La Argentina del mal menor

por María Victoria Murillo (*)

El objetivo de la campaña electoral, que comienza con muchos “heridos” en las dos grandes coaliciones, debería ser discutir propuestas positivas que entusiasmen y no que asusten a la mayoría del electorado 

 

El cierre de las listas electorales dejo “heridos” en ambas coaliciones. En los dos casos, muchos de los que sufrieron esa suerte se auto-referenciaban con un centro que fue vaciado en la polarización. Algunos habían sido incorporados recientemente y otros habían estado buscando la expansión de su coalición hace largo rato. Su suerte fue la misma, la avenida del centro se transformó en sendero reduciendo sus alternativas y su capacidad de negociación al interior de sus coaliciones. El resultado es que la oferta electoral se amontona en dos polos en lugar de los tres que caracterizaron a la primera vuelta de 2015, agudizados más aun por la decisión de hacer elecciones concurrentes en la provincia de Buenos Aires y en la Ciudad de Buenos Aires.

La polarización no es nueva en la Argentina donde el peronismo histórico había ya dividido al electorado por generaciones. De hecho, la novedad en la Argentina actual es que el polo antiperonista incluye un candidato peronista a vicepresidente. La otra novedad es que los polos entusiasman a una minoría y no a una mayoría como fue el caso del peronismo histórico. Pasamos de una democracia donde la mayoría ganaba siempre en elecciones limpias (sea radical hasta 1946 o peronista hasta 1983) a una elección donde la incertidumbre está dada por la decisión de elegir entre dos opciones que no entusiasman a la mayoría de los votantes. Hay un tercio de votantes que se verían forzados, ante la falta de alternativas, a elegir un mal menor. Tal vez en segunda vuelta, o incluso si son estratégicos, en la primera.

Para ambos polos, apoyados por minorías intensas, exacerbar la polarización parece ser la única opción que les puede dar la posibilidad de una victoria electoral. En el caso del gobierno, es asombroso que con el pobre desempeño económico no se haya aun sellado su suerte y pueda estar disputando la posibilidad de reelección. Las elecciones anteriores desde la transición democrática –así como las de toda América Latina– sugieren que, con estos indicadores económicos, el partido de gobierno debiera verse castigado en las urnas. El comportamiento del gobierno respecto a las alternativas de derecha que compiten por sus votos y el esfuerzo por desactivar la amenaza aparentemente desinflada de Roberto Lavagna sugieren que así lo entiende su comando de campaña.

Sin embargo, que el principal frente de la oposición no tenga garantizada la victoria es también inusitado. Nos dice que el enojo con el Gobierno solamente parece ser matizado por el miedo a la alternativa. Es decir, que el impacto de las opiniones sobre competencia económica que habitualmente tienen un peso clave en el voto presidencial han sido atemperado en esta elección por otras variables de desempeño; probablemente asociadas, entre otras, con percepciones respecto a la corrupción. En todo caso, la competencia pareciera aun posible, aunque fuera en el margen de error, en las encuestas que se han hecho públicas –y no voy a discutir la confiabilidad de las mismas ni los incentivos de quienes las hacen públicas porque la ciudadanía no tiene acceso a esa información cuando decide su voto–.

La Argentina no es el único país de América Latina donde el electorado se ve enfrentado a la opción de elegir lo que a la mayoría le parece el mal menor. Hay otros países donde los votantes se ven enfrentados a opciones de este tipo. Las elecciones en el Perú de los últimos años donde la oposición al fujimorismo provee presidentes débiles pese al crecimiento de la economía son aún más notables en su desdén al voto económico, aunque la imposibilidad de reelección presidencial también puede estar afectando dicha dinámica. Reiteramos que la polarización no es nueva en la Argentina. Lo que es nuevo es el nivel de apoyo de las dos coaliciones, lo que se ve en sus esfuerzos por drenar el cauce del centro político y su reticencia incluso a la competencia interna. El esfuerzo no es ya por entusiasmar a los votantes, sino por asustarlos frente a la alternativa. A 36 años de la transición democrática y con una situación económica que nos recuerda que la recurrencia de las crisis en la Argentina, la esperanza definida de tantos modos diferentes en las anteriores campañas electorales parece haber sido reemplazada por el miedo a la alternativa como incentivo para atraer a los votantes.

La Argentina no está sola en este camino, un mundo de polarización y desencanto con la política nos rodea, en parte como resultado del acceso a información de los votantes y de su capacidad de usar el voto para echar a los gobernantes que no cumplen sus expectativas. El desafío de la política, gane quien gane, es recuperarla promesa de un futuro que entusiasme a la ciudadanía –y tratar de cumplir esas promesas–. Recuperar una esperanza sobre el cambio político que reduzca el desencanto requiere apelar no solamente a las minorías intensas, que es la estrategia predominante en todas las democracias, y especialmente en aquellas que tienen voto optativo y donde hay que movilizar a las bases. El voto obligatorio en la Argentina da una voz a toda la ciudadanía. El desafío de la política es representar a toda esa ciudadanía para que el electorado no defina su elección como la búsqueda del mal menor, o para que la decepción de los votantes no lleve a la emergencia de outsiders que prometan acabar con la política y terminen poniendo en riesgo los derechos ganados tan duramente en el proceso democrático. La campaña electoral, entonces, debería aspirar a discutir propuestas positivas que entusiasmen y no que asusten a la mayoría del electorado.

(*) Politóloga, Universidad de Columbia y @VickyMurilloNYC

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