Las expectativas y las ofertas electorales

por María Victoria Murillo (*)

Todas las teorías sobre voto económico, en un contexto de inflación y recesión, anticipaban una derrota de Macri, como le hubiera ocurrido a cualquier otro presidente de la región con esos indicadores

Como en cualquier oferta,“ barato” es una categoría que se entiende en relación a lo que esperábamos pagar. Este domingo, todas las teorías de voto económico pronosticaban derrota con inflación y recesión para quien fuera el partido de gobierno dada la penosa situación económica en la Argentina (y con esos números la expectativa hubiera sido similar en el resto de la región). Mauricio Macri sacó un millón de votos más que en las PASO de 2015 y subió 3 puntos porcentuales. En 2015, obtuvo esos resultados prometiendo acabar con la pobreza, bajar la inflación y unir a los argentinos. En 2019, con pobreza, inflación, recesión y grieta. La sorpresa podría haber sido su capacidad de retener al tercio del electorado no-peronista, pero en lugar de eso nos asombramos con el estrépito de su derrota ¿Por qué? La respuesta son las expectativas generadas por encuestas que no auguraban ese resultado o por políticos que no querían creer lo que las encuestas decían ni siquiera cuando los beneficiaba. ¿Era el shock de 2015 lo que atemperaba los ánimos del peronismo o era miedo a los vaivenes económicos que finalmente sacudieron a la Argentina desde el lunes 12? ¿Creían realmente en el gobierno que la supuesta campaña de Big Data les permitiría ganar o estaban también atrasando la corrida? Más allá de la sorpresa y del resultado de octubre, el tercio de los votos no-peronistas en estas circunstancias permite pensar en una construcción de largo plazo que proponga alternancia futura si hubiera vocación de construcción partidaria institucional como la que supo tener la UCR. Esa ambición política es crucial para pensar su relación con el electorado.

Alberto Fernández hizo una excelente elección porque saco casi 3 millones más de votos que Daniel Scioli en 2015 y 10 puntos porcentuales más. Pero Alberto Fernández no representa al FpV como Scioi sino a una construcción más amplia que incluye, entre otros, a Sergio Massa, el contendiente de Scioli y Macri en 2015. Y la UNA que llevó a Massa como candidatoen la primera vuelta había obtenido casi 4 millones setecientos mil votos (más del 20%) en las PASO de 2015. Incluso en la primera vuelta Massa aumentó el número de votos y el porcentaje que obtuvo sumado al de Scioli alcanzaba el 58%. Es decir, bastante más que el 47% que obtuvo Fernández en las PASO de 2019 gracias a la unidad del peronismo y la creación de un espacio más amplio que el FpV. Es decir, el resultado no debiera habernos sorprendido tanto, pero abre la incógnita sobre el posible techo de Fernández si este decide seguir con una estrategia inclusiva que busque recuperar votantes de Massa en 2015 que aún no se le sumaron.

¿Nos hubiéramos sorprendido de igual modo si hubiéramos dejado de prestar atención a los medios y encuestas y hubiéramos ajustados nuestras expectativas a los resultados de 2015, al desempeño económico del gobierno, que históricamente ha sido determinante en las elecciones presidenciales, y a la unidad del pan-peronismo lograda gracias a la hábil jugada de Cristina Fernández que designó a Alberto Fernández como candidato a presidente y a ella misma como candidata a vicepresidente? Los apoyos al gobierno se mantuvieron más firmes en Córdoba (incluida la capital), ciudad de Buenos Aires, y la zona núcleo, volviendo a una coalición exportadora que ha sostenido al voto no peronista históricamente y que fue reactivada en 2008. Las condiciones estructurales apuntaban al resultado del domingo incluso cuando las encuestas, los medios, y las mismas percepciones de muchos políticos lo opacaran. También sabíamos que un reacomodamiento de expectativas políticas se trasladaría al mercado, y como siempre al dólar, que había estado artificialmente ‘planchado’ como parte de la estrategia electoral. En esto no hubo sorpresa alguna.

Para los que ya hemos vivido la experiencia de corridas y crisis económicas –y sabemos sobre quien recae su impacto más duro– es importante requerir que los políticos acudan a un momento de ‘virtu’ que se sobreponga a la grieta y la iniciativa la debe tener quien está a cargo del país, es decir Macri. Las PASO no le dieron ningún poder institucional a Alberto Fernández ni modificaron la composición del Congreso, pero expresaron las preferencias de la ciudadanía. Las mismas deberían ser escuchadas en un acuerdo que cruce la grieta. La deuda externa exigirá renegociación con el FMI y la economía demandara decisiones complejas, las mismas requieren credibilidad tanto doméstica como internacional. Dicha credibilidad crecería si reflejaran políticas tomada en un acuerdo que involucre al gobierno y a la oposición de hoy y a los que tendrán esos roles desde el 10 de diciembre. Si bien pudiera parecer que la grieta es la mejor estrategia electoral, los votantes valoraran los esfuerzos por consolidar la estabilidad como una respuesta de los políticos a su expresión en las urnas. Los argentinos valoran enormemente la capacidad de los políticos de manejar la macroeconomía –según lo medimos en un estudio con Ernesto Calvo en una época de vacas gordas– y especialmente los sectores más humildes que al ser los que más sufren las crisis son los que más peso dan a esta dimensión al decidir su voto. Recordarlo es importante no solamente como estrategia electoral. sino porque las elecciones son el único instrumento que tienen los votantes para que los políticos los oigan y este domingo se mostró que la ciudadanía quería ser escuchada.

 

(*) Columbia University (@VickyMurilloNYC)

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