre el acuerdo de libre comercio firmado entre el Mercosur y la Unión Europea, señaló la necesidad de tener en cuenta las asimetrías entre los bloques para que el acuerdo no se instrumente “a costa de seguir perjudicando a la Argentina” y se comprometió a trabajar por la integración comercial. El conflicto en Venezuela y la exigencia (desde lugares diversos, antagónicos incluso) para que tome posición taxativa le trajo hasta aquí los mayores dolores de cabeza. Su distancia del Grupo de Lima y los guiños a las posiciones de López Obrador y del Frente Grande uruguayo fueron las respuestas que pudo hilvanar en campaña, toda vez que (ya sin efecto comprobado) Juntos por el Cambio pretendió “venezuelizar” la discusión. Quedará por saber cómo se articula todas esas definiciones, gestos, intuiciones e intereses en un mundo ciertamente complejo.

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