Elogio de CFK

por Néstor Leone

Cedió el primer lugar en la fórmula, aportó el mayor caudal de votos y condujo el proceso de rearticulación política opositora

 

1. LO NECESARIO

“¿2019? Te voy a dar una primicia maravillosa: no voy a ser ningún obstáculo para lograr la unidad del peronismo. Al contrario”, le dijo Cristina Kirchner a Luis Novaresio, en la entrevista que en septiembre de 2017 le concedió al sitio Infobae.“ ¿Esto significa que se autoexcluye?”, preguntó el periodista.“ Voy a hacer todo lo necesario”, pareció esquivar la expresidenta, entonces en el llano y en busca de una banca en el Senado. E inmediatamente señaló la necesidad de que esa unidad incluyese no sólo al peronismo, sino también a otros espacios en un frente amplio, en una “fuerza que amplíe sus fronteras”. Novaresio pidió precisiones y volvió sobre la posibilidad de que se autoexcluyera. “Si esto impide la unidad y ganar, no tengas dudas”, fue la respuesta de Cristina, que ese momento pasó desapercibida. Casi como si fuese un vacío gesto de campaña. El diálogo prosiguió alrededor de las causas en su contra, que avanzaban en la Justicia al calor del nuevo clima político, y cierta incredulidad, compartida por el mainstream periodístico, respecto de sus chances electorales y de su capacidad para reinventarse. Dos años después, Cristina va camino a convertirse en vicepresidenta, luego de haber cedido el primer lugar del binomio a Alberto Fernández, de haber generado condiciones para forjar acuerdos amplios con sectores críticos de su liderazgo o que la denostaban hasta hace no tanto y de haber manteniendo una centralidad política inédita, aun relegándose a un segundo plano. O por eso mismo.

 

2. CONDICIONES

Los actores no se mueven en el tablero político sólo a partir de su voluntad o de su iniciativa. Ni obtienen resultados conforme a éstas. Existen relaciones de fuerzas y condiciones estructurales que, aunque móviles y cambiantes, son marcos de referencia para esos márgenes de acción. Cristina tuvo esas condiciones de posibilidad. Por caso, un gobierno, el de Cambiemos, que no resolvió ninguno de los problemas o los desequilibrios que el país tenía, sino que los retroalimentó hasta niveles exorbitantes. Y que generó otros, que parecían superados o que no existían. Un gobierno, el de Mauricio Macri, que con su impronta regresiva deja un país bastante más endeudado, con un aparato productivo golpeado e indicadores socioeconómicos en caída libre, incluso aquellos que se supone que una gestión con su procedencia ideológica o social viene a garantizar (tasa de inversión, por ejemplo). Por el otro, la decisión oficial de elegirla permanentemente como rival, para hacer de la polarización el único escenario posible. En 2017, en aquella y otras intervenciones públicas, advirtió sobre la política de ajuste en curso, pero también sobre la que vendría, cuando el Gobierno hablaba todavía de gradualismo y era difícil mencionar la palabra crisis para caracterizar ese momento político. Es más, sus palabras sonaban alarmistas, fuera de lugar. Lo mismo, su candidatura, cuando predominaba la prudencia en la crítica y el opo-oficialismo. Esa actitud, en aquel momento, no le alcanzó para evitar la derrota frente al insulso Esteban Bullrich. Pero le sirvió para marcar un camino. Y, sobre todo, para ratificar varias de las conclusiones que venía madurando. Entre ellas, que a pesar del caudal propio, necesitaba ampliar el espectro. Que si el Gobierno apostaba por la polarización (que contribuía a que no perdiese centralidad), ella tenía que “despolarizar”. A su modo.

 

3. TÁCTICA Y ESTRATEGIA

En ese sentido, la decisión de ceder en Alberto la cabeza de la fórmula tuvo mucho de evaluación electoral, de análisis consecuente respecto de la disposición de piezas en el tablero. Era una especie de autocrítica implícita, luego de las críticas (pertinentes o no) por haberse “cerrado en su círculo íntimo” durante su última gestión y luego de rupturas estentóreas con dirigentes políticos, sociales y sindicales que habían formado parte de su elenco de gobierno. Autocrítica implícita, sin regodearse en la herida, en el error. Pero la decisión tuvo también bastante de apuesta por el día después. Como señal de realismo político ante la posibilidad de ganar en un escenario ciertamente complejo. La expresidenta había señalado varias veces en los últimos meses que el próximo gobierno iba a necesitar de una coalición más amplia que el frente electoral que le hiciera ganar las elecciones. La mención de un nuevo contrato social en la presentación de su libro “Sinceramente” iba en ese sentido. Lo mismo, la mención de José Ber Gelbard y su pacto social para el interregno de Héctor Cámpora y el tercer gobierno de Perón. El endeudamiento externo creciente, compromisos de pago en el horizonte cercano y la necesidad de renegociar para no caer en default requerirán de dosis parejas de firmeza, cintura política y pragmatismo. Cosas que Cristina, supuso, estaría en condiciones limitadas de proporcionar. Incluso, porque las expectativas sociales de los sectores que la acompañan hubiesen estado bastante por encima de lo que ella habría podido brindar como reversión del ciclo en curso.

 

4. EL ELEGIDO

Cristina tuvo el mérito de conducir el proceso de rearticulación opositora. Marcar sus líneas rectoras, sus tiempos. Mientras que Alberto se convirtió en su ejecutor, incluso cuando ya era precandidato. Reuniones con gobernadores, encuentros con dirigentes territoriales, acuerdo con Sergio Massa. En ese momento, la crítica habitual (o la preocupación entre los propios) era que se lo veía más como armador que como postulante a la presidencia. En campaña, el Frente de Todos (y Fernández, en especial) tuvo el mérito de ofrecer una alternativa ante el desgaste acelerado del Gobierno y una clave discursiva para contener a los votantes tradicionales del kirchnerismo (su núcleo duro), pero también para sumar a segmentos desencantados con Cambiemos (más allá, también, de su núcleo duro) y a los votantes alejados de unos y otros, integrantes heterogéneos de una (ahora) imposible tercera vía. El recuerdo del rol clave de Fernández en el gobierno de Néstor Kirchner, con la transversalidad como manera de sumar en la diferencia y ciertos rasgos de económica con superávits gemelos, la apelación a la idea de burguesía nacional como concepto a desempolvar y la búsqueda de grados mayores de autonomía relativa, marca un camino posible. A pesar de que el contexto sea otro. Demasiado diferente de aquel de 2003. Aunque tenga la palabra crisis como común denominador. Qué rol jugará Cristina en ese nuevo esquema de gobierno posible es una de las preguntas que encontrarán respuestas en las decisiones que compartan. En ese juego de tensiones entre voluntad y condicionantes

 

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