Argentina y Rusia: pragmatismo y límites

por Tomás Múgica

Los dos últimos gobiernos argentinos le prestaron atención a las relaciones con Moscú, pero el anterior con una mirada más política mientras que el actual privilegia los lazos económicos

Un tópico común, cuando se analiza la evolución del sistema internacional desde comienzos del Siglo XXI, es la redistribución del poder mundial, marcada por el ascenso de nuevos poderes que desafían el liderazgo de Estados Unidos. A partir de esta edición y en sucesivas columnas, exploraremos la relación de Argentina con esos centros de poder.

Comenzamos por Rusia, una potencia reemergente. Después de la declinación de los ´90 que siguió a la implosión de la URSS, bajo el liderazgo de Vladimir Putin la política  exterior rusa se ha vuelto mucho más asertiva. Las bases materiales de su poder son modestas en relación a sus aspiraciones: representa el 1,6% del PBI mundial (una cifra similar a la de Corea del Sur), a lo cual se suma su marcada dependencia de las  exportaciones de energía (petróleo y gas representan aproximadamente el 50% del total.

Es un jugador de primer nivel en esos mercados, 2° exportador mundial de petróleo y 13° de gas). Sus capacidades militares, en buena medida heredadas de la URSS, y la voluntad política de sus dirigentes, dirigida a restaurar su papel de gran potencia, compensan en parte esas deficiencias. El respaldo al régimen de Al-Assad en Siria, la anexión de Crimea a expensas de Ucrania y la reciente venta de armas a Turquía son expresiones de una política exterior que a pesar de las debilidades no renuncia a la competencia con Occidente.

¿Cómo se manifiesta esa política en América Latina? La respuesta arranca en Europa del Este y el Cáucaso: para Putin –como para gran parte de la dirigencia rusa a lo largo de la historia– el avance de Occidente sobre el entorno más cercano de Rusia representa una amenaza para su seguridad; en esa mirada, la ampliación hacia el este de la OTAN y de la UE y el apoyo a regímenes pro-occidentales en países vecinos a Rusia constituyen la  manifestación más reciente de esa política de cercamiento. Es a partir de esta percepción que se puede entender la política rusa hacia América Latina:en nuestra región Rusia busca crear vínculos que contrapesen aquellos que Estados Unidos tiene con estados como  Ucrania, Georgia y los países bálticos. La venta de armas y las inversiones en el sector petrolero en Venezuela, la cooperación en materia de seguridad con Nicaragua, los vínculos comerciales y el reequipamiento de las fuerzas armadas en Cuba –continuidad de los lazos de la isla con la URSS– son expresiones de esta lógica de balance a Estados Unidos en su patio trasero.

 

Argentina y Rusia: historia y presente

En el caso de la relación con Argentina se suman otros factores de interés para Rusia:  nuestro país es miembro del G 20, posee un desarrollo considerable en el área nuclear y es uno de los mayores exportadores de alimentos del mundo. La relación bilateral tiene un recorrido apreciable. Establecidas en 1885, las relaciones diplomáticas se interrumpieron tras la revolución de 1917. Sería Perón en 1946 el encargado de reanudar los vínculos, enviando el primer embajador argentino ante la URSS, el bloquista sanjuanino Federico Cantoni. Tras años en los cuales se impuso la lógica de la Guerra Fría, el Perón del retorno continuó desarrollando la relación bilateral, cuando en 1974 envió a José Ber Gelbard en una gira por la URSS y Europa del Este para estrechar los vínculos económicos (uno de cuyos frutos fue la provisión de turbinas rusas a la central de Salto Grande). Durante el Proceso, y merced al embargo cerealero norteamericano, Argentina llegó a ser el principal proveedor de la URSS. Tras el regreso de la democracia y aun en plena disputa Este-Oeste, Raúl Alfonsín fue el primer presidente argentino en visitar la URSS en 1986. Menem continuó la tarea, viajando antes y después del fin de la URSS, en 1990 y 1998. Los logros fueron modestos, pero sentaron las bases políticas y jurídicas para una relación más intensa.

Fue Cristina Fernández quien llevó el vínculo a otro nivel. Para el kirchnerismo, el acercamiento a Rusia –rival de Estados Unidos y promotor de un orden internacional multipolar– fue una credencial que confirmaba su condición de país reformista en el sistema internacional y la persecución de una política exterior autónoma. CFK visitó Rusia en 2008 y 2015 (también en 2013 en ocasión de la cumbre del G 20 en San Petersburgo) mientras que Medvédev y Putin vinieron a nuestro país en 2010 y 2014 respectivamente. En 2015 una declaración conjunta otorgó a la relación carácter de asociación estratégica integral. La cooperación se incrementó significativamente en diversas áreas: en 2014 se firmó un convenio de cooperación nuclear con fines pacíficos, que derivó en el proyecto –luego postergado por Macri– de construir una central nuclear con tecnología rusa; en 2014 la cadena RT (Russia Today, bajo control estatal), elemento importante en la estrategia de poder blando de Rusia, comenzó a transmitir en el país a través de la Televisión Digital Abierta. Más allá de estos compromisos-y de las coincidencias mostradas en foros multilaterales como el G 20 – el gesto político decisivo de CFK hacia Putin fue la abstención de nuestro país en la Asamblea General de la ONU, evitando condenar a Rusia por la anexión de Crimea en 2014.

Si para CFK el acercamiento a Rusia significó una demostración de autonomía y la expresión de una apuesta por un sistema internacional multipolar, para Cambiemos –claramente alineado con Estados Unidos, especialmente después de recibir asistencia de FMI en 2018– la relación con Rusia es una manifestación de pragmatismo y del peso de las cuestiones económicas en su política exterior. A pesar de las críticas del macrismo (mientras fue opositor) al vínculo entre CFK y Putin, el gobierno de Cambiemos ha sostenido la relación bilateral, aunque restándole densidad política para concentrarse en los aspectos económicos. En enero de 2018, Macri visitó Rusia con una agenda  localizada en el comercio y las inversiones, mientras que en diciembre de ese año Putin llegó a Buenos Aires para participar de la Cumbre del G 20 y reunió con el Presidente.

Por el momento, las expectativas superan a la realidad. El comercio bilateral crece, aunque todavía es modesto –ronda los US$ 1.000 millones– y se concentra en pocos rubros: nuestro país exporta productos primarios como frutas, residuos cárnicos y pescado e importa fertilizantes, combustibles y productos químicos. Rusia no es un inversor de peso en Argentina, pero aspira a posicionarse como un jugador significativo en  tres sectores estratégicos: transporte, energía y desarrollo nuclear. En el primer caso, el fabricante de material ferroviario TMH inauguró un taller en Mechita (Buenos Aires); mientras, Gazprom Bank quiere invertir en el desarrollo de un puerto sobre el Paraná y empresas rusas se interesan en la construcción de la línea férrea que conecte Vaca Muerta con el litoral atlántico. En los otros dos sectores el avance es más lento: Rusia apuesta, sin resultados visibles todavía, a ser uno de los participantes en el desarrollo de Vaca Muerta, a través Gazprom y Rosneft (compañías controladas por el Estado). Procura, además, ser un proveedor de tecnología nuclear; sin embargo, el acuerdo firmado con Rosatom (otra compañía pública) en 2015 para construir una central nuclear no prosperó y en ocasión de la visita de Putin en 2018 el gobierno alegó razones presupuestarias para postergar el proyecto.

Las demoras revelan otros desafíos: privilegiando el aspecto económico de la relación, el gobierno de Cambiemos apuesta a expandir el intercambio comercial y alienta las inversiones rusas; sin embargo,no está claro cuál es su margen de acción y su voluntad política para dejar ingresar a ese país en sectores sensibles para Estados Unidos: Vaca Muerta y el desarrollo nuclear. Es en esas áreas dónde se pondrá a prueba tanto la fortaleza del vínculo con Rusia como la capacidad de veto de la administración Trump sobre la política exterior de nuestro país.

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