La historia y el “síndrome de la refundación”

por Camila Perochena (*)

 

Argentina suele padecer el“ síndrome de la refundación”. Desde comienzos del Siglo XX hemos visto sucederse gobiernos democráticos y dictatoriales que proclamaron ser los protagonistas del inicio de una nueva era, de un nuevo origen que venía a romper con todos los males del pasado. Así ocurrió con Hipólito Yrigoyen, con Juan Domingo Perón y con la mayoría de los presidentes posteriores a la transición democrática. Así ocurrió también con los gobiernos militares. En todos los casos la pretensión refundacional puso  en juego y en tensión el vínculo entre pasado, presente y futuro. Algunos buscaron refundar recurriendo a ciertas genealogías del pasado; otros lo hicieron dando la espalda al pasado para proyectarse hacia el futuro.

¿Qué papel puede jugar la historia en un país que sufre de este síndrome? El pasado es siempre un espacio de disputa en el que participan una multiplicidad de actores. Qué  recordar y cómo recordar son preguntas que atraviesan a toda sociedad. Las respuestas a esas preguntas suelen abrir brechas y generar polémicas. Y en ellas los líderes políticos juegan un papel relevante. Los gobiernos de turno quieren darse a sí mismos un lugar en la historia nacional y para ello pueden apelar a diversas operaciones. Las representaciones del pasado que evoquen, apuntan a persuadir y a convencer al público y por ello hablan más del presente que de la historia. El objetivo en este caso no es conocer el pasado sino conmemorarlo o repudiarlo, juzgarlo o utilizarlo en pos de legitimar cursos de acción política.

La operación que realizan los historiadores profesionales es, por cierto, muy diferente. Ellos van al pasado basándose en investigaciones académicas sometidas a las reglas  establecidas dentro del campo disciplinar y científico. El compromiso del historiador es la búsqueda de la verdad; una verdad siempre sometida a revisiones y debates, pero desafiliada de los enfrentamientos más contingentes de la arena política. En esos enfrentamientos, la responsabilidad pública de los historiadores reside –o al menos aspiro
a que así sea– en la deconstrucción de mitos y en exhibir las especificidades del pasado para evitar caer en las frecuentes visiones binarias y maniqueas de héroes y villanos. En suma, su tarea es devolverle al pasado sus ambivalencias para no aplanarlo en un eterno presentismo.

Algunas fechas emblemáticas reactualizan la brecha entre la emoción de la  conmemoración y la racionalidad del trabajo histórico. Una brecha inevitable por cuanto la interpretación historiográfica no goza del mismo atractivo del mito, del relato romántico o de las representaciones binarias. Los gobiernos, por tal motivo, suelen recurrir en esas fechas a estas últimas visiones del pasado o prefieren ignorarlas por incomodidad o simple desinterés.

Tomemos un ejemplo de esta brecha. Las dos efemérides patrióticas por antonomasia en nuestro país son el 25 de mayo y el 9 de julio. Dos fechas que desde los orígenes de sus celebraciones en el temprano siglo XIX han puesto en evidencia las tensiones en torno a cuál de ellas era la más emblemática y poco más tarde en cuál de ellas debía anclar el mito fundacional de la nación. La consagración de que la independencia de 1816 fue el punto de llegada necesario, ya inscripto en la gesta revolucionaria de 1810, selló el mito: los revolucionarios de 1810 tenían un plan preconcebido de independizarse de la metrópoli porque eran portadores de una conciencia nacional.

Los presidentes en sus discursos conmemorativos, no importa su signo político, suelen
reproducir esta interpretación canónica construida por Bartolomé Mitre, el primer presidente de una República Argentina unificada en la segunda mitad del siglo XIX. Desde hace más de tres décadas, la más renovada historiografía profesional viene revisando la versión canónica. Ha demostrado que a la independencia se arribó luego de disputar entre diversas alternativas, que esa independencia no fue el origen de la nación argentina y que esta última fue a su vez producto de otras tantas disputas y por lo tanto también un punto de llegada y no de partida. En el mito, la nación precedió al Estado; en los hechos, el Estado precedió a la nación.

El divorcio entre el discurso político y el discurso historiográfico se reproduce en otros
tramos del pasado. ¿Por qué los discursos públicos conmemorativos que impulsan los gobiernos de turno prestarían atención a las versiones menos heroicas que emanan de los historiadores? La respuesta inmediata es que conmemorar es una decisión política, no histórica ni historiográfica. Pero el interés público por el pasado no se reduce a la conmemoración. Para hacer inteligible el presente, para proyectar una política hacia el futuro, es preciso no abusar de las visiones simplistas sobre la historia ni tampoco ignorarla en nombre del porvenir. Simplificar las miradas sobre el pasado es simplificar
las miradas sobre el presente e ignorar el pasado es caer en la ilusión de que una sociedad
puede ser moldeada como una tabula rasa. No es éste un manifiesto que presuma o aspire a darles a los historiadores un determinado lugar en el discurso público. Es más bien un manifiesto de la evidencia: el exceso de  pasado y el exceso de futuro son dos caras del síndrome refundacional. La idea refundacional trae consigo un fracaso; a saber, la promesa de un nuevo comienzo, al ser ficticia, nunca va a poder concretarse. La pasión por separarse del pasado, repudiándolo u olvidándolo, condena a la sociedad a ignorar que esta pasión por la ruptura es en sí misma un legado de ese pasado. La historia es el magma en el que se configuran las culturas políticas y, para bien o para mal, está allí

 

(*) Profesora en Historia (UNR), Magíster en Ciencia Política (UTDT) y doctoranda en Historia (UBA). Publicado originalmente en “Ideas para la Argentina del 2030”

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