Izquierda y derecha en Argentina: siempre viene bien tener a un peronista

Por Pierre Ostiguy (*)

El sistema de partidos argentino, a falta de sus políticas públicas, se está normalizando de a poco. Es decir, la polarización que se viene dando desde muchos años tiene un gran componente (aun si no exclusivo) de izquierda versus derecha, con sus respectivos matices. Cambiamos, aun si no del todo como Cambiemos lo quisiera.

La vuelta a la vieja política, con Miguel A. Pichetto a la vicepresidencia, es un signo de ese cambio.  Eso no quiere decir de ninguna manera que el viejo clivaje peronismo/anti-peronismo (perpendicular al eje izquierda-derecha) no esté activo. Está además seguramente más activo, aun, dentro de la población que de las élites políticas. La tésis que defiendo en esta columna es que el peronismo sirve (más que nunca) como anclaje de una competencia viable, es decir, orientada hacia la obtención del poder, en el sistema de “partidos” argentino. Y defiendo esas tesis referiéndome a dos movidas muy disimilares a nivel direccional, pero que tienen en común la nominación en la dupla presidencial de alguien que no es reacio al legado del General Perón o a un peronismo más “ortodoxo”. Es decir, de un peronismo que no es reducible a izquierda-derecha. Hablo aquí de la nominación de Alberto Fernández como candidato presidencial de parte de Cristina y de  Pichetto como vice por parte de Macri.

1) La movida original y muy creativa de Cristina de nominar como candidato presidencial a Alberto obedece claramente a un esquema downsiano de conciliar a un centro menos radical y que “asuste” menos. Cristina, por cierto, juega a dos puntas, ya que la nominación de Axel Kicillof va en la otra dirección. Se ve que donde el Poder Ejecutivo realmente importa, están cristinistas (en el sentido no peronista clásico) puros: Cristina a la Nación, Axel a la provincia. Pero Cristina maneja con suficiente destreza e inteligencia el juego simbólico argentino como para poner a Alberto como figura más “potable”, tanto para el centro como para el peronismo. Y como “no tiene votos propios” en el sentido de “estructuras”, no es amenaza.

2) La movida de Macri de poner a Pichetto como vice no obedece a una estrategia de parecer más de centro, o menos radical; pero sí es un claro llamamiento a seducir un electorado peronista (quizá más del interior), que es más conservador. Para usar mi esquema, es de nuevo una alianza entre la alta derecha y un semibajo (más en términos de políticas públicas que de imagen) de derecha.  Macri eligió eso, en vez de poner a un vice de la UCR, siempre algo marginada en Cambiemos.

3) La razón de esas dos movidas, mucho más similares de lo que se parecen, es la misma: si las élites políticas se mueven cada vez más en un espacio unidimensional izquierda-derecha, la sociedad argentina sigue funcionando con el clivaje peronismo/anti-peronismo, donde el peronismo constituye una parte sustancial tanto del electorado como de los actores sociales vivos. Cristina siempre ha sido crítica frente a la figura de Perón (pero por cierto no de Evita, más popular en la izquierda peronista) y sin duda reacia al peronismo realmente existente, que sea a nivel de intendentes del Gran Buenos Aires (del estilo “El Puntero” de Canal 13) o de liderazgos sindicales en la CGT. Pero, en los tiempos electorales, tanto para Macri como para el cristinismo (o kirchnerismo puro), siempre viene bien tener a un peronista tradicional a mano. Es decir, en la dupla.

4) La ineptitud política de Roberto Lavagna ha desatado lo que en inglés se llama un “efecto mariposa”. Siempre ha sido evidente que en la “alternativa a la grieta”, no hay espacio político para varias fuerzas independientes. Eso lo entendió rápidamente el pragmático Juan Schiaretti. Y el rechazo a primarias es extraño para alguien que se quiere democrático y verdaderamente plural. El hecho de que Lavagna no quería representar solamente a un peronismo no-kirchnerista no es argumento suficiente ni sólido. Fuerzas no-peronistas menores como el GEN de Margarita Stolbizer y los muy díscolos dentro de la UCR hubiesen formado felizmente parte de una Alternativa Federal liderada por Lavagna, luego de unas PASO peronistas no-K. El consenso no se impone: se gana. Debido al apoyo relativamente significativo a Lavagna en la población en relación, algo pareja, al de Alternativa Federal, la testarudez de Lavagna terminó partiendo en dos ese espacio, iniciando del mismo golpe su fin.

Cristina Kirchner, que no le tiene un miedo mayor a los juicios de los Tribunales (en contraste a lo que escribe la prensa antikirchnerista) vio rápidamente la amenaza a su potencial victoria que constituía el triunfo electoral aplastante de Schiaretti en Córdoba. Superando, dicho sea de modo remarcable, único y efectivo la grieta en la provincia de Córdoba. Y por eso, con la destreza política que han demostrado en varias ocasiones los Kirchner, dio un golpe político fuerte a pocos días de esa victoria, con la nominación de Fernández, atractiva para sectores peronistas siempre a caballo entre la fuerza de Cristina Kirchner y el peronismo no cristinista.

Un buen economista no necesariamente hace a un buen político, y la respuesta adecuada a esa movida de Cristina en relación a la grieta fue de parte de Lavagna exactamente la opuesta a la requerida. De cuatro candidatos posibles, pasaron a tres (con Lavagna auto-excluyéndose), luego a dos (con Sergio Massa, quien, dice el dicho sobre los roedores, se escapó cuando se hunde el barco), luego a uno y finalmente a Pichetto intentando hacerle el contrapeso a Massa para ponerle un freno a la favorecida “señora”, con Macri y Cambiemos. Juan Manuel Urtubey se resignó racionalmente entonces a ser vice de Lavagna. No estoy seguro de que era inevitable esa desintegración, frente a la grieta triunfante. Pero con lo históricamente inestable que ha sido Massa y lo astuta que estuvo Cristina en su anuncio del 18 de mayo, no había el menor espacio para la división del medio-camino entre el macrismo y el kirchnerismo. Del mismo modo que su candidatura presidencial de 2007 no tuvo mucho sentido a nivel de espacio político, mayo de 2019 habrá sido la nota en rojo definitiva de Lavagna en política.

 

(*) Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales Universidad Católica de Córdoba

 

Esta entrada fue publicada en Edición 10. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

12 − 8 =