España: fragmentación y radicalización


por Tomás Múgica 

El PSOE, luego de once años, podría volver a ser el partido más votado, pero un escenario político fragmentado obligará a intensas negociaciones luego de las elecciones para poder formar gobierno

 

El domingo 28, España –la quinta economía europea, de fuertes vínculos con nuestra región- celebrará elecciones generales–. El gobierno encabezado por Pedro Sánchez, producto de la frágil coalición –luego desbaratada– que en junio de 2018 logró la caída del gobierno de Rajoy, busca revalidar su mandato.

Tras once años, el PSOE estaría en condiciones de obtener el primer lugar en los comicios. Según un sondeo de 40Db/El País, los socialistas lograrían el 28,8% de los votos y 129 escaños (sobre 350). El PP, el otro de los partidos actualmente en existencia que ha encabezado gobiernos en la España de la restauración democrática (la UCD de Adolfo Suárez no existe más) obtendría un 17,8% y 75 diputados, su peor resultado histórico. En el medio se sitúan Podemos (13.2%, 33 escaños) Ciudadanos (14,1%, 49 escaños) yV ox (12.5%, 32 escaños), la gran novedad de estas elecciones, como versión española de la derecha nacionalista que asciende en Europa. El número de indecisos es elevado y se estima en el 25%.

De confirmarse ese resultado el domingo, el PSOE encabezará el próximo ejecutivo. Lo más probable es que lidere una coalición de izquierdas junto a Podemos, con el apoyo de partidos nacionalistas –como Compromís– de la Comunidad Valenciana, el Partido Nacionalista Vasco (PNV) e incluso independentistas catalanes como Esquerra Republicana de Catalunya –que una vez más cumplirán un papel decisivo en la conformación de la coalición de gobierno–. Otra posibilidad (más lejana) dentro del sistema de gobierno parlamentario español, es una alianza de centro-derecha entre PP y Ciudadanos, para formar un gobierno “liberal”, tal como pretende Albert Rivera. Eventualmente, se podría sumar Vox, aunque ello le haría perder su matiz moderado y liberal, para darle una tónica más nacionalista (españolista).

Aunque tres de ellos ya han encabezado las listas de sus partidos, estamos ante una generación de dirigentes jóvenes: los cinco candidatos principales -Pedro Sánchez (PSOE), Pablo Casado (PP), Albert Rivera (Ciudadanos), Pablo Iglesias (Podemos) y Santiago Abascal (Vox) –tienen menos de cincuenta años–. Pero lo nuevo no se limita a la juventud de los candidatos: dos tendencias vinculan a la coyuntura española con los procesos políticos que están teniendo lugar en el resto de Europa y, más ampliamente, en las demás democracias del Occidente desarrollado.

La primera es la fragmentación del sistema de partidos y la declinación de los partidos tradicionales, dos caras de una misma moneda. Ni el PSOE (que encabezó el gobierno entre 1982 y 1996 y entre 2004 y 2011) ni el PP (que gobernó en los períodos 1996-2004 y 2011-2018) son ya capaces de formar mayorías propias o de acercarse mínimamente a ellas. Ambos necesitan el concurso de aliados, ya sea más radicales (Vox, en el caso del PP; Podemos en el del PSOE) o más moderados (Ciudadanos, más cercano al PP) para formar gobierno.

En el caso español, el espacio de la derecha es el más fragmentado: va desde Ciudadanos –una formación de orientación liberal, no sólo en lo económico sino también en materia de valores (defiende, por ejemplo, la maternidad subrogada), que al mismo tiempo levanta la bandera nacionalista de la unidad de España; pasa por el PP, más conservador y ligado a la prédica de la Iglesia Católica; llega hasta a Vox, una fuerza que se hizo presente en el mapa político tras su gran elección en las autonómicas de Andalucía en diciembre pasado, y que representa la versión española de la revuelta identitaria que tiene lugar en otras democracias occidentales. Está unido por un parentesco de ideas y de estilos con movimientos como los congregados alrededor de la figura de Donald Trump y del Brexit, así como con otras fuerzas políticas europeas como el Front National (actualmente, Rassemblement National) en Francia, AfD en Alemania y Lega Nord en Italia.

La segunda de esas tendencias es el peso creciente de las fuerzas políticas que cuestionan el consenso liberal y globalista que parecía consolidado hasta hace unos pocos años. Desde la izquierda, Podemos –la formación surgida de las protestas de los “indignados” en 2011 , hoy afectada por severas disputas internas– pone el foco sobre los perdedores de las políticas promercado y señala el vínculo muchas veces turbio entre dinero y política. Desde la derecha, Vox llama cuestiona la mirada liberal-progresista sobre los valores –rechaza el aborto y la eutanasia– y convoca a mantener la unidad de España frente a las fuerzas disolventes del separatismo, cuya principal manifestación actual es el independentismo catalán.

Estas fuerzas representan los extremos ideológicos del sistema de partidos e influyen en su reconfiguración, no sólo por su potencial para acceder al gobierno, sino también porque condicionan el posicionamiento ideológico de los que están más cerca de centro. En el caso del PP, la aparición de Vox lo obliga a endurecerse en algunos planteos, como el de la identidad nacional. En cuanto al PSOE, sin duda la aparición de Podemos lo empuja a la conciliación con esa fuerza, que aparece como un potencial aliado (y que de hecho lo fue en la moción de censura contra Rajoy), mientras que la aparición de Vox le permite agitar el ascenso de una derecha radical como una amenaza a la democracia.

Los principales temas de la agenda electoral incluyen la seguridad social –importante en uno de las sociedades más envejecidas de Europa–; el estado de la economía, que crece luego de años de crisis, aunque el desempleo continúa siendo alto; y la corrupción, que golpea a los partidos tradicionales, especialmente al PP (el escándalo Gürtel fue el incidente que desató la moción de censura que terminó con Rajoy fuera del gobierno).

Pero hay dos de esos temas en los cuales las diferencias ideológicas se expresan con más claridad. Uno es la discusión sobre el secesionismo catalán (ahora la mayor amenaza a la integridad del Estado español, un lugar que antes ocupaba el nacionalismo vasco en sus diferentes versiones). Con matices, Podemos y el PSOE se muestran más dialoguistas frente al independentismo catalán, aunque el socialismo es claro en cuanto a su no a la independencia. Ciudadanos y el PP, en cambio, son más contundentes en su rechazo a cualquier tipo de negociación con las posiciones soberanistas y proponen aplicar el artículo 155 de la Constitución española, que otorga potestades de intervención al gobierno central cuando las comunidades autónomas incumplan esa misma norma u otras derivadas o se atente gravemente contra el“ interés general de España”. Vox tiene una propuesta más extrema: suspender la autonomía de Cataluña y más aún, convertir a España en un estado unitario, es decir eliminar uno de los pilares de la Constitución de 1978.

El otro es la inmigración. El PSOE, el PP y Ciudadanos, con matices, buscan regular de manera más estricta el ingreso de inmigrantes, en sintonía con lo que sucede en otros países europeos. Podemos defiende una política más abierta a la inmigración, intentando eliminar las aristas más represivas del control de ingreso de extranjeros. Pero sin duda la posición más radical es la de Vox, que pide la deportación de los inmigrantes ilegales y la construcción de un muro en Ceuta y Melilla, entre otras medidas.

Cualquiera sea el resultado electoral, las tendencias a la fragmentación y al corrimiento hacia los extremos ideológicos continuarán. España no es la excepción en un Occidente desarrollado que hoy debate sobre los efectos de globalización sobre sus sociedades. Los perdedores, de dentro y de fuera, tienen todavía mucho por decir.

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