De gobiernos y de pactos: en honor a la vieja política

por Miguel De Luca y Andrés Malamud

Escribimos esta columna en julio de 2018, pero por razones inconfesables decidimos no publicarla. Hoy, quizás demasiado tarde, parece escrita con el diario del lunes

 

Aunque para muchos es imprevisible, la política argentina registra un par de regularidades. Una: los peronistas gobiernan largo pero cada tanto pierden. La otra: mantienen una perpetua mayoría en el Senado. De vez en cuando pierden porque los compañeros no siempre se toman en serio eso de “todos unidos triunfaremos”; el Senado lo dominan por la homogénea distribución territorial de sus votantes. Ambas regularidades están vinculadas por la involuntaria contribución de los gobiernos no peronistas, ignorantes de esta encrucijada o incapaces de resolverla.

Un gobierno no peronista será siempre un gobierno de minoría. La ilusión de gobernar sin la política, sólo con los mercados y la opinión pública, dura mientras haya viento a favor. A mediano plazo, su disyuntiva es acordar o caer. Y aunque se busquen otras sedes y firmantes, la supervivencia sólo la permite un pacto con la mayoría peronista en el Senado. Para quienes tengan dudas, hay lecciones disponibles en los gobiernos de Alfonsín, la Alianza y Cambiemos.

Los acuerdos políticos se forjan por necesidad, no por gusto.Y se rubrican entre quienes preferirían evitarse, sea porque rivalizan, se desconfían o todo a la vez. Por eso no se cierran con un apretón de manos, sino de la manera más parecida a un contrato en dos copias firmadas ante escribano.

Un pacto exige compromisos; en otras palabras, concesiones mutuas. Lo ilustra bien la expresión del latín do ut des, te doy para que me des. Esas concesiones están ensambladas, clavadas y atadas. No hay lugar para realizar algunas y desconocer otras. Además de sentarse a la mesa, los comensales acuerdan un menú con raciones equivalentes de manjares y de sapos.

Los pactos pueden asumir tres formas, de mayor a menor: un gran acuerdo público sobre medidas de gobierno, un acuerdo mínimo sobre las reglas de confrontación (incluyendo la no persecución judicial) o múltiples acuerdos ad hoc sobre o bajo cuerda. No hay óptimo objetivo: todos tienen costos y beneficios, que en parte dependen de condiciones externas a los firmantes y, en parte, de su número y grado de cohesión interna. Las condiciones externas se reducen a tres: ciclo económico, ciclo electoral y circunstancias excepcionales. El gobierno tiene más recursos de negociación cuando el ciclo económico está en alta, al principio del mandato y en años no electorales. Y tiene menos recursos cuando la economía cae, hacia el fin del mandato y durante años electorales.

Las circunstancias excepcionales son imprevisibles (conflictos internacionales, shocks externos, escándalos de corrupción, decesos inesperados) pero, con cabeza abierta y pulso firme, pueden ser piloteadas.

El número de los actores determina los incentivos para acordar: los beneficios a repartir son pocos si los que acuerdan son muchos, pero lo que está en juego es mucho si los que acuerdan son pocos. La cohesión de los actores marca, en cambio, los costos de pactar. A mayor cohesión menores costos porque se reducen los puntos de veto, y a la inversa. Los pactos mayores y públicos se consiguen entre firmas oligopólicas y cohesionadas. En contraste, cuando la política es un bazar sólo queda espacio para acuerdos menores, ad hoc y reservados. Dilema de los presidentes no peronistas minoritarios: sin la división del peronismo no ganan elecciones, pero con ella sólo gobiernan el corto plazo.

En política, como en economía, el largo plazo exige medidas anticíclicas, que son contraintuitivas. Es preciso generar los acuerdos cuando se está arriba, es decir, ceder cuotas de poder mientras se lo tiene. Después es tarde.

Siempre hay lugar para la innovación y para la experimentación, aunque ambas tienen sus riesgos. Un acuerdo político no es politics as usual sino, por el contrario, una innovación política. También tiene riesgos: cuando algunos arreglan adentro, disconformes y excluidos gritan afuera. El Pacto de Olivos potenció el crecimiento del Modin y del Frente Grande, pero luego facilitó integrarlos; la coalición peronista-radical de 2002 permitió navegar la peor crisis de la historia sin que se rompiera la democracia.

Los pactos no son una condición necesaria de la democracia. No todas las democracias han tenido pactos, pero unas cuantas han prosperado y otras han sido y son mejores gracias a ellos. En contraste, son pocas las democracias que han involucionado a causa de los pactos que las crearon o las estabilizaron. Pero siempre los pactos resultaron herramientas útiles para generar políticas públicas consistentes, estables y de largo plazo, promover la cooperación y mitigar el oportunismo.

El futuro de la Argentina depende de la concreción de acuerdos, aunque sea mínimos, y éstos requieren visión por parte de los líderes y mucha, mucha muñeca política. Por eso reivindicamos la rosca.

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