Lavagna, un candidato en estado de espera

por Néstor Leone

Distancia entre las pretensiones del economista y las condiciones en las que tendrá que desarrollar su juego. Aliados, impulsores y límites.

 

1. DUDAS

A su alrededor no dan lugar ni crédito a las dudas o a los misterios. Consideran que Roberto Lavagna está en carrera y que pronto confirmará su lanzamiento como candidato en las elecciones presidenciales. En sus más habituales contactos con la prensa e intervenciones públicas, el economista resulta más medido, cauto. Ofrece gestos en consonancia con el deseo de sus impulsores, pero hace hincapié en ciertas condiciones que pretende que se cumplan. Condiciones éstas que no necesariamente están a mano o que sean fáciles de generar. Por caso, ser el candidato único, por consenso, de un abanico amplio de fuerzas que contenga al autodenominado peronismo federal, o no kirchnerista, pero también a expresiones de centroizquierda o parte del radicalismo. Por fuera o por el medio de la disputa de fondo entre Cambiemos y Unidad Ciudadana. La baja performances en la mayoría de las encuestas que circulan, sin desequilibrar el amperímetro en ninguna de ellas, casi en pie de igualdad con sus eventuales competidores internos, conspiran contra esa pretensión. También, la ausencia de armado territorial propio (o que abiertamente lo respalde) y la dificultad para interactuar con los segmentos etarios más jóvenes que no sobreestiman necesariamente el halo de prestigio que se emparenta con su nombre. A eso se le suma la persistencia de aquellos rivales. Sergio Massa y el gobernador salteño Juan Manuel Urtubey, en especial, sin grandes indicadores para mostrar en términos de acumulación política, pero con un recorrido ya hecho y no muchas ganas de abandonar sus apuestas porque sí.

 

2. ALIADOS

No tiene el tiempo a su favor (las listas cierran el 22 de junio), pero juega con él. En especial, espera de dos resultados provinciales y de dos venias para que sea él quien despeje aquellas dudas o esos misterios. En un caso, ese resultado parece una certeza, pero no así ese respaldo. Por lo menos, en los medida en lo que lo necesita. En el otro caso, el resultado está en veremos, pero si se da, sabe que lo otro lo tiene asegurado. El gobernador peronista Juan Schiaretti tendrá un tránsito favorable hacia su reelección en la provincia de Córdoba y Lavagna espera de él que le facilite las cosas en su negociación con Argentina Federal. O que le libere el camino. El mandatario socialista Miguel Lifschitz, sin reelección, busca en un escenario mucho más reñido que el Frente Progresista Cívico y Social prolongue su predominio en Santa Fe para saltar al escenario nacional acompañando a Lavagna como aliado y posible compañero de fórmula. Pero las cosas no suelen ser tan lineales. Schiaretti tiene sus propias aspiraciones y un protagonismo en ascenso que piensa poner en valor tras su triunfo, y en el socialismo santafesino no parecen tan dispuestos a ofrendar su rédito al economista, más allá del ímpetu de Lisfchitz. Otros aliados posibles son el mandatario de San Juan, Sergio Uñac, y el de Entre Ríos, Gustavo Bordet, también con tránsitos sin sobresaltos hacia sus reelecciones. Fueron opositores moderados a Cambiemos y, en algún momento, vieron con buenos ojos la posibilidad de reeditar una liga de gobernadores a través de la cual ganar terreno. La dinámica de la política local los llevó a cerrar filas internamente y negociar con el kirchnerismo. Y, más allá de algunos gestos (Uñac, en especial), no parecen dispuestos a forzar el frente interno por una apuesta que nada les asegura. Cerca de Lavagna, más de un dirigente pensó que ellos podrían integrar la fórmula de ese frente no nato, en gestación. Cerca de Cristina no descartan esa posibilidad, aunque hoy parezca lejana. Neutralizar ese armado posible implica, de alguna manera, sumar a sus caras más potables.

 

3. IMPULSORES

De todos modos, la protocandidatura de Lavagna no nació, como posibilidad, desde las entrañas del sistema político. Fue, más bien, una expresión del malestar de actores importantes del círculo rojo que vieron, en el deterioro de la gestión de Mauricio Macri, una señal de alarma temprana para los objetivos más mediatos de Cambiemos y de núcleos empresarios más ligados al mercado interno o ajenos a los sectores “ganadores” del nuevo modelo (energéticas, financieras, agroexportadores) que vieron perder peso relativo (y cuotas de mercado), por más que pudieran compartir con el Gobierno lineamientos generales o aspectos simbólicos. Varios de estos actores pusieron en consideración su nombre, atado a la experiencia de recuperación posterior a la crisis de 2001, comoresguardo en última instancia frente al kirchnerismo tal como gustan recordarlo y como idea de trazos indefinidos de un rumbo que, en este contexto, pretenderían. Con Massa y Urtubey sin remontar vuelo, dirigentes medios sin demasiado anclaje territorial y que temen al “costo” que implica la férrea conducción de Cristina, lo asumieron como propio. Aquel halo de prestigio, cierta heterodoxia doctrinaria y su asimilación no tan forzada como referente conservador popular le sumaron puntos en la consideración de esa parte de la “corporación” política, pero sin que esto tenga (¿todavía?) su contraparte en adhesión social.

 

4. ASCENSO

Ese halo de prestigio, Lavagna supo construirlo, como se dijo, tras la crisis de 2001. Había asumido como ministro todopoderoso en el peor momento del interregno Duhalde (abril de 2002), cuando las variables de la economía no sólo persistían en su descontrol, sino que devoraban con una velocidad apremiante toda señal de módica recuperación.Y , en poco tiempo, pudo lograr lo que parecía un imposible en ese contexto: abrir una hendija por donde filtrar algo de luz. Néstor Kirchner, ni lerdo ni perezoso, ató su suerte electoral a la suya. Como necesaria herencia, como promesa de continuidad. En ese sentido, Lavagna fue auxiliar necesario para lo que el flamante presidente entonces buscaba: restablecer parámetros mínimos de normalidad, preservar el timón en aguas todavía turbulentas y ampliar sus márgenes de maniobra. Además, era una especie de amalgama en aquel primer gabinete de adhesiones prestadas, lealtades en juego y algunas apuestas propias. Con la recuperación ya en camino, el ministro todopoderoso quedó más circunscripto a su especificidad técnica y mucho más mediado políticamente. Y, con el triunfo del Frente para la Victoria sobre Duhalde en 2005, se volvió prescindible. Diferencias de criterio sobre qué tipo de rumbo (en cuanto a intensidades, pero también en cuanto a sentidos) debía tomarse luego de esa primera etapa compartida y cierta idea de los Kirchner de que la conducción del proceso político que encabezaban necesitaba de funcionarios más consustanciados y sin disonancias con sus objetivos, hicieron el resto.

 

5. REVES

Tras su desplazamiento, Lavagna se quedó mascullando bronca, suponiéndose mal pago por su aporte al presente promisorio del nuevo gobierno y remiso a aceptar que lo suyo hubiera sido simplemente correa de transmisión de ideas ajenas. Desde ese momento, se convirtió paulatinamente en obstinado impugnador de la gestión kirchnerista, estableciendo un punto de inflexión entre el período en el que él estuvo al frente de la economía del país y lo que vino después, corroído (según su punto de vista) por inflexiones populistas, manejos espurios y opciones políticas erráticas. De esta forma, ganó centimetraje en defensa de sus cuarenta y tres meses de gestión y, a su modo, elaboró cierto discurso convocando a consensuar un programa de “centro-progre
sista”, pero no pudo convertirse en alternativa. La elección presidencial de 2007 lo tuvo entre los candidatos, con la estructura orgánica de la UCR como plataforma territorial, pero sin los radicales con responsabilidades ejecutivas, que habían acordado con el kirchnerimo su lugar en Concertación Plural. El tercer puesto obtenido, a casi treinta puntos de diferencia de Cristina, y a más de seis de Elisa Carrió, le mostró sus límites. Por sobreestimar aquel halo de prestigio. Y, también, debido a un contexto que no resultaba propicio para rupturas, cuando el kirchnerismo (y no él) expresaba entonces la continuidad de aquella salida virtuosa de la crisis.

 

6. VOTOS

La apuesta de Lavagna es romper, de alguna manera, una polarización que parece irreversible, sin vuelta atrás. En ese sentido, confía en que el votante lábil, que se mantiene independiente, indefinido, se vuelque en su favor. Aunque hoy se mantenga atascado en su disputa más “chica” por representar ese espacio intermedio frente a Massa o a Urtubey, a quienes elige ignorar como pares. A Cristina difícilmente le quite adhesiones entre sus votantes consolidados, pero probablemente sea ella la destinataria de la mayoría de sus dardos. A Macri, sí, potencialmente podría quitarle votos, entre desencantados, con la esperanza de ingresar por esa vía a un posible balotaje. ¿Cuajarán estas apuestas, esas intenciones? Por lo pronto, Lavagna tiene un desafío bastante cuesta arriba. En estado de espera.

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