Keeping America Great

por Tomás Múgica

Donald Trump irá en busca su reelección con buenos números económicos y un discurso previsible pero en condiciones distintas a las de 2016 porque ahora cuenta con el apoyo del establishment republicano

A un año y cinco meses de las elecciones de noviembre de 2020, Donald Trump lanzó su campaña para la reelección. Aunque las encuestas muestran resultados no del todo favorables por el momento –la aprobación de su gestión alcanza el 43%, según Gallup y nunca ha superado el 50%– el presidente norteamericano confía en que repuntará. El estado de la economía debería ayudarlo: creció a una tasa anualizada del 3,1% en el último trimestre, con desempleo mínimo (3,6%) y salarios creciendo al 1,6%.

Aun si fuera incapaz de asegurar su reelección – desde la segunda posguerra sólo James Carter y Bush padre no lograron un segundo período– Trump habrá dejado huella. Y ello no sólo por su estilo, arrogante, confrontativo y políticamente incorrecto. Su elección en 2016 ha contribuido a reconfigurar el debate político en las democracias desarrolladas de Occidente y constituye un hito central en un proceso político más amplio, con epicentro en Estados Unidos y Europa, de rebelión antiglobalista. El Brexit y el avance de la derecha nacionalista en gran parte de Europa son otros elementos significativos de esa reacción.

El discurso en el cual anunció que buscaría su reelección, pronunciado en Orlando (Florida) el 18 de junio, fue un ejemplo claro de esa mirada, controversial y poderosa a la vez. Allí Trump describió a sus seguidores como parte de “un movimiento político formado por patriotas que trabajan duro, que aman su país, aman su bandera, aman a sus hijos, que saben que una nación debe preocuparse primero por sus ciudadanos”. En la narrativa trumpista, ese pueblo sacrificado, inocente y trabajador se enfrenta a un establishment político corrupto –en buena medida encarnado por demócratas como“ crooked Hillary” (Hillary retorcida)– y sus medios de comunicación aliados, que difunden noticias falsas. En su batalla, el pueblo es conducido por un líder consustanciado con los intereses de las mayorías, que no cede a los intereses especiales: el propio Trump. El resultado es una revitalización de la democracia –una devolución de poder desde las elites de Washington
hacia los ciudadanos comunes– y un retorno de la prosperidad: “The american dream is back” , aseguró ante sus seguidores.

Dos temas principales animan la rebelión que Trump canaliza a nivel político. El primero es la pérdida de puestos de trabajo –fundamentalmente en la industria– como consecuencia del outsourcing hacia países de salarios más bajos y condiciones laborales más precarias como China y México, y la correspondiente caída del salario real de los trabajadores menos calificados. China, dijo Trump en Orlando, “nos tomó por tontos”, usando medios desleales para fortalecer su posición comercial.

El segundo es la inmigración ilegal, especialmente la proveniente de México y Centroamérica. Trump describe a esos inmigrantes como un peligro, asociado al crimen organizado y la sobrecarga de los sistemas de seguridad social. Las leyes migratorias de Estados Unidos, dijo en su discurso, son “una desgracia” y deben ser reformadas con apoyo bipartidista. En las últimas semanas prometió completar 400 millas de muro fronterizo con México y realizar deportaciones masivas de indocumentados.

Existe una tercera bandera levantada por el presidente norteamericano, que trasciende la base de trabajadores enojados, y que es cara a la mayoría del Partido Republicano desde los tiempos de Reagan y la Moral Majority: la lucha contra el aborto. Desde su llegada al poder Trump avanzó significativamente en el recorte de fondos federales a organizaciones pro-choice, como Planned Parenthood y nombró a dos jueces pro-life en la Corte Suprema. Los republicanos, señaló en Orlando, creen que cada vida“ es un regalo sagrado de Dios”.

La política exterior de Trump refleja sus posicionamientos domésticos y expresa una reacción de Estados Unidos frente a su declive relativo (“Make America great again” y ahora “Keep America Great”) y el ascenso de China. En esa dirección, buena parte de sus esfuerzos se dirigen a cuestionar los beneficios del orden liberal del cual los norteamericanos han sido arquitectos principales. La “guerra comercial” con China, la marcha atrás con el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y la renegociación del NAFTA (ahora llamado USMCA o T-MEC en castellano), en el terreno de la política comercial internacional, más otras medidas como el abandono del Acuerdo de París sobre cambio climático, son expresiones de ese posicionamiento. El retiro de Estados Unidos del pacto nuclear (JCPOA) con Irán, las negociaciones sobre armas nucleares con Corea del Norte, y las presiones a sus socios europeos dirigidas a redefinir el financiamiento de la OTAN, en materia de seguridad, responden a la misma lógica. Trump critica el multilateralismo, reafirma la soberanía nacional frente a cualquier condicionamiento externo y busca renegociar los compromisos internacionales de Estados Unidos en términos que considera más ventajosos para el país. Su agresividad no descarta la negociación, siempre después de golpear. El tiempo dirá cuál es el resultado global de sus iniciativas.

Con su propio partido alineado tras su figura –algunos de sus desafiantes en 2016, como Marco Rubio, estuvieron en Orlando mostrando su apoyo– Trump vuelca sus ataques hacia los demócratas. Ellos representan, afirma, el “socialismo radical”, una afirmación difícil de comprender fuera del contexto norteamericano, en el cual demandar un seguro universal de salud al estilo de los países europeos implica envolverse en una bandera roja. La alusión no es inocente: la apropiación en clave positiva del concepto de socialismo, impulsado por demócratas de izquierda como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, representa un elemento novedoso y contracultural en el debate político norteamericano de las últimas décadas. Es otra reacción –desde la izquierda del espectro político– frente al mismo tipo de fenómenos que generaron las condiciones para el surgimiento de Trump. Tras el duelo Hillary-Sanders de 2016, las primarias demócratas verán una nueva disputa entre los centristas, esta vez encabezados por quien fuera vicepresidente de Obama, Joe Biden, y quienes se ubican a su izquierda, como el propio Bernie o Elizabeth Warren.

Dado el peso de Estados Unidos, el resultado de las próximas elecciones norteamericanas será de interés para el resto del mundo. También para nuestro país y seguramente más de lo habitual: Trump ha sido el principal sostén externo de la administración de Macri; su intervención fue decisiva para que el FMI otorgue al país US$ 57.000 millones y luego flexibilice sus condiciones de uso, a fin de evitar una corrida cambiaria. Más allá de la coyuntura, la importancia de Estados Unidos seguirá siendo alta para la Argentina, especialmente como inversor externo, con un rol importante en el desarrollo de Vaca Muerta, tanto por su aporte financiero como de tecnología.

En su propio país, en fin, Trump continuará siendo un recordatorio de que no hay nada seguro en política.Y de que, en democracia, la distancia entre las élites y las demandas de los ciudadanos abre caminos inesperados.

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