La resiliencia peronista puesta a prueba

por Mariano D’Arrigo

Más allá de las negociaciones entre dirigentes para lograr algunos acuerdos, la base estructural del peronismo enfrenta una serie de desafíos que surjen de los cambios ocurridos en la sociedad

Mientras en la superficie de la coyuntura las distintas tribus peronistas sondean alianzas y demarcan límites en los distintos terrenos donde se disputa el poder, en el lecho estructural el peronismo enfrenta una serie de desafíos de mediano y largo plazo que de alguna forma debe metabolizar. Por ejemplo, las transformaciones en el mundo del mundo del trabajo, la propagación capilar del discurso meritocrático y la reacción conservadora en materia de valores.

La tarea no es nueva para el peronismo: como sostiene el politólogo Andrés Malamud, su principal característica es la resiliencia, su habilidad para adaptarse flexiblemente a los cambios en el entorno.

Sin embargo, en ciertos círculos políticos, económicos e intelectuales anida una visión más crítica acerca de cómo el peronismo despliega su instinto de supervivencia en el ecosistema político argentino.

Por caso, el sociólogo Eduardo Fidanza planteó en una entrevista publicada hace unas semanas en el diario La Capital de Rosario que “el peronismo carece de un programa para el Siglo XXI, tiene poco o nada que decir sobre las grandes cuestiones que se debaten en el mundo”.

Uno de esos debates gira alrededor de la fragmentación creciente del mundo del trabajo. En el hemisferio norte, es un debate político de primer orden: en Francia, diferentes segmentos de la clase trabajadora viraron del entibiado socialismo galo hacia la ultraderecha de Marine Le Pen; en Estados Unidos, Donald Trump obtuvo un caudal decisivo de votos en el llamado“ cinturón oxidado”, los estados arrasados por la desindustrialización provocada por la migración industrial hacia el sudeste asiático.

En Argentina, las múltiples y crecientes grietas que atraviesan a las clases populares ponen al peronismo ante el desafío, cada vez más difícil, de cómo representar ese complejo collage. ¿Cómo articular las demandas, a veces contradictorias entre sí, que plantean sujetos tan diversos como por ejemplo un bancario y un trabajador de la economía popular, un camionero y un empresario pyme?

Sin desconocer las mutaciones en la base del peronismo, el politólogo Julio Burdman cuestiona el sesgo sociologista en el que incurren muchos análisis. El justicialismo, resalta, “siempre fue un movimiento masivo, que incluyó en su interior a distintos tipos de electores y por eso siempre fue mayoritario; una de las virtudes del peronismo fue siempre unir distintos tipos de votantes, por eso su ambigüedad ideológica, sus mensajes tan abiertos y generales”.

Para la politóloga María Esperanza Casullo, la palabra clave es liderazgo.“ Cuando el liderazgo no está físicamente, está en crisis, se murió, o el peronismo perdió, aparece la fractura de los representados; lo que que sutura las líneas de tensión es el liderazgo”, argumenta.

De acuerdo a la docente de la Universidad Nacional del Río Negro el problema no está abajo –donde observa tramas de solidaridad entre las bases– sino arriba: “ Desde 2013 hasta ahora parece ser imposible que se produzca ya sea por elecciones o por acuerdos ningún tipo de negociación por el liderazgo”.

Efectivamente, en las elecciones legislativas de ese año Sergio Massa canalizó el malestar con el kirchnerismo del segmento que Martín Rodríguez y Pablo Semán denominaron “moyanismo social”, un mosaico de sectores de clase media-baja que aportaron al 54% que cosechó Cristina en 2011 pero que se alejaron luego del kirchnerismo ante el rechazo a sus dos principales demandas: el Impuesto a las Ganancias y la inseguridad.

No obstante, la renovación que prometía el massismo ya desde el nombre de su herramienta se estancó. Desde entonces, se mantiene un tenso empate entre distintos liderazgos que no logran imponerse sobre los otros. La  novedad histórica es la persistencia del kirchnerismo y de la potencia de la figura de Cristina, a pesar de las derrotas.

Ante este agrietamiento que recorre tanto a la sociedad como al propio peronismo, para la antropóloga Julieta Quirós “el desafío es negociar y trazar un puente en esa fisura, hacer pedagogía política, porque la mímesis con la meritocracia macrista lo va a llevar al muere”,considera.

Precisamente, los cambios en el ambiente social incluyen también al campo cultural. El macrismo conecta con una nueva sensibilidad individualista que ubica al mercado como el lugar de autorrealización pero también extrae su combustible ideológico de las napas profundas de la memoria histórica: allí se encuentra el mito del inmigrante “que vino con una mano atrás y otra adelante” y que fue escalando posiciones en la pirámide social en base a su propio esfuerzo personal.

Para Quirós el peronismo “tiene que que reconocer algo de ese sector laburante integrado, reconocerlo como un interlocutor legítimo; en el último período del kirchnerismo fue descalificado de plano”.

Casullo, por su lado, señala que “la discusión es cuál es la verdadera meritocracia”. El peronismo, asegura,“ tensiona las definiciones más jerárquicas de meritocracia” al plantear, por ejemplo, que una persona de origen trabajador puede acceder al teatro Colón, ingresar a la universidad o aspirar a ser presidente.

De todas maneras, la solidez del relato depende del contexto. “Una cosa es la idea de meritocracia en un momento de expansión económica, donde esa meritocracia pareciera estar al alcance de todos –indica Casullo–, y otra en el que la mayoría de la gente te dice que compra segundas marcas y no puede pagar la luz”.

Burdman, por el contrario, se muestra escéptico sobre la posibilidad de que el peronismo incorpore elementos meritocráticos a su narrativa clásica. “El peronismo va a encontrar su oportunidad nuevamente cuando ese discurso haga agua, y no falta mucho, porque no hay muchos casos duraderos desde el siglo XX en las democracias de Occidente y América Latina de movimientos políticos que postulen el individualismo como credo y que ganen elecciones mucho tiempo”, señala, y agrega: “La eficacia del peronismo tiene que ver con lo colectivo, con lo nacional, con el llamado a la reconstrucción de un Estado más fuerte”.

No obstante, la pulseada entre cosmovisiones individualistas y colectivistas no es la única que se registra en el plano cultural. A tono con lo que sucede en buena parte de Occidente, movimientos conservadores lanzaron una cruzada contra el avance del feminismo y lo que denominan“ ideología de género”.

Esa grieta se expuso a cielo abierto en el debate sobre la legalización del aborto: la fractura atraviesa no sólo a la sociedad, sino también a los principales partidos del sistema político.

De acuerdo a Burdman,“ estaban todos los elementos dados para que surja un líder peronista celeste: el peronismo gana en provincias donde esa posición es más fuerte y en municipios donde hay gente muy renuente a la cultura del aborto; es históricamente el movimiento que reivindica la Doctrina Social de la Iglesia, y hay un Papa argentino y peronista”. ¿Por qué ningún referente peronista llevó el agua celeste para su molino? Para Burdman las causas son dos: “una mala lectura de la sociedad, y al
no saber cómo dar una respuesta en ese sentido muchos dirigentes se mantuvieron tibios, aunque en el fondo pensaban eso”.

¿Qué posición adoptará finalmente el peronismo? Según Casullo, nuevamente la conducción es clave: “Depende de la posición de quien esté en el liderazgo, Menem avanzó con el Día del Niño por Nacer, mientras que el kirchnerismo fue bastante progresista con la ley de Matrimonio Igualitario, aunque no avanzó con la agenda de género”.

De todas maneras, Casullo destaca que hoy “los clivajes más que partidarios son regionales” y advierte que el margen del peronismo para bandearse a la derecha es limitado: “Dada la presencia del kirchnerismo el peronismo tampoco tiene tanto espacio para tirarse a la derecha porque ningún peronista puede ganar hoy si no apela a un porcentaje de votos kirchneristas”.

En esta línea, en la conservadora Córdoba se demostró una vez más la flexibilidad ideológica del peronismo: allí, el gobernador Juan Schiaretti reseteó su histórico armado (Unión por Córdoba) e incorporó a socialistas, margaritos y sectores del kirchnerismo.

¿Podría replicarse esa apuesta a nivel nacional? Hoy parece difícil unir a todas las piezas del rompecabezas, pero hasta el 10 de diciembre de 2015 convivían bajo el mismo paraguas político figuras tan disímiles como Miguel Pichetto y Axel Kicillof, Sergio Berni y Daniel Filmus, Juan Manzur y Gabriela Cerrutti. El llano desordena, pero la crisis abre una ventana de oportunidad para el regreso al poder. Desde allí, utilizando las palabras del sociólogo Juan Carlos Torre, el peronismo podría suturar con política lo que la sociedad separó.

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