Un posible cambio de clima en la región

por Julio Burdman

Macri hará de la política exterior un tema de campaña y Fernández encontrará allí un espacio para marcar las diferencias entre ambos

 

Hablar de “oleadas políticas regionales” trae problemas, porque los casos suelen ser distintos entre sí y el trazado de analogías, etiquetas y comparaciones superficiales no deja conforme a nadie. Pero parece un ejercicio inevitable, porque los círculos politizados de y sobre América Latina lo hacen. Habiendo demanda y preguntas, parece cuestión de hacerlo pero sin exagerar a la hora de las conclusiones. Pero hay más, porque los actores políticos de la región se vinculan crecientemente entre sí, dando lugar a redes de amistad y enemistad que invitan a hacer las infografías de las “oleadas regionales”. Sin ir más lejos, recientemente Alberto Fernández visitó a Lula en la cárcel en la ciudad de Curitiba, y rápidamente recibió la respuesta negativa del presidente Bolsonaro, quien lo criticó duramente y explicitó su deseo de que Mauricio Macri sea reelecto. Poco después su vicepresidente, el general Hamilton Mourao -quien es, a su vez, acusado por los propios hijos de Bolsonaro de conspirar contra su padre- pretendió poner paños fríos –y desautorizar, una vez más, a su jefe–, advirtiendo que ganase quien ganase en Argentina, las relaciones bilaterales son formales y un asunto de Estado.

La mirada de conjunto sobre las elecciones presidenciales crea un “clima” que, en mayor o menor medida, puede influir. Entre octubre y diciembre próximos se van a definir los gobiernos de tres países sudamericanos –Argentina, Bolivia y Uruguay–. Y tras varias elecciones presidenciales sucesivas que ganaron los candidatos conservadores en los últimos años –Macri en Argentina, Bolsonaro en Brasil, Duque en Colombia, Piñera en Chile–-, ahora está planteada la hipótesis de que en estas tres elecciones se impongan las opciones “progresistas” de cada uno de estos países. Esto abre dos grandes interrogantes, al menos: ¿se quiebra la racha del giro conservador? ¿Puede surgir una red de gobiernos sudamericanos que asuma posiciones distintas a las hoy imperantes frente a temas como Venezuela, Estados Unidos, el FMI o China?

Las tres elecciones van a tener lugar casi en forma simultánea. En Bolivia se realizarán elecciones generales para presidente y miembros del Parlamento –130 diputados y 36 senadores para el periodo 2020-2025– el 20 de octubre próximo, con un eventual balotaje que tendría lugar el 15 de diciembre. Mientras tanto, en Uruguay –que ya tuvo primarias– las elecciones se van a llevar a cabo el 27 de octubre, con una eventual segunda vuelta el 24 de noviembre. Y en el caso de Argentina, las elecciones presidenciales (una vez realizadas las primarias el próximo 11 de agosto) también se llevarán a cabo el 27 de octubre con un posible balotaje el 24 de noviembre. En las tres campañas hay incertidumbre sobre los resultados. En Bolivia las encuestas muestran que Evo Morales va primero aunque su principal contendiente, el ex presidente Carlos Mesa, se acerca a medida que comienza a concentrar el voto opositor, que de sumarse podría eventualmente superar al oficialismo. En Uruguay los candidatos del Frente Amplio y el Partido Nacional –Daniel Martínez y Luis Lacalle Pou, respectivamente– pujan por el primer lugar pero todo sugiere que van a una segunda vuelta y allí la experiencia dice los votos del Partido Colorado –que lleva, en esta oportunidad, a Ernesto Talvi– suelen ir al candidato blanco. En 2019 hay otro elemento, que es la aparición de una cuarta fuerza, Cabildo Abierto, de discurso artiguista y conservador en lo social, liderada por el general Guido Manini Ríos. No está claro adónde irían los votos de Manini en una eventual segunda vuelta entre Martínez y Lacalle Pou. Y en Argentina, como ya sabemos, la elección se ha bipolarizado, con una leve ventaja para el Frente de Todos en las primarias y múltiples dudas sobre cómo evolucionarán los votos en los rounds posteriores.

Los resultados están abiertos pero supongamos que los tres candidatos progresistas se imponen. Un primer desafío sería la relación entre una Argentina gobernada por el peronismo y con el retorno de CFK al poder, y el Brasil de Bolsonaro. Por primera vez desde la democratización de los años ochenta, las relaciones bilaterales estarían atravesadas por la desconfianza ideológica. Fernández seguramente buscaría que las excelentes relaciones bilaterales que Argentina mantiene con todos sus vecinos –uno de los activos de nuestro país en la región– se mantengan constantes, pero a su vez no sería impensable que busque desarrollar nuevas afinidades con los gobiernos eventualmente relegitimados de Uruguay y Bolivia, que han mostrado divergencias con el eje Trump-Bolsonaro-Duque. Por ejemplo, en el caso Venezuela. Morales, aunque es un pragmático, está comprometido con Maduro. Y Uruguay, junto a México, ha tratado de buscar una vía intermedia ante el dilema, consistente en diferenciarse de las declaraciones del Grupo de Lima –que Argentina integra con entusiasmo– y de Guaidó, bregar por la mediación y la salida electoral.

Esa proliferación de disidencias no sería buena para Brasil, que se encontraría carente de ese papel articulador de la política regional que supo tener por décadas. La visita de Fernández a Lula en Brasil tuvo más de un propósito. Le dio contenido a un posicionamiento regional alternativo al de Macri, a quien busca asociar con Bolsonaro y Trump, y pudo solidarizarse con Cristina Kirchner, ya que el Frente de Todos sostiene que Lula, CFK y Correa son víctimas de la misma judicialización política, el lawfare. La herida de la cárcel tiñe de un dramatismo inusual a estos alineamientos paradiplomáticos. Pero al mismo tiempo su candidato en la Ciudad de Buenos Aires, Matías Lammens, hacía lo propio con José “Pepe” Mujica en su casa en Uruguay. Lula y Mujica son dos figuras respetadas del progresismo, con las que Fernández busca identificación; él es un crítico del “giro a la derecha” regional, pero también de Nicolás Maduro.

Aunque Fernández intente oponer una imagen progresista moderada en el plano regional, una línea de interpretación estará a la expectativa de una suerte de “contragiro” continental. Para esperanzarse con ella, o para asustarse. Sin dudas, ni la cárcel de Lula ni la chacra del “Pepe” tienen el brillo ni la expresión de poderío de las fotos de Macri en el G20 o en abrazos celebratorios del preacuerdo UE-Mercosur. Macri hará de la política exterior un tema de campaña; Fernández, por obvios razones, encontrará allí un hilo de diferenciación.

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